UNA VISITA FAMILAR

La noche paseaba por el entramado de pasillos y habitaciones, largamente aletargados, libre, fría y solitaria cuando, forcejeando contra un mal sueño, la conciencia le fue devuelta a mi cuerpo. Al principio, sólo atisbé una pizca de desazón y familiaridad, una confusa amalgama de sentimientos y experiencias, pero nada me alertó de que esa ilusión escondía algo más hasta que, en un momento de mudo silencio, escuché descorrerse el pestillo que llevaba a la biblioteca. Abandoné la habitación poseída por la estampida que se agitaba en mi interior. Conocía el recorrido de memoria y pude navegar en la oscuridad sin el auxilio de una llama. Alcancé el camposanto de papel impreso para descubrir que, efectivamente, el pasador se hallaba descorrido. Una presencia, un halo de luz espesa, se apareció de pronto frente a mi incrédula mirada. La imposibilidad de su presencia me hizo espantar pues sabía muerto a aquel a quién reconocí en la fantasmagórica figura, desaparecido durante los atisbos últimos de mi inocencia. Sentí cómo se aceleraban mis latidos, a cada instante más ensordecedores; palpitaciones ensordecedoras que reverberaban por mi esqueleto igual que las campanadas en las bóvedas de una iglesia.  El espejismo trajo a mi memoria  conexiones lejanas. Tomé la iniciativa de abordar al etéreo extraño, empero, a cada paso se hacía evidente que mi primera especulación no podía ser errada. Un paso tras otro y recorté distancias.

Ya no albergaba duda alguna, lo supe en el momento en el que posé mis ojos sobre una cubierta descarnada de pelaje sanguinolento. Se trataba de mi tío, un anciano erudito que había dedicado gran parte de su longeva vida al estudio del esoterismo y la escatología sirviéndose de valiosos tomos de incalculable tasación salvo para los más esmerados coleccionistas.

Encontrábase él tanto entre los primeros como en los segundos, contado con una vasta fortuna e insaciable curiosidad por las culturas del mundo antiguo. Dicha posición, harto privilegiada le había granjeado una nada bienllegada notoriedad dentro de los círculos aristocráticos, suscitando rencorosos desaires por parte sus competidores en la reconstrucción de la mediateca universal. Esta realidad, de la que mi tío trataba de desembarazarse recurriendo a artimañas políticas de patrocinio e influencia, lo fatigaba en sobremanera prefiriendo en todo momento la compañía del papel y la tinta antes que la de la carne y la sangre. Acostumbraba a permanecer enclaustrado por largos periodos de tiempo entregado al estudio o la redacción de misivas dirigidas a otros practicantes del eremitismo con los que se carteaba para compartir profusas revelaciones o conjeturas nacidas de su avidez desmedida. Era tal su entrega a las labores de indagación que faltaba a menudo los compromisos de la esfera social, la mayor parte de los cuales a su docto juicio, carecían de crédito ocasionando consternación entre los presentes y vergüenza entre los miembros de la familia.

Ciertamente, era mi tío un hombre de intelecto considerable y talento natural para la manipulación de conceptos abstractos, pero de cualidades no tan ejemplares en suma; armado con una terquedad proverbial y con un carácter firmemente anclado a percepciones egocéntricas, no tardaba en responder con hostilidades ante cualquier perjuicio a su razonamiento. Aún con todo, contaba con una colección insondable procedente de todos los puntos del globo, fruto de las transacciones más estrafalarias y diversas, que sentía como una prolongación de su persona. En mis visitas ocasionales a la mansión me maravillaba el estilo gótico de la gigantesca biblioteca, erguida sobre una planta de media luna y repleta de altísimas librerías que crecían simulando una columnata salomónica. Éstas se encontraban ornamentadas a su vez con amplias vidrieras que, desde la entrada, tomaban el irisado color de los tapizados tomos que guardaban, dando la impresión de transformarse en flameantes gemas. Candelabros y  diáfanas lámparas pendían de las paredes y el techo, inundando todo de una luz crepitante y sumamente apacible, que servía para desplazar las diamantinas paredes del castillo a tiempos medievales. La estancia en sí misma respiraba con una opulencia magnificente que, aderezada por mi gusto por la fantasía y los cuentos de oriente, terminaba por convertirla en objeto de mi admiración más sincera; guardiana de tesoros prohibidos salvo para el deleite de mi tío, el cual tras el fallecimiento de mi padre pareció abrigar hacia mí una recién descubierto sentimiento de aprecio esperanzado. Las razones que lo llevó a prestarse para hacerse cargo de mi instrucción, pese a su carácter descolorido sus costumbres desapegadas permanecen, en su mayoría, ocultas para mí. Mi madre, como es natural nada pudo reprochar tan excelente propuesta aceptando, no sin recelo, la imposición que seguía a ese proposición aparentemente tan altruista. De ese modo, ambas nos despedimos de nuestro antiguo hogar, encaramado a la costa Cantábrica, y preparamos  el traslado a la mansión bajo la estricta tutela de mi tío, yo como recién adquirido aprendiz y mi madre como una acomodada viuda que velaba, a causa del súbito duelo, por su bienestar más que por el mío. Nada podía reprocharle yo a este respecto, puesto que comprendía bien que la pérdida de mi padre había dejado en ella una lacra lacerante que habría de tardar en sanar para nunca desaparecer. Sufría junto a ella y la acompañaba en sus lamentos melancólicos y plegarias desmedidas, forzándome por simular en medida de lo que me era posible una vitalidad de la que no era portadora. Me encontraba asaltada por una confusión de la que era imposible zafarse salvo en los momentos de entretenimiento e incluso entonces respiraba intranquila, sabiéndome de espíritu frágil e impotente, incapaz de dominar mis propios pensamientos.

