MORDAZA Y TIZÓN - Capítulo 1 -

Montañas del Ocaso

Durante mis periplos, tuve el privilegio de acompañar a los héroes a toda clase de parajes extraordinarios, de los que en muchos casos, logramos escapar por mera casualidad o intermediación divina.

Mordaza, agnóstico por naturaleza, habría preferido sin duda la primera opción. Como todo buen matemático prefería la compañía lógica de los números antes que la imposición de una creencia fútil en algo incomprensible. Para él, sólo la probabilidad era digna de dictar sentencia. Pienso que, para una persona como Mordaza, habituada a lidiar con fenómenos inexplicables y criaturas encantadas, conservar su fe en la razón y la ciencia no debía de resultar nada sencillo.  

Tizón por su parte, lejos de resultar un fanático, era el más entregado de cuantos teólogos he conocido. Versado en filosofía y literatura, se interrogaba a sí mismo sobre la existencia de Dios, temeroso de la superchería y el caos, por el efecto que causa en el ser humano el desconocimiento. Su concepción de infierno, decía, era la de una existencia sin posibilidad de ser predicha, arbitrariamente cambiante en esencia.

Nos encontrábamos ahora, en otro de esos emplazamientos casi inexplorados pero manchados de una profunda malevolencia, salvaje y primigenia. Era una montaña encumbrada por un grueso manto níveo, accidentado por riscos cortantes y algunos bosquejos moribundos , sin follaje y con poca esperanza. Algunos lugareños la apodaban el “Pecho del diablo”, porque según narraban las viejas alcahuetas aposentadas al abrigo de un convento, cuando la temible Algol; la estrella cambiante, reaparecía aproximadamente cada tres noches en la cumbre de la montaña, podían avistarse luces espectrales atribuidas a los fuegos infernales que se abrían paso por la brecha que conectaba el mundo de los vivos con el de los muertos.

Contaban las leyendas de la localidad, que esas fluctuaciones de espectros imbuían a la cima de poderes extrasensoriales. Hay quién afirmaba que las florecillas rupícolas que crecían bajo el punto más elevado de la cresta otorgaban la vida eterna, otros sostenían que la montaña cobraba conciencia por las noches y  extraviaba a los viajeros para que alimentasen su tierra con carne humana o que los fallecidos bajo su vigía recobraban la vida y vagaban libremente hasta que eran reclamados por el abismo. Tizón, como entusiasta de la astronomía, la botánica y, muy especialmente, de la metafísica se relamía los labios por tan magnífico hallazgo.

Mordaza por su parte, conservaba fría la cabeza, como era costumbre, pues del dúo él era el que naturalmente mejor reprimía las emociones. Pero igualmente, creyó sentir la llamada de la montaña, que lo invitaba para esclarecer sus misterios. En lo referente a mí, he de reconocer que ya me había habituado a este comportamiento temerario y, en ocasiones, errático, propio de quienes sin despreciar su vida, la ponen a prueba constantemente.

Indicio de ello son las múltiples cicatrices que recorrían el cuerpo de ambos ya en aquel entonces. A sabiendas de que nada de cuanto argumentase o discutiese podría desencantarlos de las promesas de aquella nueva aventura cerré la marcha que nos condujo hasta la cumbre de la montaña mientras contemplaba los adustos y sombríos senderos, sumido en el más absoluto silencio. Tizón, por el contrario, sintiéndose despierto y expectante, no disimulaba su alegría y amenizaba la caminata con rítmicos silbidos, que nada tendrían que envidiar al cantar de un jilguero. 

Conforme ascendíamos, el astro rey se ocultaba a nuestras espaldas, como si divertido por la singular partida que conformábamos nos cuidase desde su cúpula celeste. El frío pronto se hizo difícil de disimular, aún con las pieles de animales salvajes que portábamos y que habrían despertado el asombro de cualquier curtidor. Sobre nuestras cabezas fueron agrupándose nubes plomizas que no tardaron en engullir la montaña. Nos habría resultado imposible continuar si los fuegos fatuos no hubiesen iluminado nuestro camino.

Seguimos caminando sin detenernos, hundidos hasta las rodillas en la nieve. De pronto, frente a nuestros ojos, toda la montaña quedó cubierta por columnas de luz irisada, que parecía moverse como en una corriente acuarelas disueltas. Seguimos su flujo, el tormentoso clima se había apaciguado, permitiéndonos identificar mejor el terreno. Tizón fue el primero en percibir las puntas de lanza que afloraban en algunos puntos en los que el grosor de capa de nieve era menor.  Una vez cruzadas nuestras miradas, supimos que nuestras conjeturas eran las mismas; un vasto ejército había encontrado en aquellas cumbres un destino aciago, en un pasado salvaje y puede que primitivo.  

