MORDAZA Y TIZÓN - Capítulo 2 -
CAPÍTULO 2
Shkira había
abandonado su habitación y se había deslizado por los escalones, taimados por
carcoma, con un sigilo felino. Su cabellera negra azabache, se deshilachaba
sobre su rostro. A punto estuvo de apartarlo de su con un soplido, pero se
contuvo. No deseaba que descubriesen su presencia antes de lo debido. Desde
allí, bien lo sabía ella, podía escuchar furtivamente la conversación que
estaba teniendo lugar en el salón.
Normalmente era incapaz de conciliar un sueño
apacible, tenía un oído agudo, y los sonidos nocturnos solían despertarla nada
más cerrar los ojos. No recordaba desde
cuando, pero hasta las cosas más banales le resultaban acechantes si estaban envueltas
por la oscuridad. Desde niña, se había mostrado interesada en el canto y aleteo
de las aves, podía sin dificultad, distinguir más de veinte variedades distintas
solo con verlas trazar piruetas en el aire o, simplemente, con escuchar su
canto, tal vez ayudada por su gusto por la música. Sin embargo, abrigadas por
la noche, aquellas encantadoras criaturillas, se transformaban en engendros
informes que revoloteaban pesadamente para desquiciarla, los imaginaba describiendo
círculos sobre su cabeza y la de Ernest, muy arriba, pero sabiéndola a ella en
ese cuarto. Tentados a descender y envolverla en un vendaval de… sombras sí,
las asfixiantes sombras.
Jamás había
confesado el gélido pavor que se adueñaba de ella, cuando, sobresaltada, abría
los ojos y oteaba su alrededor desde la cama, un islote de blancura rodeado por
una oscuridad impenetrable, sin reunir siquiera el arrojo necesario para incorporarse. Su mirada recorría la estancia,
guiada por ese temor imparable y voraz, que la empujaba a continuar, a mantener
sus ojos abiertos, a forzar una respiración lastimera para que lo que la
rondaba no fuese capaz de escucharla.
En esos momentos de quietud, se
sorprendía de no despertar a Ernest con el latido de su corazón, que retumbaba
en sus oídos. Para ella todo aquello era tan real como el suelo que pisaba a la
luz del día. Veía ante sí, cómo las sombras se deformaban, al principio, no
siendo más que una nube borrosa y desdibujada a la que su imaginación acababa
por conferir rasgos monstruosos, invisibles para cualquier otro que mirase. Se
contentaban con observarla desde su reino nubloso, sin ningún fin que Shkira lograse desentrañar. En
ocasiones, pensaba, que su miedo servía a modo de invitación para
aquellos seres desconocidos, pero era imposible asegurarlo y, en caso de estar
en lo correcto, tanto igual daba porque acababa siendo dominada por él.
Ahora, sin embargo, su desvelo no tenía nada que ver con esos
acontecimientos, ni siquiera sentía el habitual sopor que lo acompañaba. Se
sentía despierta, invadida por una tranquilidad sin explicación, como si
supiese que todo cuanto podía acontecerle no le supusiese ninguna amenaza y
aceptase el devenir de las cosas. Era la misma despreocupación que la
acompañaba en sus momentos de clarividencia pero de la que en el fondo, siempre
desconfiaba. Predijo muchas desgracias, algunas de las cuales llegaron a
culminarse mientras que otras fueron solo meras potencialidades. Ya fuera
lo uno o lo otro, lo hizo con indiferencia, despojada de toda humanidad, desde
la posición privilegiada de un espectador intocable.
Esta vez,
deseaba acercarse y, finalmente se decidió a asomar sus ojos de esmeralda y,
adoptando una posición que la glorificaba como digna señora de su casa, salió a
bañarse en la trémula luz de duermevela. Vio a Ernest atareado en la barra,
lustrando la cubertería como si fuese de plata, sin despegar la mirada del
grupo de hombres y, especialmente, del extravagante caballero bermellón cuyo
atavío de pavo real recordaba a un estanque de vino derramado.
- Será un
placer degustar sus platos señora. – Dijo el cuentacuentos, pasando el índice
por el ala de su sobrero, arqueándola bajo su presión.
Y ella tuvo
la impresión. No, la absoluta certeza de que él ya la había escuchado antes
incluso de que llegara a calzarse y que, no había deseado importunarla revelando
su escondrijo hasta que ella estuviera dispuesta a hacerlo por cuenta propia. Esta
opinión, la hizo sentir una poderosa simpatía por él desconocido casi al
instante. Los otros, también se volvieron ante tan inesperada aparición, pero no
reparó en sus rostros, cautos y lascivos a partes iguales, sino que continuó
reconociendo al exótico forastero durante lo que, admitiría luego, fue un período
inapropiadamente largo. No acertaba a definir qué le otorgaba ese aire
fantasioso que parecía sugerir un equilibrio poco habitual entre la curtida
adultez y la inocua juventud. Tal vez fuese su larga y ondulada cabellera,
reluciente igual que la cola de un corcel o, tal vez, su semblante sereno de
proporciones casi simétricas y facciones suaves. El caso, es que descubrió en
él una belleza apolínea, a medias masculina y a medias femenina, pero sin que
la predominancia de ninguna rompiese el hechizo de su hermosura. Shkira se despidió del grupo con una
sonrisa cómplice y cruzó al otro lado de la barra para ayudar a Ernest, quién
no parecía del todo complacido por tenerla a su lado. Muy discretamente le susurró al oído:
- No debiste bajar ¿por qué has bajado?
