Terrores Nocturnos
De noche, las prisiones se llenan de aire enjaulado y castillos de ideas.
Afortunadamente para mi cordura, no me hallo entre ese malherido grupo de monstruos simiescos y espero poder seguir manteniendo dicha convicción al término de estas confesiones de las que, prometo, no demoraré en desembarazarme. Desde niña, tal vez incluso ya en la cuna, la oscuridad se me antojaba amenazante y pérfida como el más mórbido de los predadores. Sé que esa precaución no surge de un imaginario particular, dañado y desarticulado, porque lo he observado secretamente en otros jóvenes y adultos a lo largo de mi no tan longeva vida. Me refiero a ese instante, hermanado con la locura, en el que las facultades de la lógica y el lenguaje rompen su ensamblaje, en el que nuestro juicio se ve reducido a una maraña de pensamientos inconexos e irreconciliables. Hablo de ese momento al que todos saludamos, que nos prepara para rebasar el fino peldaño que asoma, con seductora predisposición, a un filo de caos y dilatada libertad. Es entonces cuando llueven quimeras sobre las inteligencias somnolientas y pesan los sueños que, jocosamente, cargados de ofrendas, llaman a las puertas que son nuestros parpados.
Es entonces, querido lector, cuando mi desvelo se hacía imperioso. Ello era debido a que durante mis primeros años padecía frecuentemente de achaques, pues nací lastrando problemas diversos que pusieron en jaque mi bienestar y que turbaban hasta extremos enloquecedores a mis pobres progenitores. Algunos de los males que fraguaban mi marchita fortaleza, expiraron conforme me acercaba a la adultez. Mas, otros tantos, continúan aún hoy asolando mi persona. Para cuantos hayan sigo ajenos a la enfermedad estas líneas parecerán una dramática exageración, escritas por alguien que aspira a convertirse en el foco de atención, pero lo cierto es que nunca he buscado satisfacer, al menos de manera deliberada, un propósito tan banal.
Empero, de lejos, el fenómeno más notable tanto por la asiduidad con la que me veía abocada a revivir esos episodios como por la desazón que me invadía cuando concluían se relacionaba con el sueño y la vigilia. Sufría, y todavía lo sigo haciendo, de lo que los doctores denominan terrores nocturnos. Un trastorno pesadillesco del que ignoro el origen, aunque me inclino a considerar las raíces de lo humano, instinto primigenio que pone en guardia a esa alimaña compungida que con esfuerzo y coacción la sociedad nos hace acallar, clave fundamental para trabajar en comprensión. Un rasgo de atavismo, legado por antepasados remotísimos cuya primitivo intelecto se consagró a edificar osarios y producir arte con sus cinco dedos por pinceles.
Reconozco que dichas circunstancias contribuyeron enormemente a mi despertar espiritual y que delinearon futuros campos de estudio y entretenimiento como fueron la filosofía, en especial la corriente metafísica, y la medicina general. Prontamente, antes de lo debido a todas luces, descubrí la historicidad a la que se suscribe el ser humano. Convivir rondada por el presagio de un malestar constante, me hizo reflexionar sobre la caducidad de la vida y manifestó descaradamente la precoz decrepitud de mi condición. Ametrallada por miedos aparentemente infundados me sentí presa de mi propia debilidad y requerí de auxilio profesional. Depositamos nuestra fe en fármacos y remedios menos testados que, lejos de aportarme consuelo, contribuyeron a mermar considerablemente mi ya de por sí exigua serenidad. Hoy, aprendida la lección, cuido de fantasear con milagrosos tratamientos y me consagro al cultivo de la voluntad, oponiéndome a la tiránica negrura.
En ocasiones, los síntomas del desorden no pasaban de un mal sueño pero, en otras, un espanto gélido arañaba mi interior, como una fiera desesperada por escapar a la tumba en que se convertía mi cuerpo, mi hogar, a la puesta de sol. Una marea de gusanos que volvía la piel escarcha y que tomaba posesión de mis miembros y los aletargaba. Sin embargo, ¿qué temía en realidad, la oscuridad o lo que contenía? ¿era un horror inspirado por algo que rebasaba lo evidente? Creo que fue poco después de mi octavo cumpleaños cuando se descorrió para mí el velo de lo oculto.
Acababa de terminar las tareas de la semana, una lista interminable de ejercicios de los cuales no conservo recuerdo. De puro cansancio caí rendida en el blanco lecho de sábanas. El sueño me venció en pocos minutos. Tras cada parpadeo, más se endulzaba el siguiente y así, mecido en divagaciones, como embebida mi visión se fue emborronando lentamente. De pronto, los vi, congregados a los alrededores de mi cama. Figuras sin rostro concreto, una suerte de fantasmas de morfología incierta que se revuelve, se crea y destruye, siempre a un aliento de distancia de mí. Velándome mientras dormía. Deleitándose, casi saboreando aunque sin labios, lengua o boca, desde su palco invisible, sólo una muda de sombras. Mi cuarto ya no me pertenecía, ganado por la tiniebla, me resultaba irreconocible. Llena de pavor, miré fijamente al tumulto de extraños seres, demasiado asustada como para permitirme cerrar los ojos. Pareciera que moverse no les estaba permitido si los contemplaba, salvo de la forma que anteriormente he descrito. Algunas de las criaturas tenían un aspecto bestial. Una se desparramó como una bruma por las acanaladas cortinas y luego rearmó sus partes en una amalgama de órganos sobrantes para reunirse entorno a la figura más estilizada, situada entre lo que parecía un terrible can cuyo pelaje desdibujado y otro ser arácnido fugaces volutas. No paraban de materializarse nuevos invitados a cada cual más extravagante.
