MORDAZA Y TIZÓN - Capítulo 3 -
CAPÍTULO 3
Ni una sola gota de agua había
salpicado la mesa porque ante la sorprendida mirada de los presentes, el cuentacuentos
transformó el hielo en arena cetrina,
distinta a las que mueve el oleaje con sus infinitas acometidas. Una arena
dorada como polvo de oro que se hallaba cuidadosamente amontonada cerca de una
taza vacía y parecía insinuar la majestuosa figura de una pirámide.
- –¿Abandonasteis a su suerte a esos pobres hombres? – suspiró
Foth con tono acusador aunque vago, envenenado por la borrachera.
- –Los héroes son hombres al fin y al cabo, de carne y
hueso – terció Theb a su vez, quién conservaba frescas sus capacidades
reflexivas pues, desde que el narrador comenzara a hablar no había vuelto a
posar sus labios en la bebida algo que, sin duda hubiera llamado la atención de
sus compañeros barra de haberla tenido en primer lugar.
- –¿No será que sueñas con que te dirijan ese apelativo? ¿Verdad,
espantapájaros? – bramó Jorn con su ronco vozarrón de borrego borracho.
- – Además – prosiguió Theb sin caer en sus provocaciones –
salieron del encuentro con pena pero sin gloria para su bolsillo.
- – Entonces ¿dais crédito a sus historias? – interrumpió
Jorn, molesto con el estúpido Theb, quién con tanta diligencia se mostraba de
pronto – ¿creéis en verdad que existen gigantes de piedra?
Maldita sea. Estaba perdiendo el control sobre sí
mismo y no medía sus palabras ni reacciones. Había dado buena cuenta de las
bebidas que caían a su merced. Debía de rondar por la sexta o séptima jarra
vacía. Las historietas del arlequín lo aburrían. Al fin y al cabo, nunca fue
dado a recurrir a la imaginación como medio de esparcimiento. Prefería la
compañía de alguna mujer, la quemazón del alcohol o quedar invicto propinando palizas en una refriega. Era por eso que tragaba más que bebía, casi sin darse
tiempo para paladear el licor en su descenso. Ya advertía la sensación de
tranquilo bamboleo que precedía a la ebriedad. Pero ante todo, no lograba
aplacar las náuseas que acudía a él con la fidelidad de un perro amigo, cuando
las miradas del payaso y la suya propia entrechocaban en el aire. Ansiaba acabar
con aquella pantomima, tomar su oro y dejarlo a él con una profunda brecha en
la cabeza arrastrándose implorante por el suelo fangoso, irrigado con su
sangre, como el gusano que, detrás de su vestidura era en verdad.
Theb había notado su nerviosismo y se preguntaba si lo
mucho de bestia que tenía Jorn habría reaccionado por instinto ante la
presencia del extraño. Una singular sensación recorría su espalda. Algo lo
empujaba a salir del local o dedicarse a otro quehacer cualquiera, incluso
emborracharse hasta vomitar en alguna de los rincones solitarios valdría. Desde
luego, ya le resultaba excepcional tener a Shkira merodeando por allí,
presencia que por otra parte le resultaba simpática, pero era la
mísera atención que le prestaban los hombres, lo que le resultaba aún más
insólito. Llevaban sentados a la mesa un buen tiempo y ninguno parecía tener la
intención de abandonar su asiento. Miró a Rod, el cual le respondió con un
gorgoteo imprevisto. Jorn solía burlarse de su incontinencia, decía que meaba
como una niña pequeña. En efecto, era el primero en salir a orinar y repetía
esa operación de cuando en cuando, de forma que era costumbre cruzarse con él
en alguna de sus idas y venidas. En esta ocasión, sin embargo, el aguante de Rod era respetable y
sorprendente.
Foth, que acostumbraba a caer en redondo y dormir la
borrachera, indiferente de cuanto pasaba a su alrededor, seguía en pie,
invicto, concentrando las energías que le quedaban en escuchar las historias
narradas por el extranjero. Esos dos parecía disfrutar de veras con sus
aventuras, casi parecía hipnotizados. Ernest
por su parte, se estaba enriqueciendo de lo lindo aquella noche que, por otra
parte, iba camino de convertirse en una de las más tranquilas que se recuerdan
en el antro. Y luego, persiguiendo el mismo oro que Ernest solo que con formas
poco diplomáticas, estaba Jorn. En constante tensión, aunque tratando con un
malogrado disimulo de disimularlo. Los ojos de Theb reflejaban el
apaciguamiento de una laguna estacada mientras recorría la estampa con
detenimiento.
