La huella del lobo
De la espontánea desaparición de
los lobos de Baratz se conoce poco, incluso entre los cazadores y pequeños
ganaderos de la zona que durante tanto tiempo guerrearon por mantener a raya su
invasión se narra entre las tinieblas de la ignorancia. Los antepasados de los
contemporáneos urbanitas poco les esclarecieron a éstos, más allá de legar por
medio de sus bocas el salvajismo feroz con el que arrasaban rebaños enteros las
fauces de aquellos canes; su dimensión inusual, maquillada tal vez por la
hazaña que se consideraba acabar con una de dichas bestias, entre los
convecinos de la localidad; y su igualmente insólito carácter, asocial y
ajeno, para con los de su propio clan y el bosque.
Los registros que cuantifican las
bajas datan de cuatro siglos atrás, y se han conservado en un estado admirable
en la capilla de Matalobos, la ermita que corona la entrada al valle, entre
bosquejos de coníferas fugaces y hallas huérfanas. En su sagrario de roble,
lacado en un monacal trabajo de
orfebrería, guardaba todos esos años ya muertos entre las páginas de un registro,
cuya autoría responde a la mano y al nombre de hombres de vida religiosa;
hombres buenos y respetados por la comunidad que llegaron a alcanzar edades
avanzadas. La sorpresa mayor que enfrentaron los investigadores fue rescatar de
entre las múltiples anotaciones del censo, unas pocas líneas, apartadas a los
márgenes de las páginas en una condición dispar. Éstas respondían al juicio de
una mujer a la que también se cree comprometida con el santo oficio y que debió
de ser la última en revisar el documento, hace lo menos un siglo, momento en el
que tropas armadas tomaron la localidad como paso estratégico y en el que se
procedió a resguardar el patrimonio de la iglesia bajo una de las losas del
altar. No fue hasta tiempos recientes que fue redescubierto por pura
serendipia, gracias a la implacable búsqueda de un equipo de historiadores
especializados en la Guerra Civil. Su relato arroja algo de luz sobre ciertas
costumbres y manierismos de épocas pasadas pero se encuentra desacreditado por
la cátedra, tachándola más bien de fantástica o una reformulación del
imaginario popular.
Marta formaba parte de los
descendencia de ese primer equipo de investigación y se mostraba entusiasmada
por desvelar cuánto de verdad soterraba aquel discurso desprovisto de voz. Allí
se describían, así mismo, detalles escabrosos sobre los que era lícito mostrar
recelo. Se aludía con un lenguaje técnico que sugería un amplio conocimiento
médico, a ciertas anomalías en que hacía difícil su exploración, como un pelaje
de un espesor tal que pareciera preparado para resistir las extremas
temperaturas del ártico, gris rayado sobre un fondo oscuro, señalaba; o como el
espasmódico sistema nervioso que respondía con una sensibilidad que hacía
pensar que la criatura seguía consciente.
Un morro ratonil en su largura, orejas filosas y un rabo largo y
retorcido, eran otros de los rasgos que se encontraban anotados.
A estas descripciones añadía
otras relacionadas con sus tentativas de conservar una prueba tangible de la
existencia del cuerpo. Trató de tomar una muestra de las piezas dentales más
sus caninos se encontraban irremediablemente enraizados de tal manera que no
cedieron ni a los procedimientos quirúrgicos usuales ni a las prácticas
violentas. Sólo legó la impresión de que su disposición guardaba paralelismos
con la dentadura humana. Pensar en la novicia, enguantada en su hábito, golpeando brutalmente el cuerpo inerte de un
animal tan magnifico y con precisión carnicera, resultaba para Marta, a medias
mórbido y a medias risible. Sí resultó
exitosa en la extracción y posterior conservación de los globos oculares,
introducidos en un preparado de soluciones parecido al formol. Dos discos de
color almíbar, dos uvas blancas, grandes como pelotas de tenis.
