La fe del bosque
De entre la multitud emergió como
escupido por ésta, la escuálida figura de un hombre torpemente ataviado. Vestía
un amplio chaquetón cetrino por el que asomaban una maraña de cabellos
ensortijados que junto a otras prendas escogidas con poco atino y menor disimulo,
acababan confiriéndole el aspecto desarrapado de un payaso al que le han robado
los colores.
El hombrecillo arrojó una furtiva
mirada llena de interrogantes y cavilaciones silenciosas a las agitadas gentes
que, sin saberlo él, aún no habían conferido a su pobre gesto ninguna
importancia. A poco trastabilló con sus propios pies cuando escaló a tientas
las escaleras que llevaban al púlpito, empero, logró asirse a la mano que la
pétrea efigie tendía hacia la poblada plazoleta cuando su caída precipitada
parecía inminente. Frente a frente con el rostro angelical no pudo sino sonreír
de escarnio ante aquellas facciones hieráticas de supuesta hermosura; una
gracia irreverente, monstruoso bosquejo esbozado por manos coronadas con cinco
dedos de amortajado talento. Carne y
hueso, sangre y polvo, cuerpo y putrefacción, muerte y olvido.
Remontó la corriente de cuerpos inanimados
hasta alcanzar el pedestal y allí se detuvo, aún sin sellar sus labios en una beoda amalgama
de contenta excitación y acallado pánico. Dudó visiblemente unos segundos que
con toda seguridad debieron parecer eones tras su mirada resbaladiza, antes de
enderezarse, henchido con las maneras de un palomo al exhibirse. El gentío,
diferible a duras penas de una turba desbocada, intercambiaba empollones
indiscriminadamente, presa de un indecible y sórdido histerismo, audible desde
cualquier rincón del pueblo. Sólo los más cercanos al hombre parecieron
advertir la repentina metamorfosis de la
que había sido protagonista su actitud contemplativa y de habitual sumisa. Luces
templadas saetearon el podio en busca del arlequín. Las apagadas estatuas,
calladas e inmóviles a su alrededor, parecieran dirigir miradas cómplices
mientras permanecían torneadas como si nada, a la atestada plaza como si se
proclamaran maestras imbatibles de aquel juego infantil llamado “escondite
inglés”. Las paredes argentinas del ayuntamiento adquirieron parte de la
blancura diurna, plasmando en lienzo las formas inexactas de las angelicales
figuras de piedra, transmutadas por usura de la noche en quiméricos despojos de
la imaginería humana. Gritos, rápidamente silenciados ante la procesión de máculas
luminiscentes y borrones tiznados. Y por
fin, elevó la voz aquel hombrecillo.
–
¡Pueblo!¡Pueblo! - Exclamó con la garganta
desquebrajada, en apenas una sucesión gutural de silabas inconexas – Es posible
que para muchos de los presentes mi cara no sea bien conocida. No es de
sorprender, sin embargo, no es menos cierto que he vivido en esta tierra desde
antes de que las carreteras fuesen pavimentadas con el negro asfalto. Debéis
creerme cuando hago esta afirmación, pues he visto cómo sus lindes crecían y
cómo esta pequeña y remota villa florecía hasta transformarse en una pequeña
ciudad que deshilaba sus tentáculos en dirección al bosque sin otro objeto que
la recreación. Es el reflejo de esos terribles actos, perpetrados en nombre de
una codicia insaciable enmascarada bajo
la estela del progreso, el que hoy augura nuestra condena.
–
¡Habla claro, mamón! – gritó un hombre cercano -
Pareces un personaje de novela. Si va a soltar tonterías por lo menos
preséntate.
–
Mi nombre es Rubén Parra y durante los últimos
quince años he ocupado el puesto de guardabosque, instalándome tras el
fallecimiento del señor Beltrán , predecesor
en esta profesión, por recomendación de un colega. Desde aquel entonces he
hecho mía la propiedad del señor Beltrán, tratando de acomodar mis enseres sin
por ello desmeritar los suyos, puesto que desde que guardo recuerdo, me han
fascinado las arquitecturas antiguas que esconden en sí mismas la historia de
lo que le rodea y si bien, reconozco que el tiempo ha mellado perceptiblemente
algunas de las estancias de la casa y que ésta no dispone de muchas de las
comodidades que ya son normativas en las edificaciones contemporáneas, la
increíble fachada de madera entramada y sus dos siglos de antigüedad sirvieron para
disipar cualquier tentativa de reforma que hubiese alumbrado en estos quince
años. De la misma manera, me arriesgo a aventurar que la vetusta de pretéritos pese a los achaques que
soportaba a su avanzada edad. Dolencias que debieron de resultar agravadas por
los acontecimientos que vivenció en su juventud y de los que no fue siempre
artífice, aunque sí un protagonista tangencial. Pobre desdichado.