Con todo, creo sinceramente que esclarecer las desafortunadas circunstancias que ocasionaron la desaparición de mi padre hubiese servido para arrojar algo de luz sobre nuestro futuro, así como para apaciguar el abatimiento que lastrábamos desde que encontraran su automóvil en el fondo de un barranco en medio de la nada, totalmente volteado y envuelto en una cortina de humo y llamas acallada por la lluvia. Tras varias tentativas de esfuerzos aunados las autoridades desistieron en su intento por remolcar el amasijo informe de planchas metálicas a las que se veía reducido el auto y se contentaron con extraer su contenido, dañado en gran medida por la riada de barros y arcillas lodosas. En su interior, encontraron tres cadáveres; el que reconocieron como el de mi padre y los de otros dos acompañantes, los cuales, según a lo que apuntaba la prensa, además de su desnudez mostraban un aspecto absolutamente grotesco, puesto que tras la caída sus cuerpos, ya sin vida, habían sido devorados por el fuego hasta que se vieron arrastrados por el fuerte torrente. Sin más tardar, comenzaron a circular rumores morbosos sobre la identidad de los otros dos fallecidos, hallados en una condición moralmente comprometida. No pocos malintencionados conjeturaron sobre la traición de mi padre hacia los votos matrimoniales, aludiendo a anécdotas de dudable veracidad sobre sus correrías de juventud o sus visitas reiteradas a burdeles.

Tal vez fue esa presión y la palabrería envenenada, fiel acompañante, los  motivos que acabaron por instigar a mi madre a abandonar el último baluarte de familiaridad que nos quedaba. Honestamente, en un primer momento no me interesó conocer la respuesta, el lejano recuerdo de la mansión reliquias obró su magnetismo, deseaba vivamente recorrer sus habitaciones, sentir el verdor de sus jardines, probar sus promesas y revivir los días de infancia. Así, acompañada de este pensamiento, tomamos el ferrocarril con un equipaje más bien modesto. El viaje tomó varios días con sus frías noches en las que pesaban sobre mi espalda todas las cosas que dejaba atrás, avivando en mí el sentimiento de deserción, de cobarde abandono. Embebida en estas cavilaciones pusimos fin al trayecto en tren e iniciamos la excursión en carruaje, guiadas por cuatro majestuosos corceles de pelaje parduzco. El cochero, hombre de buena planta, aunque de ademanes pueblerinos, nos condujo hacia el palacio, del que nos separaba medio día, siempre y cuando tomásemos los senderos colindantes al bosque, los más directos pese a que su asilvestramiento los hiciese imposibles de circular para los vehículos motorizados. Así pues, convenimos a resguardarnos en la pensión más cercana antes de que cayera la noche.

 Entretanto, sombras catedralicias se propagaron por el valle mientras la luz crepuscular, bañaba el follaje de los espinos con su brillo ambarino.  Criada en el cautiverio de la sociedad moderna desconocía la hermosura de los parajes salvajes y, más pronto que tarde, quedé embelesada por la indómita espontaneidad de la naturaleza. A nuestro alrededor brotaban erguidos cual centinelas centenarios robles que exhibían una desnudez cadavérica, con sus astas ramificándose en abanico hacia el firmamento en formación. La tremulidad del bosque lo tornó algo amenazador y, aguijoneada por una lacerante inquietud apremié al cochero con suma gentileza. Él con el propósito de sofocar mi agitación señaló la cima de una montaña no muy lejana, tras la que se ocultaban los últimos rayos de la tarde y, con una voz entrecortada me alentó a escrutar en busca de la mansión del tío. De esta forma, descubrí como en un esbozo de grafito, el sombrío perfil del solitario palacio con sus ventanales despidiendo un tenue fulgor que trajo a mi memoria las antiguas descripciones de las ánimas extraviadas. Mi madre, presa del agotamiento, cabeceaba privada de ánimo a punto de caer rendida.

Por fin, llegamos a la posada, un rudimentario establecimiento que sirvió como nexo entre los asentamientos mineros cercanos, de los que ya sólo quedaban los caparazones empolvados. Su regente, una mujer de facciones angulosas y robusta fisionomía, parecía aguardar nuestra llegada altivamente dispuesta frente a la puertucha del local. Vestía una indumentaria poco usual, la cual se prolongaba hasta sus tobillos y cubría parte de su rostro. Mi sorpresa inicial por su apariencia no tardó en disiparse, puesto que no me pareció descabellado suponer que aquella región, confinada entre montañas, ignorase las nuevas tendencias de la moda metropolitana. El cochero a penas se despidió, nos dedicó una postrera mirada y desapreció furtivamente camino a los establos sosteniendo con rudeza las riendas del carromato. La mujer, por su parte nos acompañó hasta nuestros aposentos, rehusando aceptar el pago que correspondía pues, como hizo notar, mi tío en persona correría con los gastos de nuestra estancia. Esta noticia, me resultó de lo más desconcertante ¿cómo pudo anticipar mi tío un cambio de parecer con tan poca antelación?  ¿habituaba a descender desde su morada para tratar con esas gentes o era un acontecimiento poco frecuente? Verdaderamente, sólo me quedaba especular sobre estos supuestos ya que apenas lo conocía, más allá de los toscos detalles anteriormente descritos.

El establecimiento resultaba atractivo, especialmente por su temperatura templada, que en comparación con la gelidez de la noche, sirvió para relajar plácidamente nuestros miembros. Apenas cenamos, me asaltó un sopor inexpugnable, mis parpados cedían sensiblemente y  me costaba permanecer mi estado de lucidez. Prácticamente reptamos hasta la habitación caímos rendidas en pocos instantes. Mi último recuerdo antes de embarcarme en un sueño opaco fue el de un contorno femenino plasmándose al otro lado de la habitación, sobre la lisa y blanca superficie, prolongada como una silueta gatuna.