Del mismo modo, improvisó un
molde de arcilla con el propósito de grabar las huellas del cuadrúpedo, empero,
tras incontables intentos, ninguna impresión fue visible en el argamasa. La
carne expectoraba olores repulsivos, la fetidez ahogaba su olfato y se le
hundía bajo la piel. Mandó enterrar lo que restaba del animal en los terrenos
aledaños al camposanto y depositó las escasas pruebas en la alacena de su
residencia, a espaldas de los demás inquilinos. El cadáver pesaba “lo que un ser humano cargado de males”. Esa
misma noche mientras la hermana dormía, abrigado por la oscuridad, algo o
alguien irrumpió en la alacena y hurtó los ojos que tan discretamente había
situado en un lugar secreto; posiblemente, un dobles fondo empleado para
ocultar alimentos en caso de emergencia o incluso a los mismísimos huéspedes.
Esa noche aullidos guturales tronaron desde el anonimato en la cumbre de
montañas, los entresijos de las cavernas y las sendas olvidadas del bosque, una
sinfonía orquesta por criaturas salvajes.
Sin embargo, no fue el asalto
nocturno lo que acongojó a la población sino las medidas que lo acompañaron. El
asaltante penetró en la vivienda por un ventanal que daba al pasillo del tercer
piso y permanecía abierto, debido al intenso calor veraniego. Al menos, eso se
supuso, porque no se encontró ni el más mínimo rastro de destrucción en la
puerta principal ni en el alféizar de las ventanas inferiores. Debió de
tratarse de un escalador formidable, si es que hasta este punto la historia es
cierta, para remontar los cinco metros que separaban el ventanal del suelo sin
más ayuda que la que ofrecían sus manos. Una vez dentro, actuó con la silencia
propia de una serpiente. Permaneció en la propiedad unos pocos minutos y de no
ser por la ronda insomne de una de las hermanas la intrusión habría pasado
totalmente desapercibida. Se quedó de piedra y sin saber qué hacer o cómo
reaccionar optó por agazaparse y quedarse muy quieta. Se refirió al desconocido
como a una sombra de estatura colosal a la que rodeaba una tupida mata de pelo
y añadió que este pareció percatarse de su presencia puesto que, dejando a un
lado los remilgos, se abalanzó contra la puerta de la alacena y arrancó del
sitio con suma facilidad, luego huyó saltando a través de la ventana. Por
supuesto las autoridades intervinieron pero no encontraron ninguna prueba ni
dentro ni fuera de la casa; en la zona de aterrizaje o en los alrededores. Lo
que sí se descubrió fue que uno de los enterramientos había sido deshecho y que
una fosa situada a las afueras del cementerio, no muy profunda, se hallaba
completamente vacía.
Marta suponía que se trataba de
la tumba que habían ocupado los restos del lobo poco antes. Había preguntado a
sus colegas para conocer la ubicación exacta y, por lo que habían averiguado,
el cementerio actual ya había sobrepasado los límites de aquél entonces. La
guerra trajo la desconfianza entre antiguos amigos, la hambruna, la enfermedad
y muertes injustas. Muchas muertes injustas. Si la historia era real, la
austera sepultura se habría perdido entre un auténtico océano de lápidas,
blancas como la espuma.
La narración se interrumpía y a
avanzaba a trompicones en la última página del registro. Esa parte era la más
intrigante y, verdaderamente llevaba a cuestionar la salud mental de su autora.
Decía así:
Una jovencita. Edad, no conozco.
Niña. Me ha llevado a verlo. Tiene un tomo, no puedo leer. Muy vieja, ha vivido
desde siempre. Puede tomar aspectos. Sólo escucha, guarda rencor. Quiere la
caza. Odia gusanos. Sólo está ella, no quedan más. No sabe morir, sus ojos han
vuelto. Me ha prometido enseñarme si bajo al mundo de abajo. La huella, ahora
lo entiendo. uoɔɥә |ɐ pә |os dɐɹɐ uoɔɥә |ɐ.
әʇɔou oɹd әʇɔou.
Marta no le encontraba sentido a
la mayor parte pero la mención a una huella la hizo pensar desde el principio
en la inscripción frustrada; el grabado de arcilla en el que no se apreciaba
volumen. La frase críptica que ponía punto y final al mensaje, se encontraba
escrita del revés y vendría a traducirse como nocte pro nocte; un dicho latino arraigado en el mito celta de los
de la noche. De tanto en tanto,
caminaba por el cementerio dirigiendo la mirada de epitafio en epitafio, sin
consentirse saber qué buscaba. En una ocasión se quedó hasta tarde y los
templados rayos del sol poniente le previnieron de que era mala idea rondar la
necrópolis en la opaca negrura. Mientras emprendía el camino de vuelta posó la
mirada en una figura pequeña y delicada, ataviada con un vestido rojo, muy
vivo. Tenía los cabellos rubios y corta la cabellera. Se hallaba vuelta hacia
un punto vacío entre dos losas, donde crecía un raquítico matorral de hojas
exiguas. Pensó que sería una niña del pueblo y que sus padres o responsables
andarían cerca, por lo que lo pasó por alto mas no volvió a verla o si lo hizo
no la reconoció.