Acto seguido, las luces se extinguieron y quedamos de nuevo a oscuras. En nuestros oídos, sentimos reverberar el aliento de la montaña, como si éste irrumpiese en nuestra mente y tomase control sobre nuestros pensamientos. Mordaza volvió en sí antes que yo, y agarrándome por el cuello me empujó bruscamente en la otra dirección. Sabía que gritaba con todas sus fuerzas, pues se afanaba en gesticular y remarcar exageradamente la pronunciación de las palabras, aunque era en vano dado que no llegaba hasta mí más sonido que el de la tormenta que se había generado en mi interior. Tizón, estaba de pie, muy estirado, como una torre vigía, a algunos pasos por delante de nosotros. No tardé en comprender qué era lo que le ensimismaba de esa manera.

Una interminable procesión de muertos, con sus huesos ennegrecidos que portaban entre sus famélicos dedos un llameante fuego azulado que luchaba por mantenerse vivo ante las incesantes embestidas del gélido vendaval. Lo que ataño constituyó un poderoso ejército, se arrastraba sobre la nieve. Las huestes conservaban las armas y armaduras, que llevaron en sus últimos hálitos de vida, aunque era observable que el transcurso de los años había oxidado el metal y corroído las telas. Centenares de virotes adornaban el cuerpo quebrado de los soldados exánimes, mientras que los que en su día fueron orgullosos abanderados se conformaban con portar el esqueleto desnudo de su portaestandarte.

Los difuntos trataban, en vano, de entorpecer la marcha del viento para salvaguardar su fuego,  pues éste se filtraba entre los huecos de sus demacrados cuerpos de ultratumba. Muchos se perdían en la tempestad y caían a plomo sobre la nieve al extinguirse su llama tras lo que, en breve, quedaban ocultos bajo su espesor. A la cola de la comitiva como una masa informe y borrosa a causa de la insaciable ventisca, levitaba la mitad superior de un monarca, que aún transportaba sobre sus sienes una magnífica corona dorada engarzada con rubíes y esmeraldas. En su diestra portaba un báculo de plata con el que señalaba el horizonte, mientras que su mano izquierda sujetaba un grimorio despojado casi al completo de las hojas que lo integraron un día. La huesuda mandíbula de la calavera del soberano castañeaba tratando de proferir sus órdenes, pero privada de lengua, condenaba a las tropas a seguir su marcha perpetua.

Cuando se aproximaron a nuestra posición pudimos comprobar que lejos de elevarse a volandas continuaba asido a su trono, el cual portaban a espaldas otros cuatro de sus serviles súbditos. Ninguno de los cinco errantes pareció percatarse de nuestra presencia; sus cuencas vacías no pudieron vernos ni sus oídos repletos de hielo escucharnos. Igual que el hombre que lo poseyó demostraba ser de una opulencia tal, que incluso los bellos jardines babilonios palidecerían frente a él. Se trataba de un asiento señorial, labrado en oro, plata y bronce. Los tres metales se fundían en exquisitos relieves, jugando con la perspectiva y la profundidad, de tal forma que los protagonistas de las escenas, así como otros elementos que ocupaban el primer plano se encontraban labrados en oro macizo, mientras que los fenómenos atmosféricos, la flora y la fauna se representaban con plata, de esta forma, el bronce de menor valor, se reservaba al fondo de las escenas. Éstas parecían relatar la historia de dos hermanos, desde su nacimiento hasta el trágico final de uno de ellos, distinguibles ambos por las gemas que adornaban sus ojos; zafiros en el caso del superviviente y rubíes en el de la víctima.

Dos dragones uno de alabastro y otro de obsidiana se entrelazaban en el respaldo del asiento, como dos serpientes en lucha constante, sin descanso ni victoria. El monarca, envuelto en una larga túnica amarillenta aleteaba con la apariencia de una enorme mantis religiosa. Desconozco su nombre o procedencia, e ignoro si en vida fue un magnífico señor o un villano aficionado al ocultismo, pero lo que tengo claro es que para cualquier soberano que ame a su pueblo, verlo sufrir de esa forma sin posibilidad de evitarlo ha de ser una pesada maldición.