- – Hay cosas en este mundo que existen sin nuestro
consentimiento – sentenció el cuentacuentos mientras se llevaba la copa a los
labios. Otra ronda se acercaba, servida en una gigantesca bandeja de asas
adornadas. El foráneo extrajo una botellita de plata, una pieza de orfebrería fina. Y la agitó en la mano.
– La lobreguez de la noche trae a mi memoria el baldío
recuerdo de otra de las desventuras que nos sacudió hace unos cuantos años, en
una tierra verde y próspera, de inmensos bosques y ricas praderas lozanas.
Diálogo con
la araña
Un mensajero que decía haber cabalgado durante varios
días con sus noches siguiendo nuestro rastro se presentó ante nosotros. El
hombrecillo parecía completamente demacrado como si efectivamente, en su anhelo
por encontrarnos hubiese omitido todas las comidas y el tiempo dedicado al
reposo. Su tez pálida como sábanas contrastaba con las marcadas bolsas
violáceas que pendían bajo sus ojos, casi describiendo las cuencas de su
calavera. Su pelo, corto y erizado estaba sucio, cargado de sudor, y
resplandecía como el aceite bajo las brasas. Llevaba entorno al cuello, un
largo trozo de tela deshilada que despedía un desagradable tufillo rancio.
Vestía
las prendas acostumbradas entre el campesinado, pero no hablaba como tal, aún
con la apreciable conmoción que había sufrido y que lo seguí atormentando. Se
expresaba con fluidez y repetía constantemente que debíamos acompañarlo en un
asunto de vida o muerte. Uno de los regentes de la posada le reprendió alegando
que se trataba de un indigente o un loco y trató de sacarlo de allí a patadas.
No obstante, yo no creí ni por un momento aquella farsa, y por lo que pude
comprobar ninguno de mis compañeros lo hizo.
Aquella mirada no conocía al diablo del alcohol, ni parecía estar
nublada por la demencia. Eran los ojos de un muchacho cuerdo, desesperado y
sincero. El hombrecillo seguía implorando ayuda mientras se agarraba a las
tablillas del suelo con sus uñas.
El dueño de la taberna y otro sujeto trataron de
silenciarlo, el primero forcejeando y el segundo con un potente derechazo que
habría partido su mandíbula si Tizón no se hubiese entrometido en el momento
oportuno con su habitual ligereza, pues se trataba de un hombre grande y
corpulento que dedicaba su tiempo a cortar y a cargar leños en una serrería
cercana.
- Nosotros
trataremos con él de aquí en adelante – dijo Mordaza, tras lo cual dio las
gracias y despidió a ambos hombres educadamente y se acercó al mensajero
cuando, tomándolo por uno de sus brazos lo acompañó hasta la salida. El pobre
chico temblaba, como un cachorrillo asustado. Yo pagué la cuenta y me dispuse a
acompañarlos.
- No seáis
necios, a estas horas no veréis más allá de vuestras narices. Además hay
bestias rondando el bosque y – apuntó el tabernero dirigiendo su mirada - está el clima.
- ¿A qué se
refiere? Llegamos aquí en una noche despejada y cálida, la envidia de cuantas
abarca el verano.
- Pero ahora
está esa lluvia.
Ambos nos
quedamos en silencio. Lo que decía el tabernero era cierto. Una lluvia espesa
golpeaba las ventanas haciéndolas templar. Las viejas vigas de madera, lacerada
por el tiempo y las disputas entre clientes, emitía quejidos y parecía no poder
soportar el embate de la tormenta. Creí
encontrarme bajo el profundo océano, en el esqueleto de un navío desventurado,
durmiente, arrullado por las oscuras aguas. Arrastré mi
mirada desde el lugar en el que se había desplomado el mensajero y seguí el
recorrido hasta la puerta por la que había abandonado el local junto a Mordaza.
Nada. Ni una gota de agua, ni una huella de barro. Nada, como si nunca hubiese
puesto un pie allí.
- Nos las
apañaremos, algo de agua no le hace mal a nadie – me tomó del hombro y me condujo
hasta la puerta.