Ahora se encontraba trabajando en
su despacho con la cabeza resguardad entre dos altas columnas de papeleo. Le
escocían los ojos, el derecho especialmente. Llevaba todo el día encerrada sin
poder salir. De pronto, la brisa nocturna le pareció una promesa de lo más
apetecible. Se acodó sobre la silla y trató de alcanzar el pomo de la ventana
pero no llegó y sus dedos sólo rozaron el metal. Con un suspiro se puso en pie
y entornó la ventana. Al principio no se percató pero al otro lado del cristal,
frente a las puertas valladas del camposanto, intuyó una macha lejana, lo suficientemente
lúcida como para distinguir en ella un rostro aniñado y un peinado recortado.
Vestía el mismo faldón rojo que recordaba que a esas horas le imbuía de un aire
fantasmagórico. Marta creyó que la pequeña la observaba directamente, la única
luz encendida en la colmena de apartamentos en aquel instante. Como movida por
una pulsión incontenible fue tras el espectro. Creo que jamás había recorrido
la distancia que separaba ambos recintos con tanta presteza, pensó Marta
mientras cuidaba de no dar un paso en falso y tropezar. La grava y la humedad resultaban en una combinación resbaladiza.
Cruzó el umbral, escudriñando a
través del velo de oscuridad a cada paso que daba. Cuanto más cerca se
encontraba de las lápidas más parecidas se hacían a las uñas de los muertos que
custodiaban. Escuchaba risas infantiles, pero no podía localizar su fuente. Sus
piernas se movían solas, igual que en un trance y sin saberlo, acabó con los
pies enredados en un racimo de belladona. Durante unos momentos, se vio a sí
misma como un personaje secundario en una trama ajena. ¿No conocía ya aquel punto
exacto? ¿No fue allí donde encontró la figura contemplativa de la niña? La
niña, sí. Eso buscaba. Tenía ojos ambarinos, con retazos cobrizos. ¿Cómo podía
saberlo? Intuyó la textura informe de un objeto sólido bajo la suela de su
zapato. ¿Qué era aquello? Se agachó hasta sentir su roce en la yema de sus
dedos. Era áspero y ligero. Lo llevó a la altura de los ojos. Parecía una
muestra de arcilla mellada en la que distinguían cinco muescas alargadas. No,
no se trataba de muscas. Eran falanges, dedos, dedos humanos, y en el lugar en
el que acababan podía apreciarse una depresión que debía coincidir con la
palma. Era pequeña, no correspondía a un adulto. Marta sintió un escalofrío que
subió por su espalda como un ciempiés espantado. Rotó sobre sí misma y a
escasos pasos encaró a una figura masculina, colosal, aunque permanecía arqueada
igual que un ave de rapiña. Se resguardaba bajo un abrigo de pelo negro, espeso
y revuelto. Marta encontró su vestimenta extravagante pero lo cierto era que
hacía frío. Portaba sobre su cabeza un sombrero de ala o eso la pareció.
-
¿Hola? – dijo con una inquietud que no pudo
disimular - ¿Es usted el encargado de cuidar el cementerio? – conocía al hombre
que lo hacía de vista aunque no sabía su nombre – No pretendía entrar sin más –
dio un paso hacia la figura – Estoy buscando a una niña – otro más – Bueno, no
sé si ha entrado aquí realmente pero… - Se paró en seco.
Pavor. No había abrigo, ni
sombrero. Ni hombre. En su lugar, un engendro antropoide de rostro lobuno, una
rata desproporcionada, erguida sobre sus patas traseras. Quiso gritar pero el
aliento se le heló en la garganta y las palabras huyeron hacia otro lugar antes
de sentir abrirse el suelo bajo sus pies.
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