Astas
Ese día los fantasmas vestían sábanas blancas. Mi
madre, Teresa, las tendía en el patio trasero. Recién lavadas como estaban,
desprendían una agradable frangancia a lavanda que me hacía desear respirar
hondamente, hasta sentir que se me ensanchaba el pecho. Han pasado más de
cincuenta años y su memoria aún conserva esa frescura que me hacía abir la
nariz, ese capullo cerrado, y transformarla en flor. Es para mi un instante
irrecuperable; el día recién desvelado, disparando su luz transparente y un aliento
templado soplando en forma de brisa entre los olivos del prado. Y ella erguida,
vuelta la cabeza, con los cabellos azabache sobrevolando sus hombros. Llevaba puesto
un camisón que yo jamás le había visto. Paladeé su intenso rojo frambuesa desde
la puerta del jardín. Me acerqué, con mis ocho años contenidos en un pijama
azul, mi favorito por aquel entonces. Ella se percató de mi presencia y me
sonrió. Ocultaba besos en cada uno de sus pestañeos. Un amor radiante, igual
que la expresión divertida que guardaban sus ojos. Me dijo algo, pero ya no
recuerdo el qué. Luego la ayudé a tender. Solía hacer eso ¿sabe? Dejarme dormir
mientras ella trabajaba. Era un cielo.
Mi padre llegó algo después. Ninguno de los tres habíamos desayunado
todavía, así que fuimos a dentro y nos sentamos a la mesa. El ambiente estaba
enrarecido entre ambos. Era como si se avecinase una tormenta en forma de
gritos y reproches. Miguel Tarraza sería el mejor torero de su tiempo, pero no
un marido ejemplar. Se trataba de un conejo de muchas madrigueras, si usted me
entiende. Claro que, yo no lo sabía, ni creo que hubiese podido entenderlo
porque lo tenía idealizado. A él y al oficio. Imagínese lo que supone para niño
ver a su padre engalonado de brillantes, abandonado su suerte en la inmensa
arena cual gladiador que espera enfrentar a una bestia, un minotauro, y verlo
salir vencedor. A uno se le encogía el corazón.
Le llovían aplausos y alabanzas por igual: qué brío al capear, qué
elegancia y gracilidad en el movimiento, qué virilidad y temple impregnaba su
estampa. Al término de la lidia, firmaba su despedida con una reverencia y las
gradas del sagrado templo ardían vítores. Él solía bromeabar con que el único
valor de la montera para un torero era brindarle portección a sus oídos frente
a las aclamaciones aparejadas al triunfo o a los lacerantes abucheos asociados
al fracaso. Los trofeos y presentes que colmaban nuestro salón provenían de las
acaudaladas familias salamanquesas, de los jueces que ejercían el arbitraje y de
las misivas que enviaban los aficionados. Auténticos ídolos para el culto al
toreo y a su arte eran exhibidos en cada palmo del hogar. Mi padre ansiaba
verme crecer en su mundillo bajo su tutela e insistía en practicar conmigo los
lances básicos de capote y muleta. Mi madre, por su parte, se oponía vehemente a
este dictamen de futuro, no sin fundamento, pues yo mismo le había expresado en
secreto mi escepticismo y mi temor.
De entre las habitaciones que componían la casa una en concreto, reservada
para la oración a la virgen, me inspiraba un espanto febril. La estancia se
hallaba repleta de figuritas marianas y estampas religiosas, todas muy bellas
pero también mortecinamente distantes, contemplativas. Coronando la colección,
germen de una idolatría morbosa, emergía desde un corte limpio, la cabeza del
primer astado que abatió mi padre en el comienzo de su carrera. Una placa
dorada anunciaba su nombre; Bastón, otorgado probablemente por algún ganadero
demasiado sensible para dedicarse a la carnicería, en delgadas letras negras.