Tras de mí
creí escuchar que el tabernero dijo “infelices” no a modo de reproche ni de
forma peyorativa, casi con lástima. Aunque tal vez sólo se trató de mi imaginación.
Frente a la taberna soportando el temporal, se encontraban Mordaza y nuestro
nuevo amigo, cuya piel había pasado a teñirse de un enfermizo color amarillento
por la leve luz que emitía el fuego en el interior del local y que se filtraba
por las ventanas. Mordaza sostenía con la mano izquierda en alto, otro de sus artilugios.
Un tejido elástico e impermeable con forma hexagonal que podía replegarse y
volverse mucho más fácil de transportar. Tiempo atrás, Tizón y yo
construimos otros para nuestro uso
siguiendo las indicaciones de Mordaza, un buen maestro. Nos reunimos los bajo
la lluvia, como tres lotos negros, procurando cobijar al muchacho. Una lluvia
de gotas como puñales, pesadas y gélidas, venidas de un cielo encapotado y
oscuro.
– No
podemos quedarnos a la intemperie con esta lluvia del demonio - aclaró Mordaza mientras aupaba sobre su hombro al hombre moribundo - Hemos de encontrar
cobijo por su bien; está helado.
– Por el
momento los establos podrían servir - Indicó Tizón, que se había adelantado y señalaba una
– Bien - ratificó Mordaza -
Está muy cansado, pronto lo vencerá el sueño y el hambre.
Mordaza cargó
con el hombre hasta la caballeriza, mientras Tizón y yo acomodábamos algo de
heno para recostar al malherido muchacho. Afortunadamente, la cuadra no había
sido utilizada recientemente, por lo que estaba limpia y mayormente seca. El
ajetreo llamó la atención de dos vecinos, un equino grisáceo, algo aciano y un
corcel fuerte y noble que asomaba su cabeza de cuando en cuando por entre
las Tizón rebuscó en su zurrón en busca
de las recién repuestas provisiones y un amplio mantón como abrigo, y se las
ofreció al desconocido. Este aceptó ambos ofrecimientos con sumo
agradecimiento, pero apartó la comida sin poder apartar el deseo de su
semblante.
- Mi nombre
es Santiago. He sido escogido como emisario por monseñor Osorio, quién apela a
la amistad que una vez los unió y que aún vive en su corazón para que acudan en
auxilio de toda esta región.
- Osorio… - repitieron por sí solos, en una especia de trance, los labios de Tizón - Esto sí que es una sorpresa. Jamás pensé que nos reencontraríamos en una
tierra tan lejana como esta. Él siempre fue un hombre sedentario.
- Sigue
siéndolo, un hombre estudioso, devoto y muy metódico. Ahora vive en castillo Saint
Bourd un majestuoso edificio que se abre hacia el norte.
-
Ciertamente lo conocemos, pues lo divisamos hace unas jornadas antes de llegar
aquí.
- Esto no me
cuadra. Cuando nos conocimos muchacho, dijiste que habías viajado por muchos
días en nuestra busca. Tu aspecto y salud, así lo indican. Pero los caminos que
conectan esta posada con el castillo parecen seguros y directos. ¿Cómo es
posible entonces que hayas has acabado en este estado tan lamentable?
- Eso se
debe a fuerzas que me son desconocidas y por las que monseñor solicita vuestro
auxilio. Me han seguido y retrasado todo cuanto han podido.
- ¿De qué
conoces a Osorio? - lo interrogó Tizón, con esa miradas suya cargada de suspicacia.
- El
monseñor Osorio me acogió en el castillo, desde entonces tengo el honor de
trabajar junto a él. Me encargo de transcribir tomos y ayudarlo con sus
investigaciones.
- Si lo
conozco, ha de tratarse de un trabajo duro y peligroso. Pues siempre se mostró
interesado en artes volátiles como la alquimia - Indicó Mordaza aún sin dejarse arrastrar por la premura que emanaba el mensajero.
- ¡Oh señores! No hay
tiempo que perder. Mientras hablamos, la vida del señor Osorio peligra
gravemente. Y si ésta se pierde, nada impedirá que el azote contra el que
combatimos suma en la desesperación toda esta tierra.
- Bien,
pagaremos un buen precio por dos de estos corceles y partiremos de inmediato. Mientras Tizón pronunciaba estas palabras ya había encorsetado las riendas a uno de los corceles.