Apartó su
rostro rubicundo, vivamente encendido por la pesada charla y buscó cobijo en la
solapa de su abrigo. De pronto, mediante un gesto surgido con una teatralidad
espontánea extrajo de uno de sus bolsillos un paquete rectangular, cuya
envoltura de papel parecía esmerada, y lo esgrimió frente al grupo de curiosos
que se apiñaban a sus pies. Creo firmemente que la idea de presenciar un ataque
terrorista cruzó como un relámpago las ensimismadas mentes de un par de sus adeptos.
–
Éstas – prorrumpió mientras daba un paso adelante quedando
suspendido sobre el canto del saliente – son las memorias del señor Beltrán,
escritas de su puño y letra. Muchas de sus narraciones se encuentran integradas
por inconsistencias diarias; los quehaceres de un guardabosques solitario. Sin
embargo, –apuró hasta quedar falto de aire – también dejó constancia de los acontecimientos
que hoy nos atañen y que por simple azar tuve el infortunio de revivir.
Al término de
estás palabras rasguñó la cobertura descolorida con una fiereza felina y sostuvo
su contenido como si de una alhaja numinosa se tratara. Quedé horrorizado por
el destello carmesí de ese tomo oleaginoso, cuyo contenido parecía verterse
como un hígado humano. Acudió a mí como una premonición, una espantosa
representación en la que el volumen demoníaco se licuaba entre los gusaniles y
mortecinos dedos de aquel que lo empuñara. Si los demás compartieron en
comunión aquellas aborrecibles escenas fraguadas en tiempos pretéritos es algo
que desconozco, puesto que una vergüenza atenazante, a ojos de la humanidad o
de cualquier deidad primigenia, oprimió mi garganta sin procurarme aliento para
expresar tales pensamientos. Solo su voz de chivo despertó al silencio.
–
La crónica comienza en el verano de 1958, año en el que el señor Beltrán fue requerido
en calidad de investigador por la exquisita erudición de la que hacía gala
entre sus colegas de cátedra, destacando en sobremanera por las observaciones
aventajadas que vehicularon diversos estudios realizados sobre la diversidad de
la fauna y flora de la región y que, hoy día, siguen siendo revisados a modo de
bibliografía elemental por no pocos científicos. Los motivos que auspiciaron su
llamamiento no constan enteramente aunque debieron de resultarle arto
llamativos pues tal y cómo él mismo manifiesta en las primeras páginas,
abandonó sus obligaciones para centrarse en un “prometedor proyecto abanderado
por hombres de una sociedad desconocida y excomulgada”. El secretismo
proverbial de sus primeras anotaciones, deja clara constancia de que, fuera
cual fuese dicha empresa, había cobrado una importancia capital. Tanto fue así
que emprendió su traslado sin arrendar si quiera sus propiedades.
Su visita, no fue celebrada pues los pobladores de
aquella época desconfiaban de los extranjeros especialmente de los que, como el
señor Beltrán despedían el aroma a urbe y exhalaban aires de intelectualidad. Más, encontró en el viejo velador de las
inmediaciones un buen amigo y compañero; gran sabedor de las categorías
taxonómicas animales y vegetales para su sorpresa y agrado, así como adepto
practicante de peregrinas costumbres a las que lo introdujo por vías ocultas y prohibidas.
Estas prácticas son descritas con un ascetismo por sí solo revelador. Empero,
su influjo predestinó el ostracismo del señor Beltrán para el resto de sus
días. Crípticas leyendas acerca de un pacto con los demonios que yacen en la
madera, fuegos sin llama, sierpes cuya piel es légamo y cuerpos de proporciones
pesadillescas. Al cabo de un tiempo, ambos compartían mismo techo. En el hogar que
generación tras generación han heredado los veladores y en el que yo mismo
habito actualmente.