Sus fieles vasallos cayeron bajo el peso del trono o, tal vez, de los pecados que cargaba el monarca. Sus llamas se extinguieron, y descansó este último sobre un lecho  nevado como una muñeca de porcelana rota. Cuando amaneció, nos invadió una sobrecogedora calma, todo había pasado, el temporal amainó tan con la misma presteza con la que se inició. Mordaza y Tizón discutieron largamente sobre el método más fiable para asegurar el reposo de tan enormidad de inquietas almas. Acordamos pasar allí las horas del día y dar sepultura a cuantos cuerpos pudiésemos, tarea a la que nos entregamos no sin poca dificultad, por la dureza del terreno.

El primero, en ser enterrado fue, como es lógico, el monarca.  Tizón insistió en retirar de sus manos el grimorio porque según decía, podía tratarse de la fuente del misterioso poder que devolvió la vida a aquellos miserables. Sus dedos de marfil, agarrotados como garfios, oprimían para sí el polvoriento libro, forrado en pieles de reptil.  Todo el proceso se llevó a cabo con extraordinaria sistematicidad y prudencia. Mordaza, ataviado con los cachivaches más extravagantes que he visto hasta día de hoy examinó cuidadosamente el tomo y a su portador. Llevaba en la cabeza un sinnúmero de lentes que orbitaban en torno a la cinta de cuero que empleaba a modo de sujeción y una mascarilla ajustada frente a las vías respiratorias. Se enguantó un par de guantes sobre los que ya llevaba y de un bolsillo de su chaquetón extrajo gran variedad de instrumentos, que colocó en hilera, con sumo cuidado, frente a sí.

Los más, se asemejaban a estiletes en miniatura, otros a pequeños candelabros y los restantes no podría describirlos de forma satisfactoria, más allá de decir que eran punzantes y de formas muy diversas. Después de todo el tiempo que pasé con ambos, he de confesar, que no conozco ni un tercio de sus métodos y no podría replicar ni un quinto de sus ceremoniosas reglas. Recuerdo, que mientras veía a Tizón lubricar uno de los húmeros de uno de los difuntos con grasa de zorrillo le pregunté que cómo podía Mordaza estar  tan seguro de lo que hacía, si ni siquiera sabía de dónde o cómo procedía el maleficio. Tizón rio, algo que en aquella montaña era una novedad, y se contentó con responder:

- Mordaza desea aprender más que ningún otro hombre que yo haya conocido sobre los misterios que aguardan tras el velo de la muerte. Es por ello que viajó por todo el mundo y entabló relación con sabios, piratas, reyes y mendigos. De ellos aprendió que aunque desconociese el origen podía entender el método y las leyes que rigen el poder de la vida y la muerte.

Esa respuesta tan escueta y a la vez tan reveladora me acarreó otras muchas preguntas, que quedaron sin respuesta cuando Tizón me lanzó amigablemente una pala a las manos acompañada de un “a trabajar”. Cuando terminamos de excavar una zanja lo suficientemente honda alojamos allí al ilustre huésped, boca abajo, un punto en el que Mordaza fue inflexible. El ritual mortuorio para el rey guerrero, finalizó cuando Tizón coronó con una última piedra la pequeña estructura piramidal que construimos y rezamos una oración. Nuestra labor concluyó entrada la noche del primer día y partimos prestos antes de que se desatara una tormenta como la que nos recibió.

De esta forma la blancura de la nieve enmascaró el osario de los condenados otra noche más. Pero cuando Algol; ojo del demonio, despierte en el firmamento, querrá convocar la maldición para que vaguen las almas en desgracia por sus montañas. Sólo que esta vez, para su desaliento, habrá de toparse con los incansables Mordaza y Tizón.

------------------------ FIN ----------------------

Conforme avanzaba la narración, el bardo logró atraer la atención de un buen número de clientes que vencieron su reticencia original a compartir asiento con una mala bestia como lo era Jorn. Junto con los curiosos, se habían reunido sobre la mesa una mezcla integrada por toda clase de bebidas. Así, de improvisto, se había formado un corrillo entorno al juglar el cual, refrescaba su garganta con un trago de vino.

- ¿Así termina? – inquirió Rod que, acodado sobre sus nudillos, reflejaba en el semblante la mezcla de admiración y temor que puede leerse en los ojos de los pequeños, arropados por cuentos y fantasías - Ni siquiera mencionas el nombre de la montaña o del pueblo.