- Me temo
que mis fuerzas impiden acompañarles a caballo, sólo sería un lastre. Mi misión consistía en
haceros saber la situación, marchad al castillo sin mi compañía pero con la
promesa de que nos reuniremos en breve. Encontraréis las puertas abiertas para
vosotros y, si la fortuna lo ha sonreído, otro de los míos os aguardará – logró
decir, pesadamente, con su pecho bamboleado, al ritmo de un fuelle.
Tizón y yo
volvimos a la taberna y conversamos con el propietario. Ofrecimos un generoso
pago por los caballos y logramos apropiárnoslos sin muchas reticencias. El
silencio era total y los antes enérgicos clientes rehuían nuestra mirada. El
tabernero tomó mi mano y me habló con tremulidad. Sus ojos se agitaban
nerviosamente y trataba de ocultar su rostro apretando la barbilla contra el
pecho.
- Haríais
bien en evitar a los que esconden su cuello - siseó.
- ¿Por qué
dices eso?
- ¡Shhh!
más bajo - rogó el hombre, que se había achicado lo menos tres palmos -.
- ¡Está
muerto! - prorrumpió Mordaza, abriendo la puerta de una embestida - Lo tenía entre mis brazos, de pronto cerró los ojos y desfalleció
cuando tenía la comida en los labios. Traté de reanimarlo, pero ya era muy
tarde, no tenía pulso.
- Hemos de
darle entierro - lo consoló Tizón.
Ni uno de
los hombres movió un músculo, todos volvieron la cabeza a sus copas e ignoraron
a Mordaza.
- Bestias –
Si no hubiese sido por la paliza que le propinasteis tal vez siguiese con vida
todos vosotros, sois cómplices. Cómplices de un asesinato perpetrado contra un
hombre joven que aún no había comenzado a vivir su propia vida.
De nuevo,
silencio.
- Nosotros
no podemos enterrarlo si deseamos atender a sus últimas voluntades.
Un carraspeo
y nada más.
- Recompensaré personalmente a quien se encargue de hacerlo. La bolsa llena de monedas viró dos veces en el aire antes de caer con un contundente estruendo metálico.
Algunos se
giraron curiosos, ojeando las monedas que Mordaza dejó sobre una mesa vacía.
- Yo me
ocuparé del chaval - aceptó el tabernero.
- Bien.
Volveré a comprobar que realmente cumples con tu promesa.
El enfado de
Mordaza era cada vez más notorio. Ensillamos a nuestros nuevos aliados y
cabalgamos velozmente durante toda la noche y parte del día. La tormenta cesó
poco después de abandonar la posada, pero nos sobrevolaban amenazadoras nubes de
un gris pizarra que fuimos incapaces de dejar atrás. Como insectos bajo una roca, vivimos bajo su sombra.
Finalmente,
tras cuatro jornadas avistamos las lindes del territorio que patrullaba el
castillo, situado sobre una poco prolongada colina. Lo rodeaban extensísimos
campos de trabajo, algunos baldíos debido al efecto del barbecho. Llegamos
cuando se ponía el sol a nuestras espaldas. Nadie quedaba para trabajar en los
cultivos, era un desierto arbolado, callado.
El castillo,
aunque antiguo, conservaba toda su belleza. Fuimos
recibidos por un hombre tosco y robusto, que se refugiaba bajo un grueso sayo.
Portaba en su mano derecha un candil dentro del cual ardía una llama mísera. No
pudimos ver su rostro, aunque en las sombras se adivinaban los surcos de la
vejez y la porosidad de su piel.
- Señores,
al fin. Hace aproximadamente dos semanas que Santiago partió en su busca.
¿Dónde está él?
- Pereció a
causa del cansancio. Sólo se dejó vencer por la muerte una vez que cumplió con
su cometido.
- ¡Qué
tragedia! Monseñor Osorio se sentirá desolado, Rápido, las luces se ocultan pasen.
- ¿Dónde
está Osorio? - lo interrumpió Mordaza. Estaba realmente preocupado, inspirado por la reciente pérdida.
- Él
continúa con sus investigaciones, encerrado en su estudio. Ha enloquecido, no
quiere salir, cree que lo acechan criaturas venidas de las sombras.
- ¿Cuál es
tu nombre? - preguntó Tizón.
- Oh,
lamento no haberme presentado, soy Francis, me encargo de mantener el castillo.