“He quedado francamente defraudado con la bienvenida
prometida. Estas gentes de hábitos rústicos rehúyen mi cercanía con natural
franqueza. Sólo se detienen para observarme con disimulo o formular discursos
inaudibles como acostumbran en las comunidades modestas. El pueblo despide un
aura gris de abandono y, es claro que la localidad ha quedado desolada debido a
la competencia de la industria. Dudo que aún queden jóvenes prometedores que lo
repueblen y devuelvan la vida que sin duda resultaba intrínseca en determinado
momento. Con todo, despide un aire pintoresco que me sería difícil describir
una curiosa catarsis gótica. La robustez de las casas junto con la pronunciada
situación del pueblo lo dota de un singular diseño que evoca una ciclópea
escalinata. Las callejuelas crecen como
enredaderas, por todos lados y desde todas direcciones. Muchas no son
transitadas salvo por contadas personas, estando éstas sujetas a una bien
temporalizada conducta que poco o nada varía de un día a otro. El cementerio descansa
a la umbría de la ermita cuyos cimientos de estilo románico continúan
funcionando como soporte desde hace más de ocho siglos.
Fue precisamente la
pasada noche cuando, simbólicamente tutelado por ella, rondando por las cercanías hallé una taberna
que brillaba a duermevela. Finalmente, allí, me topé con un hombre que se hizo
llamar Jean y que dijo ser velador desde tiempos de su padre. Pese a que dudé
de la veracidad de su identidad en principio, me impresionó el sublime dominio del
latín y sus minuciosas descripciones de los procesos vegetales y animales. Tuve
la total certeza de codearme con un hombre docto que, al igual que en mi caso,
volvió la espalda a la vida en la ciudad. Mostró gran interés en conocer mi
profesión y otros detalles menores a los que respondí desprovisto del recato
con el que muy sabiamente, se introduce uno por vez primera a los desconocidos.
Escuchaba con glotonería y respondía con una vehemencia tajante, casi podría
decir que embrutecida premeditadamente. Poco después, me invitó a visitar su hogar,
cerca de las lindes del bosque, donde dijo, podríamos explayarnos más sobre la
naturaleza de lo que había venido a encontrar.
Entonces, logró convencerme para
seguirlo a un santuario que según él, reposaba oculto entre el espeso follaje.
Dudo si accedí drogado a su petición de seguirlo o si fue un irreprimible deseo
de enfrentar una situación tan inverosímil. En cualquier caso, vimos refugiados
bajo las hojas negras, acompañados por otros hombres y mujeres cuya identidad
desconocía, proyecciones de luz tan densas que hasta parecían poder manipularse
entre los dedos, procedentes de grietas en los troncos o pequeñas oquedades en
la tierra y juro, que eran como lanzas divinas, más brillantes que las llamas
aunque frías como el hielo. Y pude leerlas y escucharlas en mis oídos, como
voces que no eran voces. Y me prometieron grandes dones”
Desde entonces las largas expediciones en las que se
embarcaba el señor Beltrán fueron haciéndose más frecuentes e indeciblemente
más largas. Guiado en todo momento por su inseparable compañero, quien lo
condujo a través del laberíntico bosque. Entre las filas de centinelas
centenarios. Hasta el corazón de la foresta. Descendiendo por sus entrañas verde-oscuras.
Los testimonios del señor Beltrán no dejaban lugar a dudas, sus furtivas
escapadas habían acabado por enturbiar su juicio. Perjuraba que su mente se
hallaba subyugada a insanos pensamientos que se presentaban con mayor grado de
vivacidad durante las horas que anticipaban el sueño. Qué influencia dictó de manera absoluta los
afanosos esfuerzos del señor Beltrán por penetrar en soledad a la profunda
arboleda es algo que escapa a él mismo, pero lo cierto es que incluso en sus devaneos,
trató de zafarse de estas perversidades.
“La única constancia de mis actividades nocturnas se
encuentra inscrita en las páginas de este diario, de cuya autoría he llegado a
desconfiar. No son pocas las ocasiones en las que me he sorprendido
interrogando profusamente a mi conciencia sobre este lance, que se me antoja
semejante a un rompecabezas. ¿Verdaderamente es mío? ¿Acaso un hombre puede
reflejar evocaciones de tal complejidad valiéndose de glifos que es incapaz de
descifrar bajo la luz diurna? ¿El último bastión de mi cordura se yergue sobre
estas modestas páginas o, por el contrario, supone una fiel representación de
un imparable descenso a los infiernos? Si bien he tratado de despojarme de él,
me ha resultado imposible. Sólo el fuego sería capaz de devorarlo, más temo que
pueda no encontrarlo apetecible.
