La fe del bosque

De entre la multitud emergió como escupido por ésta, la escuálida figura de un hombre torpemente ataviado. Vestía un amplio chaquetón cetrino por el que asomaban una maraña de cabellos ensortijados que junto a otras prendas escogidas con poco atino y menor disimulo, acababan confiriéndole el aspecto desarrapado de un payaso al que le han robado los colores.

El hombrecillo arrojó una furtiva mirada llena de interrogantes y cavilaciones silenciosas a las agitadas gentes que, sin saberlo él, aún no habían conferido a su pobre gesto ninguna importancia. A poco trastabilló con sus propios pies cuando escaló a tientas las escaleras que llevaban al púlpito, empero, logró asirse a la mano que la pétrea efigie tendía hacia la poblada plazoleta cuando su caída precipitada parecía inminente. Frente a frente con el rostro angelical no pudo sino sonreír de escarnio ante aquellas facciones hieráticas de supuesta hermosura; una gracia irreverente, monstruoso bosquejo esbozado por manos coronadas con cinco dedos de amortajado talento.  Carne y hueso, sangre y polvo, cuerpo y putrefacción, muerte y olvido.

Remontó la corriente de cuerpos inanimados hasta alcanzar el pedestal y allí se detuvo,  aún sin sellar sus labios en una beoda amalgama de contenta excitación y acallado pánico. Dudó visiblemente unos segundos que con toda seguridad debieron parecer eones tras su mirada resbaladiza, antes de enderezarse, henchido con las maneras de un palomo al exhibirse. El gentío, diferible a duras penas de una turba desbocada, intercambiaba empollones indiscriminadamente, presa de un indecible y sórdido histerismo, audible desde cualquier rincón del pueblo. Sólo los más cercanos al hombre parecieron advertir la repentina metamorfosis  de la que había sido protagonista su actitud contemplativa y de habitual sumisa. Luces templadas saetearon el podio en busca del arlequín. Las apagadas estatuas, calladas e inmóviles a su alrededor, parecieran dirigir miradas cómplices mientras permanecían torneadas como si nada, a la atestada plaza como si se proclamaran maestras imbatibles de aquel juego infantil llamado “escondite inglés”. Las paredes argentinas del ayuntamiento adquirieron parte de la blancura diurna, plasmando en lienzo las formas inexactas de las angelicales figuras de piedra, transmutadas por usura de la noche en quiméricos despojos de la imaginería humana. Gritos, rápidamente silenciados ante la procesión de máculas luminiscentes y borrones tiznados.  Y por fin, elevó la voz aquel hombrecillo.

        ¡Pueblo!¡Pueblo! - Exclamó con la garganta desquebrajada, en apenas una sucesión gutural de silabas inconexas – Es posible que para muchos de los presentes mi cara no sea bien conocida. No es de sorprender, sin embargo, no es menos cierto que he vivido en esta tierra desde antes de que las carreteras fuesen pavimentadas con el negro asfalto. Debéis creerme cuando hago esta afirmación, pues he visto cómo sus lindes crecían y cómo esta pequeña y remota villa florecía hasta transformarse en una pequeña ciudad que deshilaba sus tentáculos en dirección al bosque sin otro objeto que la recreación. Es el reflejo de esos terribles actos, perpetrados en nombre de una  codicia insaciable enmascarada bajo la estela del progreso, el que hoy augura nuestra condena.

        ¡Habla claro, mamón! – gritó un hombre cercano - Pareces un personaje de novela. Si va a soltar tonterías por lo menos preséntate.

        Mi nombre es Rubén Parra y durante los últimos quince años he ocupado el puesto de guardabosque, instalándome tras el fallecimiento del señor  Beltrán , predecesor en esta profesión, por recomendación de un colega. Desde aquel entonces he hecho mía la propiedad del señor Beltrán, tratando de acomodar mis enseres sin por ello desmeritar los suyos, puesto que desde que guardo recuerdo, me han fascinado las arquitecturas antiguas que esconden en sí mismas la historia de lo que le rodea y si bien, reconozco que el tiempo ha mellado perceptiblemente algunas de las estancias de la casa y que ésta no dispone de muchas de las comodidades que ya son normativas en las edificaciones contemporáneas, la increíble fachada de madera entramada y sus dos siglos de antigüedad sirvieron para disipar cualquier tentativa de reforma que hubiese alumbrado en estos quince años. De la misma manera, me arriesgo a aventurar que la vetusta  de pretéritos pese a los achaques que soportaba a su avanzada edad. Dolencias que debieron de resultar agravadas por los acontecimientos que vivenció en su juventud y de los que no fue siempre artífice, aunque sí un protagonista tangencial. Pobre desdichado.