Aunque ya servía a idénticos cometidos mucho antes de que él se hiciese con la
propiedad, por ello me contrató.
- Bien,
Francis llévanos con Osorio.
- Pasen,
pasen.
El recibidor
del castillo se encontraba sumido en la más absoluta oscuridad, hacía frío y
podía sentirse en la atmósfera un recuerdo melancólico de prosperidad. Aquella
amalgama de sombras y grises me resultaba señal de abandono.
- El resto
de empleados están durmiendo en el altillo, algunos se han machado y ya no
volverán. Todos están tan preocupados como yo mismo por la situación del
castillo.
- Monseñor
Osorio escogió esta residencia entre otras cosas por su pasado turbulento. En
tiempos pretéritos, en los bastos terrenos que hoy dedicamos al latifundio se
erguía una modesta villa, mientras que en el lugar que ocupa este castillo se
encontraba un eremita a la que le fue confiada la custodiaba de las sepulturas
de las primeras familias de la zona. Nadie recuerda el motivo exacto, ni se
conservan memorias más allá de las transmitidas oralmente, pero toda la
población sucumbió y la ermita acabó siendo derruida. Los restos de los
habitantes eran demasiados para el primitivo cementerio, por lo que se
excavaron galerías debajo de la ermita. Hace aproximadamente dos siglos, el
terreno fue reclamado por la Iglesia católica y con la riqueza de Saint Bourd
se inició la construcción del castillo actual. Para su desgracia, éste murió
antes de poder ver terminada la obra que lleva su nombre. Desde entonces la
Iglesia se ha ocupado de gestionar estas tierras y cederlas a cambio de rentas
a distintos nobles. Ninguno se quedó mucho tiempo, y tampoco mostraron interés
en explorar las criptas subterráneas. Esos olvidados cadáveres abonaban la
tierra, nadie los lloraba ni los velaba.
- Parece
que conoces mucho de esta historia. Lo halagó Tizón.
- Mi
familia siempre ha estado ligada a esta tierra, tal vez seamos los últimos parientes
consanguíneos de aquellos primeros habitantes. El señor
Osorio quiso excavar las galería para averiguar el motivo que propició la
extinción del pueblo. No fue una labor fácil, la entrada a la cripta por había
sido obstruida por las pesadas losas de mármol que ahora pisáis. Tras múltiples
intentos la excavación dio sus frutos y el maestro Osorio mandó acondicionar
los pasadizos descubiertos. Hace unos meses trasladó allí las piedras angulares
de su estudio para realizar un estudio de campo. Por aquí, tengan cuidado en el
descenso”. Una escalera ruinosa y suntuosa se hundía en la oscuridad. Sus
escalones parecían habían sido deformados por la humedad y el limo que afloraba
entre las grietas de las paredes, curvas y acanaladas por surcos en la roca. Un olor acre fue haciéndose más y más patente
conforme descendíamos. Al principio como una hediondez difícilmente apreciable
salvo para un agudizado olfato y luego, como una fetidez insoportable. Era como
descender por el estómago de un gusano. Francis nos conducía camino abajo, con
el candil aún prendido. Cada pisada reverberaba por el cónico descenso y seguía
nuestros pasos. La llama imbuía de suficiente luz el camino y permitía observar
rostros pétreos y descascarillados pertenecientes a estatuas o los casi
disueltos frescos que adornaban la salida de la cripta. De vez en cuando se
abrían pasadizos a nuestros lados, eran estrechos y su final desconocido. En
alguna ocasión, creí atisbar en sus entrañas el brillo de unos ojos encamados,
animales, pero fue una impresión fugaz.
- ¿Qué
encontró allí? Siguió Tizón.
- El señor
Osorio es muy receloso en lo que se refiere a sus indagaciones. No permite que
nadie irrumpa en la cripta cuando trabaja para conservar su concentración y en
los últimos tiempos no ha salido de allí. Ha convertido la cripta en su
residencia particular. El único que contaba con su total confianza era el joven
maestro Santiago, un muchacho brillante.
Una sombra
se cernió sobre el ceño de Mordaza, sin duda, lo invadían las mismas sospechas
que a mí. Aquella situación era anormal y se contradecía con cuanto sabíamos.
En primer lugar, estaba el apático recibimiento de los clientes de la posada,
su críptica advertencia y su clara reserva en tocar el cadáver del muchacho.