Jean insiste en retornar a la senda secreta. Cree
erróneamente que reniego de sus enseñanzas, que temo alcanzar esferas que
escapan a mi comprensión, razón por la que le soy esquivo. No se encuentra sobre
aviso. Desconoce la avidez perenne de sus decrépitos maestros. ¡Pero yo no soy
quién para revelársela! me temo que la fuerza de nuestra frugal amistad
palidece bajo la sombra de la amenaza prometida. Sí, he dicho bien… me temo.
Temo a este nuevo ser que ocupa una piel que me es familiar, que me aguarda en
el espejo y se reconoce derechos sobre mi nombre. Y, sobre lo demás, los temo a
ellos”.
-
Así continúa, ese mismo día – continuó el
cuentista.
“Escribo estas palabras mecido por una luz desmayada y
pronto extinta. El trato que Jean me dispensa ha sufrido una alteración
radical; la suspicacia ha relegado a su camaradería. Lo que en el pasado se me
antojaban falaces figuraciones germinadas de mi lacrada cordura, han adquirido mayor
grado de consistencia tras descubrir a Jean en situaciones indiscretas,
espiándome achaparrado o, simplemente, siguiéndome con la mirada cuando creía
que no podía percatarme de su vigilia. Por otra parte, se afana
desmesuradamente en desprender cordialidad, aún durante los rifirrafes de la
convivencia, pero, en contraposición, reacciona con un agriado carácter ante otros
temas accesorios y anodinos. Evidencia sucinta de que transita momentos de
angustia y agotamiento. Sospecho, a medias por intuición y a medias por un
ancestral sentido de la protección, que fuerzas con autoridad para someterlo lo
emplean como instrumento para llegar hasta mí. Acaso a modo de recreo, para disponer
de un acólito más capaz o, tal vez, en una insana combinación de ambas
alternativas. Por el momento, no parece decidido a obrar maliciosamente en mi
contra, mas me estremece considerar que dicha actitud pueda ser susceptible al
cambio. Esta noche el ciclo lunar se interrumpe, sumiendo el bosque en la
penumbra. Ruego porque no me resulte imposible posponer este despreciable
compromiso”
...
“El ceremonial aguarda. Soy incapaz de oponerme a los
llamamientos del bosque.
Escucho los quejumbrosos chasquidos de la madera
entablillada sobre mi cabeza, claro delator de los movimientos intranquilos que
Jean lleva a cabo, en un intento por ultimar los preparativos sacrificiales mediante
los cuales pretende recobrar el afecto perdido de sus señores. Pretende ofrecer
mi vida como obsequio. Ahora estoy seguro, puesto que ha tomado uno de los
cuchillos de plata que guardaba con la cubertería y lo ha guardado en su viejo forro.
Así me lo han hecho saber los árboles retorcidos que acechan mi alcoba desde el
otro lado de la ventana y cuyos pies de serpiente no dejan rastro alguno. Acudiré
a prodigios reservados a los más cercanos y fieles adeptos. En la quietud del
cielo desollado, una negrura inmensa, vacía y vibrante. Sin luna ni estrellas.
Y allí hundiré en su carne el cuchillo sacrificial que ilusamente cree portar.
Y crecerán las amapolas. Jean vocea mi nombre con impaciencia desde el otro
extremo del angosto corredor, he de unirme a él para coronar el séquito, poniendo
cuidado en no delatar estos planes. Llevaré conmigo el pedazo de mi corrupta
alma, negra al igual que la tinta que le vale como sangre, y única evidencia de
las faltas cometidas por el hombre del que hoy me divorcio. Lo esconderé en las
entrañas de un tocón amigo hasta que regrese en su busca”.
Poco después, un intenso infierno llameante se propagó
sobre la muralla arbórea, reduciéndola a un yermo desolado sobre el que sólo
reposaban picas de corteza calcinada.
Los habitantes hicieron trinar las campanas que colgaban como murciélagos
durmientes de las arcaicas vigas de la iglesia y acudieron raudos a sofocar el
incendio. Allí encontraron al señor Beltrán, con las vestiduras desgarradas y
la piel expuesta ante las coléricas llamas, arrastrando por los tobillos el
cuerpo inerte de su buen amigo. Ambos fueron trasladados inmediatamente a la
casa del galeno, cargados cual zurrón en la parte trasera de un carruaje
reservado para el transporte de heno, con un espantoso hedor pegado a los
talones que se acrecentaba inexplicablemente de manera errática o se diluía al
punto de parecer extinto.