Despuntada el alba reanudamos el camino,  la posadera no nos despidió ni intuí señal alguna que delatase su presencia en el local; pareciera eludirnos deliberadamente. El cochero ocupaba su asiento a la vanguardia del carruaje en una posición de perfecta inmutabilidad dando la impresión de estar constituido por cera sólida. Llegamos a la mansión poco después, tras dejar atrás una pequeña foresta accidentada. La monumental fachada de estilo neoclásico reproducía con una exactitud casi milimétrica la espléndida y armoniosa consonancia de los estilos arquitectónicos griegos y romanos. La entrada tripartita emulaba la composición de un arco triunfal, hallándose segmentada por seis columnas adosadas pertenecientes al orden jónico; fácilmente reconocible a causa de las volutas elípticas que coronaban su capitel,  cuyo principal propósito consistía en desglosar la maciza obra de sillería concediendo un espacio de respeto a los imponentes canes que, tallados en altísimo relieve, cuidaban la puerta a su diestra y siniestra. Dicho portón era no menos admirable, superando con mucho nuestra altura y presumiendo de su superficie lacada en color castaño. En su parte superior era circundado por un empedrado collar arquero, de cuyo dintel sobresalía el protuberante retrato de un tercer perro guardián. Por poco me ahogaba en alabanzas ante tanta majestuosidad. Si los ojos de los niños son agradecidos, a mí se me había permitido tasar de nuevo, ahora con mirada crítica, las maravillas de mi pasado.

Ayudadas por una pequeña comitiva integrada por el ama de llaves y un joven mozo que permaneció callado durante la ceremonial presentación, pasamos al salón con las manos libres de carga. El vestíbulo era espacioso y ordenado, tal y como lo recordaba. Contaba con un rasgo distinguido, una pareja de armaduras completas que pese a su evidente antigüedad, conservaban el lustro en sus planchas hierro. Sus yelmos ojivales, acribillados por hendiduras a la altura de los ojos, y las alabardas que portaban con la traza de su suntuoso filo sin acerar les conferían un aspecto amenazador.  

Madre se mostró muy descontenta con el austero recibimiento pero sus reproches fueron desoídos por el servicio. La mujer, a quien me abstengo de describir por una notoria falta de simpatía,  nos confesó que el tío se encontraba indispuesto debido a sus frecuentes jaquecas las cuales se habían agravado en los últimos tiempos, ocasionándole terribles dolores que lo hostigaban, generalmente, hasta la puesta del sol. Esto era debido, según la doméstica, a que la vibrante luz diurna dañaba su vista, ya desgastada por la avanzada edad y el largo escrutinio de textos antiguos en deplorable estado de conservación a la que la sometía. La mujer prolongó su exposición henchida de orgullo, guiándonos por los pasillos y demás estancias de la casa, aplacando mi curiosidad con respuestas evasivas y replicas mordaces, una actitud poco ameritable en el servicio que lejos de entusiasmar a mi madre la reafirmó en su indignación  y que solo era atribuible a un exceso soberbia. No era para menos, puesto que la mansión contaba con una trágica historia de antecedentes remotos que la situaba en la mira de no pocos cronistas y escritores, consolidándose desde el siglo XI como una reliquia arquitectónica que servía las veces de hospedaje monacal. Mudando posteriormente su propiedad, siempre a las manos de los miembros de alguna a punto extinta dinastía o a las de brillantes misántropos que anhelaban la separación del género humano. Algo evidenciable por el allí reunido muestrario de lienzos y pinturas, las cuales observaban al  caminante engastadas desde las paredes en una angulación y elevación bien meditadas, con el fin de capturar su atención y suscitar en él el sentimiento deseado.

La colección de un extensísimo abanico pictórico que nada tendría que envidiar de las exposiciones exhibidas en las galerías de los museos europeos y que, si eso es posible, tomaban influencias de otros movimientos artísticos cuyo germen me era imposible de precisar con mi exigua formación en la materia. Dichos lienzos, plagados colores cálidos y seductores se veían contrapuestos por la basta abundancia de obras pertenecientes a la corriente tenebrista, inspirada en el trabajo de Caravaggio que, mediante estimaciones casi áureas, componían escenas lúgubres de gran melancolía. Interesada por la procedencia de esas producciones interrogué a la mujer, quien atribuyó al fortuito encontronazo muchas de aquéllas y al señor de la casa parte de las restantes. Viendo que no conseguiría mucho más por su parte dudé en seguir con el interrogatorio y finalmente opté por callar. ¿Era mi tío, además de sabio, artista y coleccionista privado, dado al comercio de esta disciplina? De nuevo topé un callejón sin salida.

En nuestro recorrido se nos advirtió de la peligrosa condición de ciertas áreas, accesibles para los miembros del personal de la finca exclusivamente, empleadas como espacio de almacenaje y poco adecuadas para ser habitadas. Ante estos comentarios, no pude sino interesarme por el número de empleados de los que disponía mi tío para el mantenimiento de la casa, puesto que en ese entonces sólo había visto taimadamente al mozo y a la mujer, de la cual, pese a su evidente edad, no albergaba yo ningún recuerdo de infancia.

Pero de nuevo, la astuta casera alejó mis palabras de su destino y volvió a incidir sobre su la importancia que adquirían en aquella buena casa cualidades como el recato y la intimidad tanto de huéspedes como de trabajadores. Esta sección se concentraba en el piso superior expuesto por su balconada a las inclemencias del tiempo y el azote esporádico de parásitos arbóreos digeridores de celulosa. Como comprobaría en excursión autodidacta ese mismo día antes del almuerzo, las puertas a dichas estancias, cerradas a cal y canto, requerían de la llave que desbloquease su  cerradura. La casa era monumental y su plano un tanto laberíntico, estoy segura de que podría haber alojado en sus habitaciones a la clientela de un hotel de haber estado concebida con tal propósito. Librada del presuroso paso de la doméstica acompasaba el mío con despreocupación, deteniéndome a menudo para inspeccionar clínicamente el contenido de las obras con la esperanza de desentrañar aspectos significativos sobre la enigmática personalidad que constituía mi tío. Delataban una predilección hacia la temática fantástica y un rechazo manifiesto hacia concepciones antropocéntricas, apareciendo la figura del ser humano empequeñecida y victimizada por los atroces elementos  climáticos o enjuta bajo la sombra de bastas formaciones naturales irremontables. Conforme me interné en el ala Este de la cual, o bien no guardaba ningún recuerdo o había permanecido cerrada en las visitas que dediqué siendo niña, reparé en que en ella ciertos ingredientes eran reticentes, como las quiméricas vorágines de demonios que rasguñaban la tela en un indecible intento por verterse en la realidad; la panorámica de hombres y mujeres que contemplaban al espectador provistos de ojos encamados que me helaban la sangre; o la veneración de ídolos paganos en rituales antropofágicos. ¿Cuál debía ser inclinación detrás del artífice de tales macabrerías?