Por otro lado, estaba el extraño clima del que no nos habíamos librado durante
todo el camino y que contradecía la dirección de los vientos. Por último, y más
allá de la soledad que se respiraba en el castillo y sus alrededores, las
afirmaciones de Francis sobre su ignorancia se contradecían con sus actos.
Estaba claro que conocía la cripta o que, al menos, había descendido
anteriormente, pues despreciaba muchos caminos sin prestarles atención. Además
conocía demasiado bien la historia del lugar, historia que se remontaba más de
tres siglos atrás. Contuve mis instintos, los cuales forcejeaban por llevarme a
las afueras del castillo, pues me encontraba cansado y sobrecogido por la
atmósfera del lugar, el estado perfecto para ser víctima de la paranoia y el
miedo.
- ¿Qué
diantres es esto? - exclamó Tizón - ¿Telas de araña? ¡Están por todas partes!
- Es normal
que después de tanto tiempo esas criaturas concienzudas reclamasen las
galerías. Respondió el guía secamente.
- Pero dijiste
que os encargasteis de la limpieza de la cripta. Mordaza se paró en seco.
- ¿Cuánto más se prolonga este descenso? - exigió, con una mezcla de rabia e impavidez.
- Hoy
acamparemos aquí.
- ¿Quién
eres realmente y cuál es el nombre de tu amo? Mordaza ya estaba preparado para desenfundar su arma. El extraño giró sobre sus talones. Muy despacio.
- Ya no lo
sé - pronunció -. Su cara se fundió como la cera y se desvaneció entre carcajadas histéricas,
hirientes. Mordaza desvainó su espada y tajó el aire en busca de la carne de
nuestro guía. Fue en balde. El filo de la espada restalló contra la pared y
atravesó el sayo del que creíamos nuestro guía si encontrar resistencia. Éste
quedó durante un momento suspendido en el aire, como si un cuerpo lo ocupara e
instantes después cayó pesadamente sobre el suelo. El candil, rodó escaleras
abajo y su luz se extinguió. Los tres nos quedamos en silencio, expectantes,
rodeados por la negrura. Tizón prendió una antorcha improvisada, empleando el
aceite que llevaba consigo y un trozo de tela y guardó otras dos para más
adelante.
-
Desconozco a qué nos enfrentamos o si Osorio es quién nos ha convocado
realmente, pero veo muy posible que se haya tratado de una trampa para atraernos
hasta aquí. Aunque no contemplo el motivo por el cual eso sería de ayuda a
quien quiera que ande detrás de esta falacia.
- Sería
prudente abandonar las catacumbas. He memorizado el trayecto, podemos volver
sin problema.
- Sí, es lo
más sensato, aunque podrían haber previsto nuestra idea y esperar para
tendernos una trampa.
Desde lo más alto llegó el sonido de una losa siendo
desplazada.
- Creo que nuestros captores ya han pensado en eso - dije - sólo nos queda seguir descendiendo.
Y así lo hicimos. Durante un largo tiempo que no me atrevo a precisar. Finalmente, llegamos a una sala funeraria levemente iluminada por una luz mortecina sin fuente apreciable. Escuchamos movimiento, primero a nuestras espaldas y luego por todos lados. En un instante nos vimos rodeados por hombres y mujeres completamente desvestidos, con las costillas
transparentándose en su piel de víbora. En lugar de ojos asomaban de sus
cuencas dos colmillos punzantes. En su boca, desproporcionalmente abierta,
exhibían una hilera circular de pequeños dientes, afilados y anhelantes de
nuestra carne. En la oscuridad sus cuerpos desaparecían, sólo revelándose ante
la luz del fuego, aunque sin proyectar sombras tras sus talones. Algunos se
revolvían a nuestros pies, reptando entre los largos hilos blancos, escondidos
en la seda como pequeñas arañas.