Los animales de carga que trotaban en la vanguardia
del carromato, se mostraron especialmente sensibles ante éste, puesto que uno de
los corceles más veteranos, un viejo mulo moteado de manchurrones grisáceos,
cabeceó con potencia tal que, desembrazado el animal de su correosa atadura, se
lanzó en una desbocada huida rumbo al bosque que aún ardía con intensidad, para
hundirse en las llamas y no volver a ser visto. Entretanto, los diligentes
vecinos proseguían en su empresa, tratando de sofocar el ávido fuego con
cualquiera que fuese el medio a su alcance.
Ya en el consultorio del doctor Zatustregui elogió la
celeridad con la el cochero se desenvolvió después de enfrentar un caso de
histeria animal y, añadió, que sus eficaz actuación podía haber salvado la vida
al señor Beltrán, quién se encontraba ileso, un tanto confundido pero sin
manifestar síntomas preocupantes, especialmente considerando el funesto
destino de Jean. La visión de su
cadáver, descrita, con una rúbrica rubicunda
que, si bien es hoy cosa de chiste entre los pacientes, en este caso
delataba una profunda turbación en el médico. Esta memoria, rescatada en mi
investigación plasma la indecible anomalía a la que el doctor tuvo que buscar
explicación.
La extraña deformidad de su rostro, los ángulos imposibles en los
que se doblaban sus extremidades y la gomosa textura de la dermis,
descascarillada igual que la cáscara de un huevo, parecían indicar que el
guardabosques no sólo había sufrido importantes quemaduras externas, sino que
habría caído de una altura considerable de cuyo impacto era posible que resultasen
las fracturas halladas en el reconocimiento preliminar. Sin embargo, los detalles de ese atroz final
siguen poniéndose en tela de juicio incluso por el propio galeno puesto que
ninguno de los habitantes del pueblo, ni siquiera los que se introducían en los
bosques para volver cargados de leña u hongos y frutos de temporada recién
recolectados, pueden imaginar un lugar
lo suficientemente profundo como para causar tales lesiones en un valle tan
poco pronunciado como era éste, salvo que esta obedeciese a caprichosos
movimientos tectónicos de una prudencia inverosímil. Con todo, quedaba por
esclarecer la forma en la que el guardabosques, en caso de que la hipótesis
prevista resultase ser cierta, había podido reponerse de la caída y atravesar
el bosque en llamas. La posterior declaración del señor Beltrán, no arrojó
ninguna luz sobre la sucesión de los acontecimientos ni tampoco sirvió
para determinar el origen del fuego. A la vista estaba que la
brutal experiencia había terminado por alterarlo más de lo que en un principio
el médico había supuesto, pues hablaba incongruencias y denotaba cierto aire
paranoide cuando se encogía de miedo al entrever las espinosas figuras de los
árboles desnudos, recortadas en la distancia.
En esas ocasiones habituaba a
balbucir a cerca de criaturas aladas que resguardaban sus cuerpos mórbidos bajo
un manto que los seres humanos confundíamos ingenuamente con árboles. Seres que
reptaban por profundos pasadizos de longitudes abisales para confabular en un
mundo subterráneo y eterno, entre construcciones líquidas e imposibles que
irradiaban luces hermosas. Empero, a falta de un profesional que tratase las
afecciones de la mente, fue despachado no con poca intranquilidad por parte del
doctor Zatustregui, quién vio a bien recetar al señor Beltrán fármacos
facilitadores del sueño después de observar que tales desvaríos eran más
comunes por las noches.
Contra todo pronóstico, el señor Beltrán continuó
viviendo en la casa de su amigo y frecuentando el bosque como un deber
autoimpuesto que no pasó inadvertido a ojos del pueblo, el cual movido por su
martirio lo convirtió en el nuevo guardabosque, desoyendo las observaciones
del médico y otras personas menos doctas
pero no por ello faltas de razones. Se cuenta, que en los últimos tiempos el
señor Beltrán exhibía un rostro corredizo y enfermizo, como el de una
falsificación y, cuando el doctor, en alguna de sus visitas, que siempre
parecían inoportunas, cuestionaba a Beltrán a cerca de su insano aspecto, éste
siempre respondía con evasivas aludiendo, muy por encima a problemas de nervios
y sueños fatigosos.
Hoy, décadas después de que desapareciese, creo entender el
porqué de tanto secretismo. Y es que, como hiciera su predecesor, mantenía
extrañas relaciones con seres procedentes de otro mundo distinto al nuestro,
cuyas metas no aventuro a sugerir.