Apartó su rostro rubicundo, vivamente encendido por la pesada charla y buscó cobijo en la solapa de su abrigo. De pronto, mediante un gesto surgido con una teatralidad espontánea extrajo de uno de sus bolsillos un paquete rectangular, cuya envoltura de papel parecía esmerada, y lo esgrimió frente al grupo de curiosos que se apiñaban a sus pies. Creo firmemente que la idea de presenciar un ataque terrorista cruzó como un relámpago las ensimismadas mentes de un par de sus adeptos.

        Éstas – prorrumpió  mientras daba un paso adelante quedando suspendido sobre el canto del saliente – son las memorias del señor Beltrán, escritas de su puño y letra. Muchas de sus narraciones se encuentran integradas por inconsistencias diarias; los quehaceres de un guardabosques solitario. Sin embargo, –apuró hasta quedar falto de aire – también dejó constancia de los acontecimientos que hoy nos atañen y que por simple azar tuve el infortunio de revivir.

Al término de estás palabras rasguñó la cobertura descolorida con una fiereza felina y sostuvo su contenido como si de una alhaja numinosa se tratara. Quedé horrorizado por el destello carmesí de ese tomo oleaginoso, cuyo contenido parecía verterse como un hígado humano. Acudió a mí como una premonición, una espantosa representación en la que el volumen demoníaco se licuaba entre los gusaniles y mortecinos dedos de aquel que lo empuñara. Si los demás compartieron en comunión aquellas aborrecibles escenas fraguadas en tiempos pretéritos es algo que desconozco, puesto que una vergüenza atenazante, a ojos de la humanidad o de cualquier deidad primigenia, oprimió mi garganta sin procurarme aliento para expresar tales pensamientos. Solo su voz de chivo despertó al silencio.

        La crónica comienza en el verano de 1958,  año en el que el señor Beltrán fue requerido en calidad de investigador por la exquisita erudición de la que hacía gala entre sus colegas de cátedra, destacando en sobremanera por las observaciones aventajadas que vehicularon diversos estudios realizados sobre la diversidad de la fauna y flora de la región y que, hoy día, siguen siendo revisados a modo de bibliografía elemental por no pocos científicos. Los motivos que auspiciaron su llamamiento no constan enteramente aunque debieron de resultarle arto llamativos pues tal y cómo él mismo manifiesta en las primeras páginas, abandonó sus obligaciones para centrarse en un “prometedor proyecto abanderado por hombres de una sociedad desconocida y excomulgada”. El secretismo proverbial de sus primeras anotaciones, deja clara constancia de que, fuera cual fuese dicha empresa, había cobrado una importancia capital. Tanto fue así que emprendió su traslado sin arrendar si quiera sus propiedades.

Su visita, no fue celebrada pues los pobladores de aquella época desconfiaban de los extranjeros especialmente de los que, como el señor Beltrán despedían el aroma a urbe y exhalaban aires de intelectualidad.  Más, encontró en el viejo velador de las inmediaciones un buen amigo y compañero; gran sabedor de las categorías taxonómicas animales y vegetales para su sorpresa y agrado, así como adepto practicante de peregrinas costumbres a las que lo introdujo por vías ocultas y prohibidas. Estas prácticas son descritas con un ascetismo por sí solo revelador. Empero, su influjo predestinó el ostracismo del señor Beltrán para el resto de sus días. Crípticas leyendas acerca de un pacto con los demonios que yacen en la madera, fuegos sin llama, sierpes cuya piel es légamo y cuerpos de proporciones pesadillescas. Al cabo de un tiempo, ambos compartían mismo techo. En el hogar que generación tras generación han heredado los veladores y en el que yo mismo habito actualmente.