Nos instaron a avanzar hacia el centro de la
estancia donde se reunía toda la telaraña entorno a un trono ocupado por una
figura aún más cadavérica que las que he descrito. Sus ojos sin párpados despedían
el brillo de la sangre y las brasas. De él surgían y en él se reunían todas las
telarañas que habíamos cortado y atravesado hasta llegar al final del trayecto,
solo que, no se trataba de telaraña, sino cabello. Pelo blanco como la nieve
que caía sobre sus hombros y se extendía en forma de red por todas partes. Sus
uñas también resultaban anormalmente largas, cada una tan filosa y retorcida
como supongo está la guadaña que porta la parca. Reposaba solemnemente, con sus
manos recogidas sobre los límites del trono y la cabeza alta. Pude sentir el polvo en la piel, el
aire era denso a su alrededor. Sus labios, agrietado y negros, se movieron horriblemente y su lengua sigilosa, si es que la conservaba, habló con soltura.
- Mis
viejos amigos, no habéis envejecido un ápice desde que nos vimos por última
vez. Yo en cambio, he cambiado, cambié hasta lograr mi objetivo. Tal y como
debía.
- Osorio…
¿eres tú realmente? - Tizón dio un paso al frente y Mordaza lo retuvo cogiéndolo del hombro.
- Aquel al
que llamas Osorio desapareció mucho tiempo atrás, más del que puedas entender
aún con todos tus conocimientos, Tizón. Vivió hace eones en un plano diferente
al vuestro, al servicio de Algol, el conquistador, príncipe renegado de la nebulosa del tiempo, gestado en el vacío interestelar, vástago de Bellatrix
de Orión, el más brillante errante, guardián nocturno de los más sagrados
santuarios - una risa terrorífica, hueca - Parecéis
sorprendidos de oír el nombre de quién temí y aborrecí largo tiempo atrás. Me
regocija que entendáis. Soy heraldo de una fuerza a la que vuestras constantes
interferencias incomodan, un poder supremo. Cuando nos
separamos dediqué mis esfuerzos a adquirir tomos alquímicos y otros volúmenes
de gran valor. Entre cuantos pasaron por mis manos una quimera saltó de entre
los estantes. Un decrépito cuaderno sin nombre, fecha u autor que me reveló los
misterios que envuelven la otra vida. Escuché rumores acerca de las tumbas que
yacían bajo los cimientos de esta casa y sobre las enigmáticas circunstancias
en las que se decía habían fallecido los anteriores propietarios. Sin duda,
muchos pensarían que se trataban de cuentos para asustar a los niños o
entretener a los ancianos, pero yo supe leer las líneas del destino que me era
reservado. Estimulado por la esperanza de un hallazgo prometedor busqué la
entrada a la cripta empleando todos los medios y técnicas con los que contaba.
Excavé, analicé y removí cada pedazo de tierra del castillo sin éxito. Fueron
días de frustración y arrepentimiento, pues desperdicié casi toda mi fortuna en
arrendar el castillo. Ahora el pago me parece nimio en comparación con lo que
obtuve, yo un mortal, recibí el beneplácito de un ángel. Algol se me apreció en
sueños noche tras noche, me desveló que lo que buscaba no era una puerta
convencional, sino un portal, que aparecía y desaparecía a su antojo, que podía
encontrarse en todas partes y en ninguna a la vez. Me prometió guiarme hasta
sus siervos, a los que había bendecido con la vida eterna. A cambio de
revelarme los secretos de la creación, sólo exigía un pequño pago; vuestro futuro.
Si en vuestra última hora puedo daros consuelo, será el saber que no cedí de
inmediato, amigos míos.
- No te
creo. El traernos aquí, sólo me parece una forma desesperada de pedir auxilio.
No alcanzo a imaginar el terror que una estrella inflige a la oscuridad. Sin embargo, acepto que el Osorio que conocimos ya no existe y por tanto... No veo conflicto en utilizar esto contigo y tus semejantes - Así habló Mordaza y con un movimiento fugaz extrajo una botella plateada de la que se liberó un torrente de luz abrasiva a la cual brillaba como el alba y era igual de imposible de observar directamente. Osorio trató de ocultarse tras sus adeptos, de los que apenas quedaba una pila mórbida de cadáveres. Los que continuaban en pie se retorcían como si una aguja les hubiese atravesado el corazón. En pocos instantes, la luz se disipó y no quedaron más que cenizas. De Osorio sólo quedaba una sombra, grabada en la pared opuesta a la nuestra, donde debieron carbonizarlo los potentes rayos de luz.
- Una bagatela - confesó Mordaza - sólo el último rayo crepuscular, enlatado. Creo que algunos se han desvanecido. Los perros habrán ido con su dueño. Adiós Osorio, viejo amigo.
------ FIN -----
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