Absorta como lo estaba en la contemplación había perdido la noción del tiempo. Las plantas de mis pies se lamentaban el rugido procedente de mi estómago comenzaba a hacerse difícil de desoír. En cuanto a mi situación dentro de la mansión, creía poder orientarme de vuelta al vestíbulo siguiendo la estela de cuadros malsanos que tanto habían turbado mi atención y, desde allí regresar al comedor donde esperaba encontrar acomodada a mi madre y, tal vez, a mi tío junto con los miembros del servicio.

Súbitamente llegó hasta mis oídos un eco, apenas audible, desde el otro lado del pasillo donde lucía acechante, como un párpado entreabierto, el espacio vacío de una puerta entornada antes cerrada; una columna de negrura inescrutable que tajaba toda claridad y tras la cual me era imposible distinguir la profundidad de la habitación que guardaba. Rodeada de retratos viscerales, carentes de alma, sentí una puñalada de puro terror sacudiendo mi cuerpo. Atada  por un influjo malsano me deslicé sin atreverme a apartar la vista de la franja ensombrecida, con mis músculos rígidamente tensados y los nervios en creciente estado de crispación.  Ya con la mano asida al pomo a punto estuve de correr la puerta con empeño para desvelar, de una buena vez, la estancia atrapada en oscuridad y poner fin al alocado latido que reverberaba en mis oídos. Sin embargo, en el momento crítico me acobardé, creyendo reconocer cierta esteticidad anormal reposando en el aire, al otro lado de la estrecha cubierta de madera. De la umbrosa rendija brotaba un halito sordo e insensible, cuya presencia resultaba incondicionalmente obvia aunque indemostrable, pero que inmovilizaba hasta el más insignificante de mis pestañeos. Seguidamente, me retiré del margen de la puerta, a tiempo que una voz tronadora trepaba por mi espalda. Se trataba del mozo que a nuestra llegada había acarreado sin queja nuestro equipaje a nuestra llegada y que, con tanta modestia, se había retirado en total silencio al término de su labor.

– La señorita no debería campar sola por la casa – pronunció dejando caer las palabras derramadas, desde sus apenas  entornados  labios - La mesa está puesta. La señora y el señor la esperan. Y me condujo, con la mano espatulada y erecta, de modo que daba la total impresión de marcar las horas como la manecilla de un reloj, hacia el pasillo que quedaba a sus espaldas dando un giro con la ejercitada costumbre de una bailarina.

Advertí que la reserva del muchacho, lejos de resultarme halagadora, me inspiró una secreta prevención para la cual, desatinada, trataba de encontrar resolución. El joven entrecortaba su discurso valiéndose de frases breves y faltas de sentimiento en su articulación, casi como si se limitase a reproducir enunciados prescritos y muertos tiempo atrás en su memoria. Era este estilo distintivo de cuantas gentes, aparentemente autóctonas, nos habíamos topado, salvando  el caso del ama de llaves, que compensaba su impositiva palabrería con algún que otro esporádico acceso de efusividad, quizás algo teatral y que, reforzaba la ilusión de fingimiento. Pero, más que en sus particularidades, lo alarmante se hallaba en un desapasionamiento, similar al de una marioneta a la que han remachado hilos en forma de venas, que podía percibirse en el conjunto, achicado por una prolongación sombría que parecía intrínseca al muchacho. A medias con bochorno y a medias con un descaro, incapacitada por el desagrado que me producía caminar a la vera de tan desconcertante acompañante, volví la mirada y comprobé para mí sorpresa que la puerta se encontraba cerrada. Una corriente de aire, supuse. Pero no, ni el viento con sus impetuosas rachas encontraría alivio en ocupar tales espacios.

El retorno al comedor resultó mucho menos tedioso que la caminata que emprendí por las regiones hasta entonces inexploradas del palacio. Reconocí las mismas obras que me había sobrecogido colgadas en las paredes aunque su orden no se correspondía enteramente con el que yo creí trazar al haberlas visto en la primera ocasión. Una vez llegué al salón principal, el mozo se despidió con cortesía y me hizo saber que mi madre y mi tío aguardaban para dar comienzo al banquete. Dibujé el camino que llevaba hasta el comedor guiada por deliciosos aromas que se entremezclaban en mis sentidos. Creí distinguir muy vivamente el olor de la ternera asada, la cebolla caramelizada y vaga acidez del queso curado. Y, cuando por fin abrí las puertas, hallé a mi tío postrado con altivez bajo la laureola de osamentas que lucía el que una vez fuera un bello venado y que ahora, convertido en trofeo de cacería,  permanecía en estoico silencio coronando la escena, atento a la mesa como un comensal privado de su único propósito. Vestido con una larga túnica azul como el del acero destemplado y una larga cabellera crispada de un tono cobrizo apagado, igual que los restos aún palpitantes de un brasero. Advertí que en su diestra exhibía un anillo engarzado con una gema semejante a un ópalo negro de la que se desgranaba, muy de vez en cuando,  centellas irisadas y oleaginosas. Un fiel retrato de sus propios ojos, dos pedazos de hulla desprovistos de cualquier retazo de cercanía y, con todo, tranquilizadores. Los ojos de un investigador alienígena, un Gilgamesh de su propia morada. Mi madre, ya estacionada y debidamente preparada, dejó escapar un “por fin” delator confeso de la incomodidad que sentía al permanecer a solas con mi tío. Tal comentario, indecoroso debido al generoso acogimiento de nuestro familiar había provocado que el rubor picase sus mejillas. Mi tío, por su parte, lejos de reprender un gesto tan grosero y poco serio para una mujer de posición recién enviudada, respondió con indiferencia y se limitó tender una mano amiga señalando uno de los asientos vacíos. Una voz granítica me sacó del ensimismamiento en el que me encontraba, retozando aún en mis pensamientos.

         Hacía tiempo que no nos veíamos, pero me alegra comprobar que ambas conserváis fresca la salud y tibios los nervios pese a las pesarosas circunstancias.