Algunas risas siguieron al
silencio. Muchos tomaban al pintoresco hombrecillo por loco, yo incluido, pero
me asaltó un pavor inesperado para el que no hallé respuesta inmediatamente.
Una mujer joven, habló a voz en grito desde el otro extremo de la plaza.
- Las carreteras están cortadas. Hay árboles
caídos por todas partes, arrancados de cuajo, con las raíces expuestas.
Una turba dirigida por el hombre
que, minutos antes insultó al narrador, se abrió paso hasta él y lo cogieron
por la pechera de forma amenazadora, mientras le dirigían toda clase de
insultos. Él, en lugar de protegerse gritaba una y otra vez, en una sinfonía
maquinal:
- Ya vienen, allí, desde el norte ¿no lo veis?
Giré sobre mis talones
instintivamente. En la hilera del bosque, me saludó el reflejo fulgurante de
las llamas. Enfurecido volví a mirar al
bufón. Aquel maldito pirómano ¿había prendido fuego al bosque como posiblemente
lo hicieran décadas antes aquellos dos maníacos?
- ¡No es fuego! – repetía, mientras uno de los
hombretones descargaba su puño contra su mandíbula para hacerlo callar. Pero él
continuó repuesto a medias del golpe -
¡no es fuego!
Pero, en el segundo vistazo, efectivamente,
pude ver a lo que se refería. No era fuego, o no uno convencional, sino que
simulaba una suerte de substancia cercana a la imagen que el cine y la
televisión difunden del plasma. De hecho, pese a su luminiscencia no provocaba
humo alguno. Recordé entonces la descripción que proporcionaba el diario de
Beltrán. Aquel fuego frío y pegajoso. Entonces, arrastré mi mirada hasta las
puertas del pueblo y emití un lamento amortiguado. Los fuegos fatuos,
desprovistos de calor o color, reptaban ya por los escamosos tejados de las
casas más bajas, emitiendo una exigua luz clorótica que, no obstante, llegaba
hasta el campanario con notable intensidad.
Un bramido desgarrador,
desprovisto de las filigranas de la sociedad, parecido a los que producen los
animales heridos perforó mis oídos. Un hombre desapareció en volandas, como si
una fuerza invisible hubiese recogido el sedal y arrastrase su trofeo. Escruté
el cielo, lleno de espanto. Fantasmas ojivales levitaban impunemente a metros
sobre la tierra, formas gusaniles dotadas de grandes alas que no batían ni
ondeaban.
Una mujer cercana me apartó de un
golpetazo y corrió a socorrer a sus hijos, otras tomaron los primeros
utensilios sobre los que pusieron la vista se parapetaron en posición defensiva
tras las macizas barreras monumentales del ayuntamiento o tras barriadas
improvisadas construidas con contenedores de basura y otras cosas al uso. Todo
ocurrió muy rápido. La mujer joven que se había pronunciado antes tomó el
automóvil y salió a carrera junto con otra estampida de vehículos. El
guardabosque, ayudado por otros hombres irrumpió en el ayuntamiento y, vistas
las opciones, los seguí al interior, desde donde ahora escribo estas memorias.
Y espío a través de las estrechas franjas que dejan al descubierto las rasgadas
cortinas y los vidrios rotos. Han trascurrido varias horas desde nuestro
confinamiento.
El profético narrador ha muerto, se lo llevaron por la ventana
del ático. No acerté a ver su rostro cuando desapareció, de él sólo ha quedado
la funda donde resguardaba el diario. Curiosamente, nadie recuerda su nombre y
el volumen ha desaparecido con la misma fugacidad que su portador. Desde las puertas del pueblo, llegan
chillidos de terror abrumador y el constante sonido del metal entrechocando y
convirtiéndose en chatarra. Uno de mis compañeros cree haber encontrado un
pasadizo escondido bajo una de las losas de mármol. Dice que puede tratarse de un
viejo escondrijo, anterior a la remodelación del edificio. Pero a mí me parece
demasiado hondo y estrecho, como una garganta por la que resolla un vago hedor
de muerte. Temo por lo que podamos encontrar si descendemos, aunque esta podría
ser la única posibilidad de supervivencia que quede.
Dejaré el registro aquí y
me prepararé para partir. Solo espero no encontrar una luz fría y líquida al
final del túnel, en las entrañas de la tierra, como la descrita por el viejo y
loco Beltrán.
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| Fuente: Elaboración propia |

PN
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