Pero ella no le prestó oídos a su reproche y se limitó a sonreír. La verdad, ni si quiera ella estaba segura del motivo. A Theb también le extrañó la presencia de Shkira, pero no tuvo tiempo para mirarla, observaba de cerca al exótico personaje y a Jorn, sobre el que mantenía un control exhaustivo.
- Amigo,
¿qué más cosas viste en compañía de esos dos? – Instigó Rod, con la sombra de
la ebriedad planeando sobre sus párpados.
- Pónganse
cómodos, que si con tanto ardor desean escuchar sobre las hazañas de Mordaza y
Tizón no me compete a mí negároslo. Veamos, ¿qué anécdota seguirá? – y, con un
movimiento que podría suponerse estenografiado, materializó entre sus dedos un
carámbano de hielo - De la cumbre más gélida a una llanura esteparia en el
centro del mundo – continuó mientras estrujaba el pedazo helado con toda la
fiereza de su puño – Junto con Mordaza y Tizón.
Los
Contempladores
Muchas
fueron las desventuras a las que hicimos frente en nuestro arduo viaje, sin
destino definido ni final imaginable. Fuimos requeridos aquí y allá, acogidos
como auténticos salvadores por pueblos de culturas muy dispares y prósperas. A
nuestra visión del mundo fuimos sumándole la de sus gentes y la de otros
trotamundos con los que entablamos amistad mientras atravesábamos pasos
angostos, ruinosas tumbas o hambrientos valles. Enfrentamos innumerables
peligros, de los que no siempre salíamos del todo airosos. En concreto, yo
mismo estuve a punto de perder la vida, en no menos de una docena de ocasiones,
a veces a causa de incidentes imprevisibles y perfectamente naturales, aunque
no por ello menos perversos, o por el arrebato pasional de entidades cósmicas y
habitantes astrales. Afortunadamente me hallaba en compañía de los valerosos
Mordaza y Tizón ambos diestros en el combate, con reflejos felinos y recursos
de lo más variopintos.
Por ejemplo,
estudiando las fauces de un risco nos vimos acosados por una enorme bandada de
arpías; seres antropomórficos con brazos y piernas endebles como los lánguidos
juncos de un estanque y plumaje en lugar de pelo, que son capaces de proferir a
voluntad cualquier sonido que hayan escuchado previamente, incluida la lengua humana,
de la que se valen para emboscar a sus presas y despojarlas de su vida y
enseres.
En esa desdichada situación, y pese a los acertados golpes de Tizón,
caí por el peñasco, abrazado a uno de esos despiadados seres que se lanzó en
picado sobre mi cuello. Sentí sus pérfidas garras clavarse en mi piel mientras
se retorcía para liberarse de mi agarre y su aliento cadavérico empapando mi
rostro. La mujer pájaro se despojó de mí a duras penas, con lo que salí
despedido sin control. De una forma u otra, acabé parapetado en un saliente del
risco, con mi brazo derecho entumecido y mi cuerpo repleto de magulladuras.
Instintivamente, desvainé mi daga y busqué con mis ojos, como supongo han de
hacerlo los animalillos arrinconados, al mortífero ser que me acompañaba en mi
caída. El corazón me dio un vuelco cuando comprobé que unos dedos ganchudos se
aferraban al saliente en el que yo me encontraba y que había evitado que cayese
al abismo, donde reposaban los huesos partidos de cuantos se habían aproximado
al hogar de estas criaturas. Me preparaba para asestar un golpe que sentenciase
a mi enemigo a su final, cuando una saeta de acero puro rozó mi oído. Tizón con
una cuerda amarrada a su cintura, bajaba
grácilmente por el muro mientras abatía a cuantas arpías se acercaban armado
con una pequeña ballesta de creación propia. Mordaza por su parte, mantenía a
raya a las que sobrevolaban la cumbre del risco y protegía la integridad de la
cuerda.
- Bien
hecho- has encontrado la entrada a su nido.
Yo me volteé
y puede comprobar que a mis espaldas se abría una gruta angosta, de la que
imagino, salían las arpías imitando a los murciélagos cuando necesitaban cazar.
Tizón me ayudó a incorporarme y ascendí cargado a sus espaldas la pared del
barranco. De esta forma conservé la vida una vez más, gracias a la inestimable
ayuda de mis compañeros. No obstante, no fue, ni remotamente la peor situación
que enfrentamos, aunque tal vez sirva para hacerse una idea de la peligrosidad
de nuestras incursiones. No obstante, fue esta experiencia la que nos permitió
pisar por vez primera la tostada arene del desierto y afrontar el nuevo reto
surgido en tan inhóspitas tierras.