       Lamento haberme ausentado durante buena parte de la temprana mañana, debéis entender que mi cuerpo es longevo y las necesidades de un anciano, por sabio que sea, voraces. Y dicho esto acercó para sí una fuente de verduras y comenzó a verter parte de su contenido en un plato vacío.


El intercambio de palabras acabó por prolongarse artificialmente, interrumpiendo el discurso mediante pausados silencios y abruptos paréntesis hasta terminar nuestras respectivas raciones. Mi tío, entonces, se despidió igual que lo hiciera el muchacho horas antes y, con sumo disimulo extrajo de su bolsillo un péndulo del que colgaba una llave plateada que, sin caer en excentricidades, podría pasar por una pieza de joyería.

      El invierno trae consigo cuantiosas lluvias de manera que ciertas estancias de la mansión han resultado perjudicadas  a causa de la humedad. Esta lleva conduce a los aposentos mejor conservados de la casa, en la segunda planta.   He dispuesto allí una heterogénea colección de volúmenes que espero encuentres de interés.

Dando las gracias me reuní con Madre y acompañadas por la mujer ascendimos hasta los cuartos. No podía alejar aquella misteriosa selección de mis pensamientos tratando de dilucidar los temas sobre los que versarían aquellos tomos extraordinarios, de rareza invaluable. Las escaleras ascendían en forma de caracol como si formasen parte de un torreón olvidado sobre cuyos muros blanquecinos se imprimían ramalazos de luz lunar. La criada me obsequió con una mirada astuta y se dirigió a mí diciendo:
          Esta zona del castillo fue erguida por mandato de una familia hidalga de prestigioso apellido y siniestro sobrenombre que obtuvo la propiedad como pago por los servicios a un gentilhombre muerto en las gestas del siglo XV. Es por ello que cumplió con un objeto militar dos siglos antes de que las minas fuesen expropiadas por compañías extranjeras. Ésa será su residencia señorita – dijo la alcahueta alzando su brazo como si de un resorte se tratase – ahora, señora sígame y le  mostraré la suya.

Tan pronto hubieron desaparecido por la escalinata, examiné bajo la trémula iluminación la lleve que danzaba en mi cuello y la maciza puerta que se erguía ceniza, ante mí. La primera, pequeña y liviana, parecía insinuar cierta musicalidad en sus suntuosas formas, trayendo a mi memoria días remotos en los que trataba de afinar mi vista y oído en las tediosas lecciones de violín de las que jamás acabé por disfrutar. Aunque, tal vez, me sugerí tras reparar en el pomo bermellón cuyos detalles representaban el elíptico armazón de algún invertebrado marino, las finas volutas plateadas se asemejasen con mayor acierto a los polilobulados brazos de un pequeño octópodo o las algas que flamean ignífugas, permeadas por inabarcables aguas de primigenia antiguadad. Introduje la lleve en el cerrojo y la hice rotar sin esfuerzo en tres ocasiones antes de escuchar el esperado sonido metálico que indicaba su desbloqueo. Así, el gruñido de la vieja madera cediendo, adelantó mis pasos e invadió la curiosa habitación antes incluso de que yo pudiese esbozar siquiera una inacabada panorámica. Mi imagen reflectada en un espejo de estilo veneciano, hermosamente envuelto por un cordón trenzado teñido por un color rosa pálido, hizo a mi corazón dar un vuelco por un instante. Junto a éste, un imponente ropero resguardaba los estantes por los que descorrían como una cortina decenas de libros, perfectamente ordenados por categorías y que, conferían a la estancia debido a su disposición, el aspecto de un nicho. Repasando cuidadosamente cada volumen caí en la cuenta de la significativa predominancia de volúmenes que versaban a cerca de acontecimientos históricos o se relacionaban con la ciencia médica en este catálogo privado. Temas por los que sentía una inclinación inusitada desde que me inicié en la lectura de relatos fantásticos en mi infancia. ¿Recordaba mi tío alguna insinuación sobre dicha predilección por mi parte?; ¿Quizá resultado de un hilo conversacional hundido en mi memoria y tiempo atrás olvidado?. No. Lo creí poco probable. Pese a la magistral memoria de mi tío dudo que ese fuera el caso, puesto que su carácter no era compatible con la lozanía de la niñez y tampoco acostumbraba a recrearse en trivialidades como, sin duda, lo serían para él en aquel entonces los gustos apasionados y poco rigurosos de una niña. Aquel hecho, si bien podría ser una coincidencia casual, siguió rondándome por la cabeza mientras revisaba y acomodaba los volúmenes en torno al lecho, atendiendo a mis preferencias de lectura. Otra opción cruzó por mi mente sin llegar a cristalizar a causa de su falta de congruencia. Pensé que mi madre habría mencionado en sus misivas esta información aunque no se carteaba con mi tío a menudo, puede que como pretendido nexo entre dos personalidades tan dispares. Sin embargo, no creí que esa resolución se ajustase a los modos de mi madre, quien demostró siempre una notable discreción en temas que me inmiscuían.

Guardado en el tocador hallé un curioso guardapelo nacarado que supuse vacío, así como otros instrumentos menos interesantes. Aún con esta impresión accioné el discreto resorte y encontré en su interior un trozo de papel plegado con un código inscrito. Pronto comprendí que se trataba de un anagrama formado por once dígitos. Su número hacía poco factible que compusiesen en sí una sola palabra, por lo que supuse que debía tratarse de una frase relativamente simple de las que aparecen en  la portada de los libros. Esta idea pareció cobrar fuerza conforme transcribía, amparada por el mortecino brillo de la fresca noche, las apartadas letras en el papel en blanco. Acodada como estaba sobre las hojas, veía inclinarse las letras en un vaivén fluctuante que solo podía achacar a un cansancio desconocido y febril. Fui transportada irremediablemente a un estado de sensibilidad agudizada, donde el rasguñar del papel, subyugado por imperioso punzón de la pluma, restallaba al igual que una superficie helada al quebrarse con la llegada del buen tiempo. Por fin, ultimé la vorágine de versos, muchos de los cuales carecían de sentido al menos en mi idioma. “Factura Deis” –  leí en voz alta; la obra de los dioses. Dos palabras latinas que evocadoras, remontaban los siglos de la Historia hasta un pasado monacal de ciclópeas mausoleos que arañaban el cielo en un empeño por desgarrar el velo que separa lo divino de lo terreno.  Instintivamente tanteé las repisas cercanas en busca de dicho tomo, mas pronto pude cerciorarme de que dicho título no se encontraba entre cuantos integraban la colección de la habitación.

