Astas
Ese día los fantasmas vestían sábanas blancas. Mi madre, Teresa, las tendía en el patio trasero. Recién lavadas como estaban, desprendían una agradable frangancia a lavanda que me hacía desear respirar hondamente, hasta sentir que se me ensanchaba el pecho. Han pasado más de cincuenta años y su memoria aún conserva esa frescura que me hacía abir la nariz, ese capullo cerrado, y transformarla en flor. Es para mi un instante irrecuperable; el día recién desvelado, disparando su luz transparente y un aliento templado soplando en forma de brisa entre los olivos del prado. Y ella erguida, vuelta la cabeza, con los cabellos azabache sobrevolando sus hombros. Llevaba puesto un camisón que yo jamás le había visto. Paladeé su intenso rojo frambuesa desde la puerta del jardín. Me acerqué, con mis ocho años contenidos en un pijama azul, mi favorito por aquel entonces. Ella se percató de mi presencia y me sonrió. Ocultaba besos en cada uno de sus pestañeos. Un amor radiante, igual que la expr...