- ¿y qué más te da, acaso tenías pensado buscar alguno de los dos? – Respondió Foth con cinismo desde detrás de una cordillera de tinajas vacías, las cuales, por la oblicuidad del cristal, transformaban su imagen en una amalgama de girones, entre los que se distinguían, no sin esfuerzo, dos ojos acarbonados y consumidos de los que pendían unas holgadas ojeras atigradas.

- Por supuesto que no, pero saberlo me ayudaría a evitarlo o a prevenir a mis amistades de ir a tal lugar. A causa del virulento ademán de Foth, y muy posiblemente, afectado por el vino, las mejillas de Rod se ruborizaron, algo impropio en él que en estado de sobriedad, demostraba una templanza granítica, acorde con su hondo vozarrón. Foth por su lado, preció no apreciar la molestia de su colega, y siguió arrastrando su mirada, algo cansada y embotada por la horas y el alcohol.

- Eso no será necesario, pues hace unos años visité a los habitantes de la aldea y corroboraron que desde nuestra partida no se han vuelto a avistar semejantes fantasmagorías. Al menos, no aún. Me recibieron con los brazos abiertos y ms despidieron con lágrimas recorriendo sus mejillas. Parece, que el breve lapso el que permanecimos cobijados a la sombra de la marchita montaña afloró en esas gentes una gratitud inmensa.

- ¡Qué oportuno! - Logró articular Jorn, valiéndose más de un gorgoteo gutural que de lenguaje propiamente dicho. -  de esa forma ninguno de nosotros podrá demostrar si lo que dices es cierto.

- Yo creo en esas cosas, mi familia ha estado ligada desde que recuerdo a estos fenómenos paranormales. Mi abuela se desmayó en su vigésimo aniversario al presentársele el fantasma de mi abuelo. Mi tía era capaz de predecir el futuro con mirar las hojas de té, lo que le causó más de un problema. Y mi madre vio a la virgen estando preñada de mí. – Contestó Rod, a quien la mención de los espectros, había sacado de sí.

- Así saliste tú – Fanfarroneó Jorn, quién dejó caer su pichel sobre la bandeja que vacía portaba Ernest.

- Pensad lo que queráis, me es igual, pero yo doy crédito a su historia. ¿Nada sabes del monarca o su terrible sino cuando aún vivía?

- Aparentemente, fue un hombre justo desde el trono pero tiránico con los corazones. Su final llegó cuando tras conquistar una tierra lejana se llevó a modo de trofeo a una hermosa joven de santo oficio. El monarca se encaprichó indeciblemente de la mujer, pero por miedo a las represalias de una fuerza mayor desistió de poseerla. Como alternativa, buscó que fuese ella quién tras probar de su crueldad renegase de sus creencias y se entregase a él para saciar su apetito, curar sus heridas y disfrutar sus sueños. La joven que era escriba y poetisa renegó de su Dios, como el gobernador pretendía, pero en abrazó la tiniebla. Pactó el cese de este rapto indecoroso con un demonio estelar y embaucó a su raptor con bonitos poemas. Convino en ser su esposa, siempre y cuando remontase esa montaña con su ejército, llamara a las puertas de otra gran ciudad y se la conquistase como regalo de boda. Así mismo, le hizo entrega de un libro, donde le dijo que había escrito exquisitamente sus votos nupciales. La muchacha, terció una tregua con la ciudad que iba a ser atacada y se prometió a un joven heredero en secreto, con el que ya tenía pensado casar antes de la llegada del monarca. Hizo prometer a éste que leería para su ejercito los pasajes cuando alcanzasen el pico de la montaña y, al hacerlo, el monarca los condenó a todos a una marcha perenne. La joven huyó a lomos de un corcel, mas jamás alcanzó su destino, el demonio se cobró su premio antes. - Terminó el cuentacuentos. Apuró el trago y dejó pasar unos segundos antes de seguir. - Son muchas las ocasiones en las que realidad supera a la ficción, camaradas. Pero les aseguro que si hubiesen presenciado lo que yo, en la compañía de tan intrépidos personajes, no albergarían dudas sobre la veracidad de mi narración.

- Ernest, tráenos otra ronda – gritó Jorn – para que el nuestro amigo el cuentista no pase sed. Sin duda, Jorn se percató del vaso vacío en manos del bardo.

- Está bien – Respondió Ernest escondido tras la barra. Un golpetazo delató que estaba sacando de la alacena una barrica totalmente llena.


- ¿Acompañada tal vez de una apetitosa cena? 

Una voz femenina y atemporal, con la que de ninguna forma podría adivinarse la edad de su propietaria, sobresaltó a Ernest más que al resto, sin duda debido a que resultaba bien conocida para él.

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