¿Estaría probando el tío mi ingenio con aquella simplificación de rompecabezas? Si así fuese, estaba claro que me infravaloraba sobradamente. La sola idea resultó hiriente, puesto que como mínimo, uno esperaría afrontar un enigma auténtico y retador, de esos en los que se funden imaginación y conocimiento para probar el genio humano, siempre que este proviniese de los entresijos de un cerebro tan dotado. Resolví pedir permiso para visitar la magnánima biblioteca con la que tantas veces me recreé, con la mayor prontitud posible. En vista de estar siendo arropaba por un sueño irresistible, me levanté extenuada y con movimientos que sólo definibles como indolentes me dejé arrastrar a un neblinoso nuevo amanecer.

Empero, aun siendo este mi deseo, cuál fue el sobrecogimiento que me acometió al hallarme acodada frente al espejo de la habitación cuando desperté abruptamente. Mi madre, precavida había acudido a mi puerta con objeto de compartir aquella noche de desvelo, desasosegada, sin duda, por mi áspera separación la noche anterior. Así, a falta de respuesta, abrió la puerta que se encontraba abierta, pese a que juraría que la cerré tras de mí al pasar, y me sorprendió deambulando en un estado de embrujo. No obstante, no se espantó.              

Los episodios de sonambulismo, se manifestaba ya desde mi niñez y sólo ocasionalmente, ante estímulos sin precedentes o en la previsión de situaciones que demandaban una intensa actividad mental. Además como ambas bien sabíamos, desde el fallecimiento de mi padre dormir a pierna suelta se volvió una empresa harto difícil. De nuevo con la lucidez repuesta, y acompañada por mi madre me acosté en el lecho, con la fútil impresión de no haber soñado pero con el infame sentimiento de desnudez, de rapto, como si una pesadilla se hubiese embolsado mis pensamientos. Entonces, aguardé hasta que mi madre calló dormida y con la furtiva sutileza de un felino así el guardapelo, el cual había acabado al pie de la cama. No hallé el papel que precipitó mi investigación, ni tampoco los documentos en los que recogí mis nerviosas anotaciones. Con todo, me resultaba del todo imposible esclarecer los sucesos que protagonicé en mi andanza nocturna y si yo misma los hubiese extraviado, lanzándolos por el ventanal, cuyos postigos permanecían perfectamente cerrados u ocultándolos fuera de la vista y el alcance, no podría saberlo a ciencia cierta.

O, acaso… un ladrón escurridizo… reptante… Pensé en las ideas inconexas, redentoras de toda lógica que sacudieran horas antes mis pensamientos al examinar la llave al umbral de la puerta. Repentinamente sentí un desagradable escarabajeo que trepaba por mi pierna izquierda, perdí el control de mis movimientos y, un hedor pegajoso que identifiqué maquinalmente como un hálito subterráneo, me sumergió en la oscuridad de la pesadilla.

                Amanecí, con perlas de sudor frío cuajadas en mi frente como las estrellas taciturnas que acampan en el amplio firmamento en las inmensas negruras del cosmos. Mi madre debió de abandonar la habitación cuando aún permanecía dormida, poniendo cuidado en no arrancarme de los brazos de aquel sueño poco reparador, tratando en vano de que la cantidad reemplazase a la calidad del descanso. Instintivamente palpé mi muslo en busca de la corrupta lacra que con tanta claridad sentí imprimir en mi acelerada ensoñación. Nada. Solo un delirio cuyo germen se encontraba soterrado en las insondables tinieblas del subconsciente. Me vestí con prisa, deseaba interceptar a mi tío en el desayuno para interrogarle acerca del extraño título, no sin antes inundar el cuarto con la luz diurna y rebuscar concienzudamente por si, la oscuridad, había enturbiado mi vista la noche anterior. Pero, la suerte no tardó en revelárseme esquiva en ambas tentativas. Falta de resultados, bajé hasta llegar al comedor y para mi sorpresa fui yo la abordada. La vetusta criada me achantó con sus palabras, advirtiéndome de mi confusión desde un punto ciego de la escalera. Por lo visto debí de extraviarme camino del comedor. La visión de aquella figura solitaria y abstraída en una especie de expectación anodina que participaba de la quietud imperante en la estancia, igual que otro mueble falto de alma, instauró una precaución imprecisa en mi interior. Su melancólica expresión, forrada de piel blanquecina, me pareció en aquel instante transmitir cierta volatilidad como la naturaleza onírica de un sueño inconsistente. Me pareció encontrarme en el lugar menos indicado en el momento más inoportuno y pensé que en verdad había interrumpido algo que excedía por mucho los deberes diarios de un ama de llaves.  Algo ominoso e incongruente. Opté por no importunarla más y desaparecí prontamente, en cuanto di por finalizada la conversación, para retornar a mi habitación. Deduje que debía esperar hasta mediodía con tal de no resultar cargante o irreverente puesto que, los libros de mi habitación podían bien haber sido malinterpretados y, el lugar de un bonito detalle, podía resultar una medida de prevención para evitar mis visitas a la biblioteca.