He quedado francamente defraudado con la bienvenida prometida. Estas gentes de hábitos rústicos rehúyen mi cercanía con natural franqueza. Sólo se detienen para observarme con disimulo o formular discursos inaudibles como acostumbran en las comunidades modestas. El pueblo despide un aura gris de abandono y, es claro que la localidad ha quedado desolada debido a la competencia de la industria. Dudo que aún queden jóvenes prometedores que lo repueblen y devuelvan la vida que sin duda resultaba intrínseca en determinado momento. Con todo, despide un aire pintoresco que me sería difícil describir una curiosa catarsis gótica. La robustez de las casas junto con la pronunciada situación del pueblo lo dota de un singular diseño que evoca una ciclópea escalinata.  Las callejuelas crecen como enredaderas, por todos lados y desde todas direcciones. Muchas no son transitadas salvo por contadas personas, estando éstas sujetas a una bien temporalizada conducta que poco o nada varía de un día a otro. El cementerio descansa a la umbría de la ermita cuyos cimientos de estilo románico continúan funcionando como soporte desde hace más de ocho siglos. 

Fue precisamente la pasada noche cuando, simbólicamente tutelado por ella,  rondando por las cercanías hallé una taberna que brillaba a duermevela. Finalmente, allí, me topé con un hombre que se hizo llamar Jean y que dijo ser velador desde tiempos de su padre. Pese a que dudé de la veracidad de su identidad en principio, me impresionó el sublime dominio del latín y sus minuciosas descripciones de los procesos vegetales y animales. Tuve la total certeza de codearme con un hombre docto que, al igual que en mi caso, volvió la espalda a la vida en la ciudad. Mostró gran interés en conocer mi profesión y otros detalles menores a los que respondí desprovisto del recato con el que muy sabiamente, se introduce uno por vez primera a los desconocidos. Escuchaba con glotonería y respondía con una vehemencia tajante, casi podría decir que embrutecida premeditadamente.   Poco después, me invitó a visitar su hogar, cerca de las lindes del bosque, donde dijo, podríamos explayarnos más sobre la naturaleza de lo que había venido a encontrar. 

Entonces, logró convencerme para seguirlo a un santuario que según él, reposaba oculto entre el espeso follaje. Dudo si accedí drogado a su petición de seguirlo o si fue un irreprimible deseo de enfrentar una situación tan inverosímil. En cualquier caso, vimos refugiados bajo las hojas negras, acompañados por otros hombres y mujeres cuya identidad desconocía, proyecciones de luz tan densas que hasta parecían poder manipularse entre los dedos, procedentes de grietas en los troncos o pequeñas oquedades en la tierra y juro, que eran como lanzas divinas, más brillantes que las llamas aunque frías como el hielo. Y pude leerlas y escucharlas en mis oídos, como voces que no eran voces. Y me prometieron grandes dones

Desde entonces las largas expediciones en las que se embarcaba el señor Beltrán fueron haciéndose más frecuentes e indeciblemente más largas. Guiado en todo momento por su inseparable compañero, quien lo condujo a través del laberíntico bosque. Entre las filas de centinelas centenarios. Hasta el corazón de la foresta. Descendiendo por sus entrañas verde-oscuras. Los testimonios del señor Beltrán no dejaban lugar a dudas, sus furtivas escapadas habían acabado por enturbiar su juicio. Perjuraba que su mente se hallaba subyugada a insanos pensamientos que se presentaban con mayor grado de vivacidad durante las horas que anticipaban el sueño.  Qué influencia dictó de manera absoluta los afanosos esfuerzos del señor Beltrán por penetrar en soledad a la profunda arboleda es algo que escapa a él mismo, pero lo cierto es que incluso en sus devaneos, trató de zafarse de estas perversidades.

La única constancia de mis actividades nocturnas se encuentra inscrita en las páginas de este diario, de cuya autoría he llegado a desconfiar. No son pocas las ocasiones en las que me he sorprendido interrogando profusamente a mi conciencia sobre este lance, que se me antoja semejante a un rompecabezas. ¿Verdaderamente es mío? ¿Acaso un hombre puede reflejar evocaciones de tal complejidad valiéndose de glifos que es incapaz de descifrar bajo la luz diurna? ¿El último bastión de mi cordura se yergue sobre estas modestas páginas o, por el contrario, supone una fiel representación de un imparable descenso a los infiernos? Si bien he tratado de despojarme de él, me ha resultado imposible. Sólo el fuego sería capaz de devorarlo, más temo que pueda no encontrarlo apetecible.