El peculiar mascarón poseía un porte amenazante. La oscuridad de su pelaje acarbonado
se confundía con las tinieblas que cosumían la habitación, cuyas ventanas
permanecían cerradas en todo momento. Sólo el exiguo calor de las velas prendidas
combatía tal abandono. Supongo que la idea tras esa decoración era transportar
a los devotos hasta el vientre de una auténtica capilla, emulando la frescura y
taciturnidad que se amigaban en el interior de las iglesias.
Sin embargo, aquello guardaba para mí mayor semejanza con una cripta. Mi
madre, a la que yo que yo trataba de engañar con vehemencia para no contravenir
los deseos de mi padre, sabía de mi temor, por lo que solía dejarme al margen durante
la oración, y me permitía jugar con mi hermana en lo alrededores de la finca. A
propósito, no era hijo único. No pretendía ocultarle la existencia de mi
hermana, Mercedes, es solo que ella contaba en el tiempo de esta narración con
menos de un año de vida por lo que no experimentó el episodio que nos ocupa con
mi misma intensidad, ni sufrió tampoco sus consecuencias inmediatas. Las riñas
respecto a los horizontes de educación religiosa eran constantes. Mi padre
consideraba que un futuro torero debía demostrar su arrojo, mostrarse audaz y
temerario, si era necesidad, pero ante todo, consagrar su alma a un designio
superior. Algo paradójico ¿no cree? herir de muerte por deporte, poner en
riesgo el elevado don de la vida… hoy día me parecen antagónica a los
principios éticos de la modernidad y, sin embargo, nada desencaminados de la
practica cristiana. Perdóneme, dejaré las pullas para otro momento.
“Sin Dios no somos” esgrimía mi
padre a modo de muletilla cuando quería darse aires o terminar una aseveración
con contundencia. En honor a la verdad, tampoco destacaba por ser un orador especialemente
capaz, puesto que su reserva argumental sólo podía abastecer una remesa de
temas manidos; la política, el toreo y la Iglesia. Empero, comprendía las artes
escénicas, apropiándose del espacio, conquistándolo para sumar valor a su
discurso y hacerse con la atención de su público. Yo, siendo impresionable como
era, pecaba de dar demasiado crédito a sus palabras y, a menudo, me empujaba a
tesituras innecesarias, en las que estaba obligado a escoger entre las dos
partes. En una ocasión, durante una de us acaloradas discusiones, lo escuché
proferir una exclamación; “este hijo nuestro de no ser educado en la fe de
cristo, acabará por abrazar el paganismo o peor”. ¿Acaso pensaba mi padre que
en el insidioso culto al demonio? ¿Me vería capaz de acometer actos de crueldad
para agradar a tan terrible señor? Ahora pienso en ello y me entra la risa, que
él, un hombre que rezaba bajo las dos espadas que constituían la cornamenta de
Bastón y los dos luceros vidriosos encendidos que le servían de reemplazo para
sus ojos desaparecidos.
A la tarde del día siguiente debía atender una importante corrida. Se mostró
nervioso y menos confiando que de costumbre. Pidió mi perdón en privado y yo lo
disculpé. Su contrario, según había llegado a mis oídos, respondía al nombre de
Mareo, un astado imbatido al que se le atribuía una conducta impredecible. Este
comportamiento, causante de la muerte de un torero valenciano y diversas
lesiones entre los banderilleros, enervaba a mi padre. Desconozco si sus fuentes eran
más fiables que las mías. Posiblemente así fuera pero, en lugar de obrar su
efecto tranquilizador, esta sobre información contribuía a despertar su
nerviosismo y a exacerbarlo.Contagiado por su inquietud, le increpé con un
hilillo de voz:
–
Padre
– comencé – usted podrá con ese toro ¿verdad? Y luego volverá a casa como
siempre lo hace.
- - ¿Qué
te hace dudarlo? – dijo con una sonrisa fingida cargada de false seguridad – Tu
padre es el mejor torero que ha existido en España.
- ¿No
tiene miedo? – seguí, tranquilizado por el alarde de mi padre.