Así transcurrieron las horas, sin ninguna novedad. Yo volcada en la lectura me preguntaba de cuando en cuando sobre el paradero de mi madre a la que no había visto desde la noche anterior. En ese tiempo de intimidad, cuando ya debían dar las tres bajé al comedor abrigando la esperanza tropezar con alguna cara familiar y compartir un festín. Sin embargo hallé el gran salón desierto, sin rastro visible de actividad. Sobre el mantel bordado, recordando a una moneda sumergida en las aguas de una fuente reposaba un plato vacío, aguardando la llegada de un comensal que lo colmase. Frente a él, una bandeja plateada que despedía cierto calor al tacto prometía guardar la deseada ración. Me senté a la mesa aún con la idea de no comer sola, mas mientras jugueteaba con la cubertería recorriendo sus grabados florales con la punta del índice, reparé en un que un papel sobresalía bajo mi plato. Aparté éste y extraje la misiva aparentemente escrita por el puño de mi madre. En ella, se disculpaba por haber saciado su apetito sin contar conmigo, pues había pasado el día paseando por los jardines y, en parte por la agotadora noche de insomnio, no había podido reprimirse. Así mismo, aseguraba no haberse encontrado con mi tío ni en el desayuno ni en la comida, aunque tras preguntar por él el servicio había asegurado que se encontraba en su alcoba repasando ciertos estudios.

Si bien resultaba innegable que se trataba de la caligrafía de mi madre el hecho de esconder de tal forma el mensaje me sorprendió. Pues insinuaba que el escrito se hallaba sobre la mesa antes incluso de los cubiertos o que alguien, aun viéndolo allí, los había superpuesto. Aunque este detalle dio lugar a divagaciones por mi parte, lo cierto es que no me inquietó puesto aún no conocía las costumbres de la casa. Sería cuestión de tiempo habituarse a las nuevas normas. Pero ahora que la carta me había revelado la ubicación de mi tío otra nueva tesitura me asaltaba; subir directamente a conversar con él y pedir permiso para entrar a la biblioteca o, al contrario, buscarla por mi cuenta. En contra de mis primeras inclinaciones acabé decantándome por la segunda opción, influida en gran medida por el ostracismo de cuantos me rodeaban.

Una vez terminada la comida me propuse explorar la casa con todo el sigilo que me fuera posible, prevenida en cada pasillo por si el ama de llaves rondaba por las cercanías. No me costó micho encontrar la biblioteca y quedé realmente sobrecogida por encontrarla tal y como la dejé en los años pretéritos de mi infancia. Creo que todos tememos quebrar los recuerdos que atesoramos si los encontramos edulcorados al enfrentarlos a la realidad, no obstante, este no era el caso. La habitación rebosaba de lujos. No era de extrañar que el servicio tuviese ese semblante tan insano si había de ocuparse a diario de quitar el polvo acumulado en cada uno de los soldados que conformaban ese gran ejército.

Primero, comprobé que me hallaba sola en la estancia e, inmediatamente después de hacerlo, aceleré mi paso y con la mano entreabierta acaricié la interminable serie de cubiertas irregulares y desgastadas. La sensación que producía era muy parecida a la que regaba el teclado del piano cuando mis dedos lo recorrían hasta la última pieza de marfil, solo que en esta atmósfera encurtida, plagada de papel y tinta,  rechazaba cualquier clase de sonido por melódico que este pudiera ser. El genuino mutismo que exudaba el ambiente me caló hondo, hasta el punto de hacerme contener la respiración por escuchar cada exhalación con la intensidad de un vendaval. Ojeé meticulosamente las minúsculos códigos, que servían las veces de indicaciones para quién quisiera orientarse en aquella Alejandría particular. Hasta que tras terminar de a apilar unos volúmenes que, sin exagerar una pizca, me exigieron poner a prueba mi  resistencia física para desplazarlos desde el espacio que era su casa hasta una mesa cercana, divisé por puro azar el título, hilado con habilidosa destreza a una desconchada cubierta bermellón. Las palabras Factura Deis aparecían hiladas con suma pericia mediante una técnica de encuadernado desconocida para mí por aquel entonces. Cada cerda se veía trenzada con las demás, de manera que me recordó a los peinados que llevaban algunas chiquillas en la escuela. Una latente animosidad se hizo presa en mí pero, de pronto, torcí el semblante, enmarcando una profusa mueca de repugnancia que ni yo misma pude prevenir. El frío amenazante recorrió mi cuerpo cual corriente eléctrica, carcomiendo primero mis antebrazos y propagándose luego hasta mis tobillos. Lo describiré siempre como un instante de perfecta lucidez en la que los escombros de una naturaleza animal sepultada bajo años de convivencia y recatos reflotaron de la tumba para sacudir los cimientos de mi presente. Entonces tuve la certeza de hallarme ante algo morbito y maldito. Las manos temblaban terriblemente, con la misma debilidad que recordaba haber presenciado durante los últimos años de vida de mi querida abuela. Con todo, pude reunir la valentía requerida para disipar el pesado velo de genuino malestar que me envolvía. Separé las cubiertas descamadas y descubrí un marchito blanco satén sobre el que bailaban corruptas rúbricas que no me atreveré a reproducir con exactitud, acompañadas por grabados poco menos desagradables en los que se reproducían prácticas criminales con las que destruir el cuerpo, la mente y el alma o, en su defecto, transmutarlas e intercambiarlas. Uno de mis dedos, diría que el índice, acarició sin pretenderlo la contraportada del espantoso volumen, el cual aferraba dejando cuidadosamente un espacio entre las páginas del tomo y mis manos, arqueadas cual argollas, con este propósito. Solté el volumen, aterrada por la inexplicable fuerza que, me pareció, había ejercido el innombrable libro; una suerte de magnetismo que mi cuerpo tradujo en una sensación impasible de succión. De veras, creí que mi carne y huesos se doblegarían, dejándose arrastras dentro de la cubierta sanguinolenta. De nuevo, como tantas otras veces, imaginaciones truculentas se abatieron sobre mi mente y puede verme reducida a un pellejo magullado por dobleces antes desaparecer entre las hambrientas páginas del tomo.

