El trono
El culto circundaba el panteón igual que un orfeón de estatuas mal disimuladas. Pese a la falta de movimiento, las figuras guardaban un halo de secreta ominosidad. En especial su aspecto, que no era otro que el de una medusa pétrea, a medias translúcida y a medias austral, confería a su presencia un aura onírica e innatural. Tal vez por eso, para el ojo humano, los cuerpos resultaban a veces desabridos y otras ocasiones, forrados de deformaciones; apéndices vinosos y vivorentes que desaparecían en lo que lleva un pobre parpadeo.
Los que conservaban su estado material en mayor medida, vestían exóticos ropajes propios del ceremonial, los cuales lucían inscritos cripticos caracteres, hilados insignemente por manos esqueléticas y antiguas. Los hilos bruñidos, cuyo brillo era debido a baños áureos y argentos, crepitaban junto con la respiración del fuego, imprimiéndose en la tiniebla que lo engullía el mundo que quedaba fuera del segundo círculo. La toga azul, caía rala como una cortina de agua a la altura de sus hombros y, entintada por densa negrura tumularia, reflejaba una profundidad sin estrellas o el oscuro lomo del océano.
Sobre la mórbida parodia de lo que alguna vez fue un rostro humano, se descorría un velo de telaraña tras el que se recortaban pedazos de extrañas facciones, fundidas con la sombra. Las corvas narices, desbordadas hacia la tumba, parecían buscar aviesamente vida que tomar, encajadas entre dos pómulos ajados, hundidos en la depravación.Y sus ojos odiosos, quemados como brasas, lanzando miradas a la hoguera. Cobrándole a las famélicas llamas, dentelladas de humo. Era casi como si el espacio que habitaban en compañía, sólo fuese una soledad plagada de gestos vacíos y cascarones errantes. La condena de ser y seguir siendo sin pausa.
Todos anhelaban participar en el festín. Podía leerse en sus caras contorsionadas y en interminable filo de cada uno de sus incisivos. Podía escucharse en latido descontrolado de la sangre, llamando y corriendo, frenética. Podía intuirse en el centelleo que aguardaba al final de esos claros ojos que miraban su verse más que así mismos, ásperos y duros como perlas, y que se posaban implacables en la criatura torturada. Aquel, capullo insano, que se retorcía en el círculo interior, trazado con líneas de sal y cera blanca. Pero no podían hacer otra cosa que espectar al otro lado del circulo, donde la desmesurada masa se carbonizaba y volvía a sanar al instante.
Al unísono se llevaron un puñado de ceniza a los labios quebrados y, sin pararse a paladear su aroma, la sintieron descender por su garganta hasta morir en su estómago. Entonces quebraron el silencio y unas voces guturales entonaron las primeras estrofas del conjuro. Un cántico gutural, como el rugido de un cráter. La cosa aquella se revolvió en el sitio, mientras, horribles marcas se grabaron en su piel biliosa. Parecía que algo arañaba sus entrañas, luchando por abrirse paso al mundo. En el exterior, el viento enloquecido movía bancos de vaporosas nubes que se cerraban sobre el segundo círculo, a espaldas de los cultistas. La tormenta tronaba pero no se imponía al llamamiento de Thuman Kargath. El emperador exánime. El tirano anunciado.
De la bolsa de carne brotó un miembro, estacado entre borbotones de fluido violáceo. Siete dedos coronaban la suerte de garra. Las voces se alzaron y las llamas treparon para combatir la llegada del retoño. Su llanto cortaba la respiración igual que el filo de un cristal saja la carne. Los chillidos, impregnados de resentimiento, auguraban finales terribles Pero los liches ya habían copeado de su ambrosía en tiempos pretéritos, siempre durante la hora fría en la que Plutón se perdía en la oscuridad cósmica. Y así, pondrían su tiempo eterno a su servicio cuando completasen el ritual.
Thuman Kargath. El caótico sátiro cuya ascendencia no puede nombrarse y que sólo permanece en el papel de un volumen caprichoso cubierto por cera roja. La pira se había convertido en una columna insaciable que mudaba a toda una gama de colores iridiscentes y ascendía hasta abrasar los nubarrones que encapotaban el cielo. Del monstruo no quedaba nada. Empero, sus restos cadavéricos seguían respirando y una cabeza logró, apoyándose en sus astas, llegar a los pies de los cultistas. A falta del sello, de seguro hubiese escapado para saciar sus ansias de venganza. Parecía el cráneo de una mosca gigantesca. Uno de los liches le sonrió sardónica mente antes continuar con el cántico.
Cuando hubo terminado, éste se acercó a centro de la estancia y pateó lo que parecía una verruga inflamada y pestilente. Reventó como una pústula al otro lado de la habitación. Solamente la superficie que cercaba el primer círculo había sido calcinada. Más, el poder de las barreras se había agotado y así, el de Thuman Kargath. Comprobó que otros pedazos semejantes al que acababa de despreciar, repartidos aparentemente de forma arbitraria. Contó hasta siete. Siete cabezas, cada una diferente, aunque todas cornudas y de dimensiones prodigiosas. La menor, medía lo que una cabeza de caballo. Siete entonces, serían los encargados de organizar el exorcismo en su próxima venida, él incluido. Palpó delicadame su renovado cabello salió de allí, dejando tras de sí el minúsculo embrión enraizando entre las losas de piedra.