Jean insiste en retornar a la senda secreta. Cree erróneamente que reniego de sus enseñanzas, que temo alcanzar esferas que escapan a mi comprensión, razón por la que le soy esquivo. No se encuentra sobre aviso. Desconoce la avidez perenne de sus decrépitos maestros. ¡Pero yo no soy quién para revelársela! me temo que la fuerza de nuestra frugal amistad palidece bajo la sombra de la amenaza prometida. Sí, he dicho bien… me temo. Temo a este nuevo ser que ocupa una piel que me es familiar, que me aguarda en el espejo y se reconoce derechos sobre mi nombre. Y, sobre lo demás, los temo a ellos”.

-          Así continúa, ese mismo día – continuó el cuentista.

Escribo estas palabras mecido por una luz desmayada y pronto extinta. El trato que Jean me dispensa ha sufrido una alteración radical; la suspicacia ha relegado a su camaradería. Lo que en el pasado se me antojaban falaces figuraciones germinadas de mi lacrada cordura, han adquirido mayor grado de consistencia tras descubrir a Jean en situaciones indiscretas, espiándome achaparrado o, simplemente, siguiéndome con la mirada cuando creía que no podía percatarme de su vigilia. Por otra parte, se afana desmesuradamente en desprender cordialidad, aún durante los rifirrafes de la convivencia, pero, en contraposición, reacciona con un agriado carácter ante otros temas accesorios y anodinos. Evidencia sucinta de que transita momentos de angustia y agotamiento. Sospecho, a medias por intuición y a medias por un ancestral sentido de la protección, que fuerzas con autoridad para someterlo lo emplean como instrumento para llegar hasta mí. Acaso a modo de recreo, para disponer de un acólito más capaz o, tal vez, en una insana combinación de ambas alternativas. Por el momento, no parece decidido a obrar maliciosamente en mi contra, mas me estremece considerar que dicha actitud pueda ser susceptible al cambio. Esta noche el ciclo lunar se interrumpe, sumiendo el bosque en la penumbra. Ruego porque no me resulte imposible posponer este despreciable compromiso

...

El ceremonial aguarda. Soy incapaz de oponerme a los llamamientos del bosque.
Escucho los quejumbrosos chasquidos de la madera entablillada sobre mi cabeza, claro delator de los movimientos intranquilos que Jean lleva a cabo, en un intento por ultimar los preparativos sacrificiales mediante los cuales pretende recobrar el afecto perdido de sus señores. Pretende ofrecer mi vida como obsequio. Ahora estoy seguro, puesto que ha tomado uno de los cuchillos de plata que guardaba con la cubertería y lo ha guardado en su viejo forro. Así me lo han hecho saber los árboles retorcidos que acechan mi alcoba desde el otro lado de la ventana y cuyos pies de serpiente no dejan rastro alguno. Acudiré a prodigios reservados a los más cercanos y fieles adeptos. En la quietud del cielo desollado, una negrura inmensa, vacía y vibrante. Sin luna ni estrellas. Y allí hundiré en su carne el cuchillo sacrificial que ilusamente cree portar. Y crecerán las amapolas. Jean vocea mi nombre con impaciencia desde el otro extremo del angosto corredor, he de unirme a él para coronar el séquito, poniendo cuidado en no delatar estos planes. Llevaré conmigo el pedazo de mi corrupta alma, negra al igual que la tinta que le vale como sangre, y única evidencia de las faltas cometidas por el hombre del que hoy me divorcio. Lo esconderé en las entrañas de un tocón amigo hasta que regrese en su busca”.  

Poco después, un intenso infierno llameante se propagó sobre la muralla arbórea, reduciéndola a un yermo desolado sobre el que sólo reposaban picas  de corteza calcinada. Los habitantes hicieron trinar las campanas que colgaban como murciélagos durmientes de las arcaicas vigas de la iglesia y acudieron raudos a sofocar el incendio. Allí encontraron al señor Beltrán, con las vestiduras desgarradas y la piel expuesta ante las coléricas llamas, arrastrando por los tobillos el cuerpo inerte de su buen amigo. Ambos fueron trasladados inmediatamente a la casa del galeno, cargados cual zurrón en la parte trasera de un carruaje reservado para el transporte de heno, con un espantoso hedor pegado a los talones que se acrecentaba inexplicablemente de manera errática o se diluía al punto de parecer extinto. 
Los animales de carga que trotaban en la vanguardia del carromato, se mostraron especialmente sensibles ante éste, puesto que uno de los corceles más veteranos, un viejo mulo moteado de manchurrones grisáceos, cabeceó con potencia tal que, desembrazado el animal de su correosa atadura, se lanzó en una desbocada huida rumbo al bosque que aún ardía con intensidad, para hundirse en las llamas y no volver a ser visto. Entretanto, los diligentes vecinos proseguían en su empresa, tratando de sofocar el ávido fuego con cualquiera que fuese el medio a su alcance.