Por fin, el volumen tocó el suelo, después de lo que puedo describir como instantes de cuerda agonía existencial, tras lo cual diría que no se produjo sonido alguno. Recobré el juicio y me dispuse a marcharme de la habitación para recoger prontamente mis pertenencias y abandonar la mansión. Pero antes debía encontrar a mi madre, empresa para la que no auguraba un final feliz vistas las ilustraciones del libro. Mientras bajaba las escaleras escuché un gorgoteo proveniente del lugar en el que había estrellado el corrupto volumen. Una espesa marea mitad granate y mitad rosada de la que rezumaba una pestilencia como de pescado en descomposición, chorreaba desde la altura inmediatamente superior, donde había arrojado el ignominioso volumen. El metal que sostenía la estructura comenzó a emitir incesantes chirridos como si el  misterioso líquido hubiese permeado y deformado la ferrosa plataforma. Bajé sin detenerme a comprobar si aguantaría o acabaría cundiendo a la presión ejercida por aquella cosa. Para entonces el piso de abajo ya se había convertido en un pequeño mar de áreas encharcadas que en contra de toda lógica actuaban como trampantojos, hundiéndose varias pulgadas en una superficie llana, conformada antes por pesadas losas de piedra y mármol labrado. De hecho, algo andaba errado en aquella disposición entre biliosa y totalmente límpida, igual que la superficie de un espejo o una capa de aluminio, aunque con ese mutable tono coralino. Avancé con cuidado de no pisar las zonas aparentemente más oscuras. El líquido avanzaba con celeridad, pese a que no se comportaba como el agua; creando dunas o, mejor dicho; coágulos que acababan por adherirse a cualquier cuerpo cercano. Me vino la idea de un oleaje procedente de un mundo alienígena, contrario al las leyes naturales del nuestro. Sin quererlo, perdí el equilibro. Creí pisar una babosa o algo parecido, y me sumergí en el denso fluido.  No sé por qué abrí los ojos, ahora pienso en ello como una locura. La biblioteca conservaba su integridad igual que un mosquito engarzado en una gota de ámbar. De pronto, una sombra huidiza reptó fuera de mi campo de visón, justo por el rabillo de mi ojo. ¡Dios! Juro que la forma que reconstruí de aquel primer atisbo era imposible. En un ataque de pánico, rasguñe la película que quedaba sobre mi cabello ondulante. Para mi sorpresa me las arreglé para regresar a tierra firme sin gran esfuerzo. Había escuchado testimonios a cerca del incremento de la flotabilidad en los cuerpos sumergidos en las aguas saladas del Mar Negro o en la lago Don Juan de la Antártida, pero en nada creo que pueda compararse a lo que experimenté en aquella traumatizante inmersión. Más que nadar en su expresión cotidiana, planeaba de forma que simulaba el vuelo de la mantarraya sobre el fondo marino. Y fue en esta exploración preliminar. Arremetí contra la puerta con el miedo aún pegado a mis talones y salí al pasillo. ¡Madre, madre! – grité, hasta que perdí la voz. Nada, sólo el eco en respuesta.

                Hasta el momento había hecho de tripas corazón con las eventualidades surgidas desde mi llegada, justificándolas, racionalizándolas de maneras imaginativas. Pero esto era harina de otro costal. Tomé una de las armas que colgaban de las paredes, justo detrás de una de las armaduras ornamentales del gran salón y cambié mi voluminoso vestido por una pernera y una camisa de lino, más adecuados para favorecer la movilidad de mis extremidades nada atléticas, por otra parte.  De pronto, como surgida de la nada apareció ante mí el ama de llaves o algo que se parecía en extremo, salvo en una particularidad fascinante; su piel era prácticamente traslúcida. La complejidad de anatomía humana expuesta tras un expositor viviente de cristal. Vasos sanguíneos, músculos lisos y estriados, tendones, ligamentos, cartílagos. Todos desplegados pero carentes de vida. Esta vez no podía tratarse de una ilusión.

         La están esperando al otro lado de esta puerta – logró articular sin mover los labios ni mecanizar la mandíbula, en una suerte de aberrante ventrilocuísmo.

En efecto, un portón. No, un portal, abría el paso a un mundo distinto. Un mundo plagado de luces anaranjadas, paisajes rosáceos y cielos encarnados. La imagen se distorsionaba como el reflejo de un espejo cubierto de vaho, pero conforme avanzaba, creo que bajando, muchos rostros tallados en el aire. Entre ellos el de mi tío. Mientras yo me detenía en esta exploración, un estrépito como de objetos siendo arrastrados me obligó a volverme durante un instante. Allí, formando una pared impenetrable, una muralla de mampostería artística, se apilaban los cuadros con sus marcos henchidos y desdoblados. Sus ocupantes la observaban con una expresión vívida y amenazante. Debía continuar adelante.

   ¿Y mi madre? – la interrogué – Pero creo que ya no podía hablar. En su lugar, pareció servirse de la telequinesia para verbalizar sus pensamientos.

        Esta es la brecha que conduce al próximo ser. Detrás de mí sólo se halla el mundo y frente a mí sólo queda su sombra. Tu padre pereció a manos de los enemigos del próximo ser y ya no se halla en la brecha. Pero podrás verlo si caminas a nuestro lado – y entonces elevó su rostro hasta hacerlo desvanecer, revelando la ciclópea figura que se elevaba hasta donde alcanzaba la vista y que yo había confundido con un gigantesco árbol de ramaje enmarañado.

Los vastísimas cabezas de la hidra se arremolinaban a mí alrededor. Es posible que entre ellas descubriese el semblante de mi madre entre otras eminencias, cuyos rostros de esfinge debieron observar al devenir de la Historia. También me observaron a mí por largo rato, con sus cuencas vacías. Decliné la invitación y pero no permitieron abandonar aquel extraño mundo subterráneo. Así que así el arma y la blandí cargada de una furia furibunda. Perdí la espada. Creo que alcancé a herir a mi enemigo o al menos desestabilizarlo, realmente desconozco si se les puede o no lacerar. Contra todo pronóstico logré escapar, pese a que dudo que asustara a aquella sierpe de millones de rostros. Tienen rehenes, miles de rehenes.


Ahora sé que ciertas almas aguardan en un mundo secreto, más allá del entendimiento reunidas bajo una misma religión que sangra por la realidad herida. Es por ello, que me han hecho entrega de las lleves de la mansión y me han ofrecido infinidad de nuevas pieles que ocupar. Yo guardo la entrada  y he llegado a temer porque mis labios reciten en anhelo de mi corazón y vuelva la espalda a mi humanidad por siempre, para iniciarme en ese culto inextinguible. 

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