Me pareció apreciar una conversación entre estos entes y el que erguía en el centro, presidiendo la escena. Su dialecto lo integraban sonidos que provenían del entorno; el chasquido de las planchas de madera cuando comban bajo el peso, el eco metálico emitido por las tuberías, el envite del viento en cristal del ventanal y los susurraros que envuelven la quietud sustituían a las palabras. Recuerdo haber pensado que no tenían voz, sino que mediante una facultad que me era desconocida, trasteaban el tejido de la realidad tangible igual que un pianista toca las teclado. La figura central se aproximó y pude delinear su contorno, menos amenazante de lo que me había parecido poco antes. Se contoneaba torpemente y sus rasgos redondeados me evocaron el cuerpo de un gigantesco hombre de jengibre.
A continuación desperté salpicada por perlas de sudor frío. Y me dispuse a desayunar. Esperaba encontrar a mi madre preparando el desayuno como todos los días. Pero no fue así del todo. Me sentía sedienta y agotada, arrastré la mirada por aquí y allá y algo me pareció fuera de lugar. Lo atribuí a la falta de sueño reparador y olvidé a los engendros evanescentes que me torturaron durante minutos que pasaron como horas. Mientras asía el tazón con el que acostumbraba a tomar la leche por la mañanas reparé en que el color de su diseño no me resultaba conocido. Estaba soñando con la monótona rutina de un día de escuela. El fondo del tazón era blanco porcelana, pero estaba vacío.
Volví a despertar, esta vez comprobé mi habitación antes de dirigirme a la cocina. De nuevo, ese agotamiento. Contemplé el tazón de leche, lleno pero frío en mis manos. No vi a mi madre y traté de recordar quién o cuándo lo había llenado. Metí la taza en el microondas y lo puse a calentar. Moví el indicador para que señalase cinco minutos. De pronto, lo números me parecieron erróneos, no sabría porqué. Y caí en la cuenta de que seguía soñando.
Por vez tercera desperté, con la sensación de emerger de un profundo lago. Sin levantarme siquiera me supe soñando, tras observar el papel que cubría la habitación. Me llevé la mano a la cara y la dejé tendida en el lado derecho. De esa forma, si la ilusión volvía a engañarme lo sabría inmediatamente, al encontrarme en la misma posición. Resultó parcialmente, porque mi mente reescribía el escenario para que resultase creíble. Comenzaba a asfixiarme en mi propia creación. El ciclo no paraba de repetirse, aunque la fantasía tardaba cada vez menos en derrumbarse. Entretanto, entablé conversaciones con mi madre y mi padre en la que les contaba lo sucedido, incluso a amistades que replicaban con arte mímica el carácter de las personas reales a las que imitaban. Me asusté mucho cuando me interrogué a mi misma sobre si sería capaz de volver y si, de hacerlo, podría creer que lo que vivía era genuina mente cierto.
Fue un viaje que olvidaré jamás, en el que me zambullí en entornos sustancialmente conocidos pero difusos en su geometría y disposición. Experimenté la lucha que he descrito en los primeros compases del texto, entre la dispersión y la lógica. La segunda me permitió buscar patrones, establecer puntos de referencia para desenmascarar el carnaval. Con todo, el mundo onírico la tentaba con su magnetismo e incluso conseguía engatusarla, y con ella a mi, porque construía justificaciones que legitimaban los aspectos más rocambolescos de aquel microcosmos de soñado. Por ejemplo, un año antes la mascota de la familia había fallecido, una gata gris muy haragana llamada Tersa. Yo la quería mucho, pero ya era vieja. Durante uno de los viajes fingidos recobró la vida y apareció refrescada a mis pies. No sólo eso, incluso trajo a sus mininos consigo. Aparté de mi conciencia la desesperada situación en la que me encontraba y me centré en acariciarlos y disfrutar de su compañía.
Sin previo aviso, los perdí de vista y Tersa me dirigió una mirada difícil de escrutar en la que creí avistar el picor del resentimiento y el bálsamo del perdón por haber extraviado a sus cachorros. Bajó por una calleja larga y estrecha, que a poco confundí con una vara desmedida. La perspectiva me previno, aquel era un lugar demasiado joven, demasiado único. No sé que hubiese sido de mí si me hubiese internado en el laberinto. En aquel punto, hubiera dado cualquier cosa por desandar el camino y regresar a mi vida diaria. Pero no sabía cómo.
Una mancha se acercó desde la distancia. El hombre de jengibre. Ni siquiera pude rehuir su abrazo. La misma miasma glacial que he descrito paralizó mi cuerpo y me dejó tendida, de nuevo sobre mi cama. Desde entonces he vuelto a toparme con estos seres y he logrado comprenderlos mejor. En mis escapadas nocturnas he llegado a desarrollar cierto aprecio por estos amigos, incluso, en el plano amoroso...
La puerta cayó a plomo y una pequeña milicia entró a tropel en la celda y el bolígrafo resbaló entre los dedos. Al día siguiente la chica que había vivido cautiva por cerca de diez años en el sótano de su residencia familiar acaparó los noticiarios del país.
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| Fuente: Elaboración propia |

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