Ya en el consultorio del doctor Zatustregui elogió la celeridad con la el cochero se desenvolvió después de enfrentar un caso de histeria animal y, añadió, que sus eficaz actuación podía haber salvado la vida al señor Beltrán, quién se encontraba ileso, un tanto confundido pero sin manifestar síntomas preocupantes, especialmente considerando el funesto destino  de Jean. La visión de su cadáver, descrita, con una rúbrica rubicunda  que, si bien es hoy cosa de chiste entre los pacientes, en este caso delataba una profunda turbación en el médico. Esta memoria, rescatada en mi investigación plasma la indecible anomalía a la que el doctor tuvo que buscar explicación. 

La extraña deformidad de su rostro, los ángulos imposibles en los que se doblaban sus extremidades y la gomosa textura de la dermis, descascarillada igual que la cáscara de un huevo, parecían indicar que el guardabosques no sólo había sufrido importantes quemaduras externas, sino que habría caído de una altura considerable de cuyo impacto era posible que resultasen las fracturas halladas en el reconocimiento preliminar.  Sin embargo, los detalles de ese atroz final siguen poniéndose en tela de juicio incluso por el propio galeno puesto que ninguno de los habitantes del pueblo, ni siquiera los que se introducían en los bosques para volver cargados de leña u hongos y frutos de temporada recién recolectados, pueden imaginar  un lugar lo suficientemente profundo como para causar tales lesiones en un valle tan poco pronunciado como era éste, salvo que esta obedeciese a caprichosos movimientos tectónicos de una prudencia inverosímil. Con todo, quedaba por esclarecer la forma en la que el guardabosques, en caso de que la hipótesis prevista resultase ser cierta, había podido reponerse de la caída y atravesar el bosque en llamas. La posterior declaración del señor Beltrán, no arrojó ninguna luz sobre la sucesión de los acontecimientos ni tampoco sirvió para  determinar el  origen del fuego. A la vista estaba que la brutal experiencia había terminado por alterarlo más de lo que en un principio el médico había supuesto, pues hablaba incongruencias y denotaba cierto aire paranoide cuando se encogía de miedo al entrever las espinosas figuras de los árboles desnudos, recortadas en la distancia. 

En esas ocasiones habituaba a balbucir a cerca de criaturas aladas que resguardaban sus cuerpos mórbidos bajo un manto que los seres humanos confundíamos ingenuamente con árboles. Seres que reptaban por profundos pasadizos de longitudes abisales para confabular en un mundo subterráneo y eterno, entre construcciones líquidas e imposibles que irradiaban luces hermosas. Empero, a falta de un profesional que tratase las afecciones de la mente, fue despachado no con poca intranquilidad por parte del doctor Zatustregui, quién vio a bien recetar al señor Beltrán fármacos facilitadores del sueño después de observar que tales desvaríos eran más comunes por las noches.

Contra todo pronóstico, el señor Beltrán continuó viviendo en la casa de su amigo y frecuentando el bosque como un deber autoimpuesto que no pasó inadvertido a ojos del pueblo, el cual movido por su martirio lo convirtió en el nuevo guardabosque, desoyendo las observaciones del  médico y otras personas menos doctas pero no por ello faltas de razones. Se cuenta, que en los últimos tiempos el señor Beltrán exhibía un rostro corredizo y enfermizo, como el de una falsificación y, cuando el doctor, en alguna de sus visitas, que siempre parecían inoportunas, cuestionaba a Beltrán a cerca de su insano aspecto, éste siempre respondía con evasivas aludiendo, muy por encima a problemas de nervios y sueños fatigosos.

Hoy, décadas después de que desapareciese, creo entender el porqué de tanto secretismo. Y es que, como hiciera su predecesor, mantenía extrañas relaciones con seres procedentes de otro mundo distinto al nuestro, cuyas metas no aventuro a sugerir.

