El trono
El culto circundaba el panteón igual que un orfeón de estatuas mal disimuladas. Pese a la falta de movimiento, las figuras guardaban un halo de secreta ominosidad. En especial su aspecto, que no era otro que el de una medusa pétrea, a medias translúcida y a medias austral, confería a su presencia un aura onírica e innatural. Tal vez por eso, para el ojo humano, los cuerpos resultaban a veces desabridos y otras ocasiones, forrados de deformaciones; apéndices vinosos y vivorentes que desaparecían en lo que lleva un pobre parpadeo. Los que conservaban su estado material en mayor medida, vestían exóticos ropajes propios del ceremonial, los cuales lucían inscritos cripticos caracteres, hilados insignemente por manos esqueléticas y antiguas. Los hilos bruñidos, cuyo brillo era debido a baños áureos y argentos, crepitaban junto con la respiración del fuego, imprimiéndose en la tiniebla que lo engullía el mundo que quedaba fuera del segundo círculo. La toga azul, caía rala como una cor...