- - Tú
que serás torero como yo debes saber que el toro es un animal estúpido y por
tanto sin maldad. Los hombres no tienen porqué temer una cosa sin maldad. Es
grande y fuerte, pero en el fondo matarlo no se diferencia de acabar con una
mosca. Torear con respeto, eso es lo que hace a un torero lo que es.
- -¡Pero
este animal ha matado a un hombre! – grité acobardado, en la más pura
desesperación
– - ¿Quién
te ha contado eso? – su mirada endurecida me observaba, hacía esfuerzos por no
revelar que el alma le temblaba.
– - Se lo
escuché a dos señores que hablaban frente a la casa, vestían muy bien y, por
cómo hablaban, parecían saber de toros
–
- -¿Cómo
eran? ¿Llevaba uno un gran sombrero y barba recortada? – me interrogó, pero
inmediatamente pareció arrepentirse de la pregunta o de esperar una respuesta –
¡Bah! Lo mismo da – gesticuló con la mano como espantando un fantasma – hijo
mío, no debes da crédito a las palabrería de dos extraños. Nadie puede preever
el futuro, lo más seguro es que los pillases ensimismados en tribulaciones. ¡Verás
cómo salgo victorioso! Y luego, si os apetece a tu madre y a ti, nos iremos a
tomar un helado, que hace un día caluroso.
Depositó un beso mi mejilla y se despidió. Nosotros nos dirigimos a las
gradas. Normalmente mi madre no lo habría permitido, aunque parecía habérsele ablandado el corazón. Estaba visiblemente preocupada y no hacía esfuerzo en mantenerlo
oculto. La faena fue bien durante los primeros minutos, el astado permanecía
manso. El animal me pareció colosal, mucho más grande y temible de lo que
recordaba a sus congéneres; de pelaje atezado con destellos cobrizos, gruesos
cascos y sinuosos pitones, con la curvatura de sables y el mismo filo cortante.
La bestia volteó su cabeza e inició un embestida imprevisible dirigida no al
capote rosáceo, si no a quién lo sujetaba. Mi padre reaccionó con una celeridad
felina evitando así el primer golpe. Sin embargo ahí se extinguió su suerte. Tropezó
y cayó de bruces. Escuché risas que provenían de algún lugar anónimo entre los cientos
de asientos en las gradas. Mi madre gritó horrorizada y contuvo su rostro
plagado de lágrimas oculto tras sus manos. El astado se abalanzó sobre las
sobras del que habían llamado su matador. El auxilio se demoró demasiado y,
para cuando aplacaron a la bestia, el cuerpo inerte de mi padre manchaba la
arena. El animal fue sacrificado poco después, pero escaso era este consuelo. Sobra
decir que me marcó enormemente. Nos deshicimos de todos los recuerdos y
abandonamos los círculos habituales. Nos mudamos y, años más tarde, mi madre
volvió a casarse, esta vez con un empresario de Salamanca. Un hombre tranquilo,
que dedicaba tiempo a la familia y velaba por nuestra felicidad. No tuvieron
hijos propios algo que, creo que me hubiese irritado. Estoy seguro de que mi
padre sí vio maldad en aquellos ojos, una perversidad que lo devoró. Y ahí lo
tiene, ese es el final de la historia.
– -
Señor
Tarraza ¿con quién habla?
La mujer vestía una bata blanca, nívea. Se acercó con delicadeza hasta la
silla en la que descansaba el anciano y posó una de sus delicadas manos sobre
su hombro. El hombrecillo le dirigió una mirada de reojo, como si la muchacha
lo hubiese arrastrado fuera de un cuento.
– - ¿Con
quién dices, querida? Con el caballero de la lengua melosa y dulces cuernos que
a veces lleva sombrero y barba recortada – contestó con voz quebrada.
– - Allá
afuera no hay nadie señor Tarraza. Pero creo deberíamos cerrar la ventana,
podría coger un resfriado.
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