Algunas risas siguieron al silencio. Muchos tomaban al pintoresco hombrecillo por loco, yo incluido, pero me asaltó un pavor inesperado para el que no hallé respuesta inmediatamente. Una mujer joven, habló a voz en grito desde el otro extremo de la plaza.
- Las carreteras están cortadas. Hay árboles caídos por todas partes, arrancados de cuajo, con las raíces expuestas.
Una turba dirigida por el hombre que, minutos antes insultó al narrador, se abrió paso hasta él y lo cogieron por la pechera de forma amenazadora, mientras le dirigían toda clase de insultos. Él, en lugar de protegerse gritaba una y otra vez, en una sinfonía maquinal:

- Ya vienen, allí, desde el norte ¿no lo veis?
Giré sobre mis talones instintivamente. En la hilera del bosque, me saludó el reflejo fulgurante de las llamas.  Enfurecido volví a mirar al bufón. Aquel maldito pirómano ¿había prendido fuego al bosque como posiblemente lo hicieran décadas antes aquellos dos maníacos?
- ¡No es fuego! – repetía, mientras uno de los hombretones descargaba su puño contra su mandíbula para hacerlo callar. Pero él continuó repuesto a medias del golpe -  ¡no es fuego!

Pero, en el segundo vistazo, efectivamente, pude ver a lo que se refería. No era fuego, o no uno convencional, sino que simulaba una suerte de substancia cercana a la imagen que el cine y la televisión difunden del plasma. De hecho, pese a su luminiscencia no provocaba humo alguno. Recordé entonces la descripción que proporcionaba el diario de Beltrán. Aquel fuego frío y pegajoso. Entonces, arrastré mi mirada hasta las puertas del pueblo y emití un lamento amortiguado. Los fuegos fatuos, desprovistos de calor o color, reptaban ya por los escamosos tejados de las casas más bajas, emitiendo una exigua luz clorótica que, no obstante, llegaba hasta el campanario con notable intensidad.

Un bramido desgarrador, desprovisto de las filigranas de la sociedad, parecido a los que producen los animales heridos perforó mis oídos. Un hombre desapareció en volandas, como si una fuerza invisible hubiese recogido el sedal y arrastrase su trofeo. Escruté el cielo, lleno de espanto. Fantasmas ojivales levitaban impunemente a metros sobre la tierra, formas gusaniles dotadas de grandes alas que no batían ni ondeaban.


Una mujer cercana me apartó de un golpetazo y corrió a socorrer a sus hijos, otras tomaron los primeros utensilios sobre los que pusieron la vista se parapetaron en posición defensiva tras las macizas barreras monumentales del ayuntamiento o tras barriadas improvisadas construidas con contenedores de basura y otras cosas al uso. Todo ocurrió muy rápido. La mujer joven que se había pronunciado antes tomó el automóvil y salió a carrera junto con otra estampida de vehículos. El guardabosque, ayudado por otros hombres irrumpió en el ayuntamiento y, vistas las opciones, los seguí al interior, desde donde ahora escribo estas memorias. Y espío a través de las estrechas franjas que dejan al descubierto las rasgadas cortinas y los vidrios rotos. Han trascurrido varias horas desde nuestro confinamiento. 

El profético narrador ha muerto, se lo llevaron por la ventana del ático. No acerté a ver su rostro cuando desapareció, de él sólo ha quedado la funda donde resguardaba el diario. Curiosamente, nadie recuerda su nombre y el volumen ha desaparecido con la misma fugacidad que su portador.  Desde las puertas del pueblo, llegan chillidos de terror abrumador y el constante sonido del metal entrechocando y convirtiéndose en chatarra. Uno de mis compañeros cree haber encontrado un pasadizo escondido bajo una de las losas de mármol. Dice que puede tratarse de un viejo escondrijo, anterior a la remodelación del edificio. Pero a mí me parece demasiado hondo y estrecho, como una garganta por la que resolla un vago hedor de muerte. Temo por lo que podamos encontrar si descendemos, aunque esta podría ser la única posibilidad de supervivencia que quede. 

Dejaré el registro aquí y me prepararé para partir. Solo espero no encontrar una luz fría y líquida al final del túnel, en las entrañas de la tierra, como la descrita por el viejo y loco Beltrán.  

Fuente: Elaboración propia


Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

UNA VISITA FAMILAR

Astas

El escarabajo sin sayo