Los que conservaban su estado material en mayor medida, vestían exóticos ropajes propios del ceremonial, los cuales lucían inscritos cripticos caracteres, hilados insignemente por manos esqueléticas y antiguas. Los hilos bruñidos, cuyo brillo era debido a baños áureos y argentos, crepitaban junto con la respiración del fuego, imprimiéndose en la tiniebla que lo engullía el mundo que quedaba fuera del segundo círculo. La toga azul, caía rala como una cortina de agua a la altura de sus hombros y, entintada por densa negrura tumularia, reflejaba una profundidad sin estrellas o el oscuro lomo del océano.
Sobre la mórbida parodia de lo que alguna vez fue un rostro humano, se descorría un velo de telaraña tras el que se recortaban pedazos de extrañas facciones, fundidas con la sombra. Las corvas narices, desbordadas hacia la tumba, parecían buscar aviesamente vida que tomar, encajadas entre dos pómulos ajados, hundidos en la depravación.Y sus ojos odiosos, quemados como brasas, lanzando miradas a la hoguera. Cobrándole a las famélicas llamas, dentelladas de humo. Era casi como si el espacio que habitaban en compañía, sólo fuese una soledad plagada de gestos vacíos y cascarones errantes. La condena de ser y seguir siendo sin pausa.
Todos anhelaban participar en el festín. Podía leerse en sus caras contorsionadas y en interminable filo de cada uno de sus incisivos. Podía escucharse en latido descontrolado de la sangre, llamando y corriendo, frenética. Podía intuirse en el centelleo que aguardaba al final de esos claros ojos que miraban su verse más que así mismos, ásperos y duros como perlas, y que se posaban implacables en la criatura torturada. Aquel, capullo insano, que se retorcía en el círculo interior, trazado con líneas de sal y cera blanca. Pero no podían hacer otra cosa que espectar al otro lado del circulo, donde la desmesurada masa se carbonizaba y volvía a sanar al instante.
Al unísono se llevaron un puñado de ceniza a los labios quebrados y, sin pararse a paladear su aroma, la sintieron descender por su garganta hasta morir en su estómago. Entonces quebraron el silencio y unas voces guturales entonaron las primeras estrofas del conjuro. Un cántico gutural, como el rugido de un cráter. La cosa aquella se revolvió en el sitio, mientras, horribles marcas se grabaron en su piel biliosa. Parecía que algo arañaba sus entrañas, luchando por abrirse paso al mundo. En el exterior, el viento enloquecido movía bancos de vaporosas nubes que se cerraban sobre el segundo círculo, a espaldas de los cultistas. La tormenta tronaba pero no se imponía al llamamiento de Thuman Kargath. El emperador exánime. El tirano anunciado.
De la bolsa de carne brotó un miembro, estacado entre borbotones de fluido violáceo. Siete dedos coronaban la suerte de garra. Las voces se alzaron y las llamas treparon para combatir la llegada del retoño. Su llanto cortaba la respiración igual que el filo de un cristal saja la carne. Los chillidos, impregnados de resentimiento, auguraban finales terribles Pero los liches ya habían copeado de su ambrosía en tiempos pretéritos, siempre durante la hora fría en la que Plutón se perdía en la oscuridad cósmica. Y así, pondrían su tiempo eterno a su servicio cuando completasen el ritual.
Thuman Kargath. El caótico sátiro cuya ascendencia no puede nombrarse y que sólo permanece en el papel de un volumen caprichoso cubierto por cera roja. La pira se había convertido en una columna insaciable que mudaba a toda una gama de colores iridiscentes y ascendía hasta abrasar los nubarrones que encapotaban el cielo. Del monstruo no quedaba nada. Empero, sus restos cadavéricos seguían respirando y una cabeza logró, apoyándose en sus astas, llegar a los pies de los cultistas. A falta del sello, de seguro hubiese escapado para saciar sus ansias de venganza. Parecía el cráneo de una mosca gigantesca. Uno de los liches le sonrió sardónica mente antes continuar con el cántico.
Cuando hubo terminado, éste se acercó a centro de la estancia y pateó lo que parecía una verruga inflamada y pestilente. Reventó como una pústula al otro lado de la habitación. Solamente la superficie que cercaba el primer círculo había sido calcinada. Más, el poder de las barreras se había agotado y así, el de Thuman Kargath. Comprobó que otros pedazos semejantes al que acababa de despreciar, repartidos aparentemente de forma arbitraria. Contó hasta siete. Siete cabezas, cada una diferente, aunque todas cornudas y de dimensiones prodigiosas. La menor, medía lo que una cabeza de caballo. Siete entonces, serían los encargados de organizar el exorcismo en su próxima venida, él incluido. Palpó delicadame su renovado cabello salió de allí, dejando tras de sí el minúsculo embrión enraizando entre las losas de piedra.
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