El escarabajo sin sayo

El escarabajo pataleaba como si sus extremidades tocasen un piano invisible. Uno de los comensales, al otro lado de la mesa, ensartaba entretenido a sus congéneres entre la punzante corona de su tenedor. Era una suerte de animal con largos dedos que hacían presa de los indefensos animalillos igual que ávidas garzas. Los atesoraba en algún rincón oscuro del que sólo él o los suyos poseían la llave y allí los abandonaba, con fin de saciar su glotonería y sacar provecho de los resecados cadáveres de paso.

Tarea que, en honor a la verdad y para la desgracia de los insectos, desempeñaba de manera admirable a causa de su grotesco genio y desmesurado imaginario.  Así era que, tras despojar a sus cuerpecitos de toda vida, los dotaba de una nueva; una existencia útil y con un significado definido, libre del agobiante peso de la libertad o el individualismo. Ya no habrá más hambre, ni lucha, ni enfermedad anunciaban los panfletos. Todos eran recogidos por la mirada creadora de una misma mente colmena.

El pequeño escarabajo era consciente del peligro que se avecinaba. Empero, achacaba ese desafortunado sino al bello cascarón que lo revestía y no a la caprichosa voluntad de su verdugo. Culpaba en su lugar, a esa oleaginosa perla negra, a esa maldita lágrima entintada que lo hacía ser envidiado y deseado. Y por eso, en lugar de correr o volar, aun cuando se encontraba en una situación mucho más afortunada que el resto de sus semejantes, trataba de zafarse de tan terrible vestidura con todo su empeño. Con este propósito no cesaba en su agitación de volverse una y otra vez sobre su lomo, mordisqueando la opaca cobertura hasta el extremo de descamarse a dentelladas.

Fueron esas enardecidas convulsiones, propias de una danza macabra, lo que llamó la atención del desprevenido cazador. Tan pronto como descubrió a la minúscula mota de negrura retorciéndose sobre la mesa desnuda, abandonó sus quehaceres y encorvó su cuello viperino hasta abatirse sobre el embotado cuerpecillo. Lo rondó como lo haría un ave rapaz, primero desde el privilegio de la lejanía elegida y, luego, desde mucho más cerca. Pensaba recogerlo y llevarlo con el resto pero aquel comportamiento lo previno fugazmente contra esa posibilidad, ya que jamás había observado un meneo tan visceral como aquel sin su intervención.

Temía que una enfermedad que no fuera la extravagancia, hubiese conquistado al valioso ejemplar verdinegro y pudiese parasitar el resto del género. ¿Habría aflorado en él la locura tal vez? Si aquel fuese el caso no le disconvenía dejarlo morir en el yermo que formaban las planchas de madera con el fin de evitar contagios de ideas prematuras o sentimientos controvertidos. El malquerido escarabajo no parecía inmutarse de la cercanía del carnicero, ni siquiera cuando su ciclópea sombra resbaló, semejante a una emanación sobre la tabula rasa.

Aun cuando sintió el frescor en la superficie, considerase culpable por no soportar un calvario más exigente por lo que continuó retozando vehementemente. Mas su incorruptible voluntad veía recompensada sus frutos; parte del dorso se encontraba expuesto al aire mientras esquirlas de su piel astillada yacían a ambos lados sobre el suelo. Aguijonazos de dolor encumbraban su empresa como galardones remachados y, aún con todo, proseguía mordiendo sin reparar en los dos soles volátiles que lo observaban prendidos a un rostro.

Y de pronto los vio, desprendiendo una fría calidez lejana como la de las estrellas. Y ellos lo vieron a él, y por primera vez distinguieron pequeños detalles; las antenas rectilíneas que parecían varitas vibrantes, las seis patas con forma de peine que asomaban bajo abdomen de tonel, la redondeada corona que relucía como la cabeza de un alfiler y el gabán de carboncillo.

Tal vez fuese por aquella atención insólita por lo que en lugar de prensarlo con su mano araña escogió destinarlo al fondo de una cajita blanca de papel o cartón prensado que se encogía y estiraba como si fuese un acordeón. Lo tomó con suavidad con las pinzas que eran sus dedos y lo depositó justo en el centro de la caja, donde parecía un cuerpo en su ataúd.

Creyó entonces el cazador que se encontraba frente a un ejemplar único. Esas patitas, esas antenas, esos ojos y ese… carácter. ¡Cuán raro era! Lo conservaría para él, para investigarlo y conocerlo. Tomó la tapa y la convirtió en colador, para servirle a su invitado aire y luz. Y luego, cerró la caja; la tapa se volvió lápida.

El escarabajillo ni cuenta se dio de a dónde lo llevaban. Mientras era transportado sólo sintiose más ligero, llevado por una extraña fuerza. Pensó que esa sensación se reservaba a  los que se despedían a su pecado.  Y luego, en la caja, una luz lo bañaba, goteando desde el cielo. Había estrellas y el suelo era blanco. Una nube, pensó. Ya quedaba menos para romper la dura corteza y entonces sería libre. Por fin, un crujido, y su cuerpecito desnudo rodó de un lado a otro. Cansancio, sofoco y frío. Dolorida toda su figura, no se sentía tan bien como creía. El cielo se abrió y una luz aún más intensa lo clavó en el suelo. Y, al otro extremo, una sombra débil e indefinida, inmensa. ¡Dios venía a saludarlo!

El carnicero destapó la caja y descubrió enfurecido el cuerpo sin vida de su escarabajo preferido y a su asesino, un gusano ensangrentado y retorcido, mirando altivo hacia el cielo vacío. Sin previo aviso, un gigantesco arácnido de cinco miembros se abalanzó sobre él, envolviéndolo hasta asfixiarlo. Las cloacas abiertas exhalaban pestilencia a humedad y óxido de entre sus barrotes, no era más libre que ayer. Ojaló tuviera su sayo, entonces, al menos, la muerte no le resultaría tan glacial.

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