Las gentes
de esta localidad, reconocieron nuestras dotes y celebraron los daños
ocasionados a la “plaga” que raptaba a sus niños y dificultaba la pesca en los
abundantes bancos de pescado próximos al risco. De esta forma, fuimos aclamados
y transportados hasta las tórridas tierras que esperaban más allá del mar por
petición de Tizón, al cual una anciana adivina había predicho un futuro repleto
de riquezas en el reino de las arenas. El viaje por mar tomó varias jornadas
pero finalmente avistamos las cálidas costas del continente y atracamos en una
ciudad portuaria, firmemente fortificada por almenas tan altas que parecían los
dedos de un gigante que apuntan al cielo tratando de capturar las nubes.
La
ciudad pese a la presión que ejercía sobre nosotros el salvaje calor del sol,
respiraba vitalidad. Abundaban en los comercios hombres y mujeres ataviados con
prendas coloridas que regateaban con sus clientes con total libertad, una
ocupación a la que dedicaban todo su espíritu en una mezcla entre divertimiento
y enojo. Por las calles patrullaban animales de lo más variopintos, algunos de
los cuales yo no había visto en mi vida. Los niños correteaban por los mercados
y se ocultaban tras las telas para desaparecer con el botín de algún incauto.
Aunque lo más impresionante fue la colección de embarcaciones de procedencia
desconocida que descansaban sobre la superficie de azul turquesa del océano.
Nos despedimos de los marineros con los que viajábamos y nos dispusimos a comer
algo, pese a que mi estómago se mostraba resentido aún por el constante
bamboleo producido por el oleaje. Mordaza y Tizón conocían bien aquellas
callejuelas laberínticas por lo que supimos mantenernos a salvo de los ladrones
que acechan en las sombras de la ciudad a los turistas ocasionales. Caminamos hasta
que se apagó el ajetreado vaivén del puerto, algo que mis piernas agradecieron
enormemente tras días de ineludible quietud, salvo por las labores de cubierta.
Mientras
avanzábamos entre las casitas, me pareció apreciar tras las ventanas el brillo
de ojos curiosos que nos seguían con la mirada. De pronto, un grupo de niños nos salió al paso, y gritando los
nombres de Mordaza y Tizón se apresuraron a rodearnos con una sonrisa asomando
de sus caritas.
Nos paramos
frente a un tenderete rojo adornado con caracteres bordado con hilo dorado que
desconocía y que no supe traducir. Bajo la amplia sombra que proyectaba podían
entreverse algunas figuras sentadas sobre almohadones colocados en el suelo.
Cuando entramos en el local nuestros ojos tardaron en acostumbrarse a la
oscuridad, aunque todos sin excepción agradecimos el frescor que se respiraba
en su interior. Tizón me hizo un gesto para que lo acompañase a una mesita
redonda, baja y vacía, rodeada por almohadones verdes que hacían las veces de
asientos. Mientras Mordaza charlaba amigablemente con el dueño del negocio en
un idioma que me resultaba completamente desconocido. Al poco, entraron en el
local tres hombres y tomaron asiento a nuestras espaldas. El primero, era el
más alto de los tres aún con su postura algo encorvada. Lucía una ensortijada barba
plateada y vestía una túnica larga, clara y ligera, muy cuidada, que escondía
sus tobillos.
El segundo
tenía una cabellera negra, pobladas cejas y una barba recortada que le daba apariencia
de chivo. Era visiblemente más joven que el que iba delante y arrastraba un
manto violáceo de seda, a juego con el tocado que llevaba sobre la cabeza. El
último, era de apariencia severa. Caminaba muy erguido con su nariz aguileña
apuntando siempre al frente. No se molestó en aparentar disimulo cuando sostuvo
mi mirada con sus ojos pardos antes de pasar a mi lado. Parecía esa clase de
persona que oculta tras su rectitud un narcisismo ciego.
Un mozo se
nos acercó y presentado sus respetos dejó sobre la mesa una bandeja sobre la
que llevaba unos bonitos vasos de caña, plateados y decorados con diversos
colores de los que ascendía un olor dulzón y agradable. A su lado depositó una
tetera metálica, igualmente bella. Bebí con cuidado, pues el líquido desprendía
volutas de humo y no deseaba quemarme.
Mordaza tomó asiento a mi lado y seriamente se
acercó a nosotros.
- Esos hombres nos siguen desde que dejamos el
puerto –dijo, mientras el reflejo de las copas maquillaba las oquedades de su
rostro con retazos ambarinos.
Yo que no había visto a Mordaza volverse ni una
sola vez a lo largo del camino, me extrañé de que lo afirmase con tal
determinación. No obstante, creí en sus palabras, pues sentía las miradas de
los extraños clavándose en mi espalda desde que entraron al establecimiento.
Toda duda quedó disipada cuando Mordaza señaló débilmente los vasos que teníamos
en las manos. Reflejados en la plata, podían distinguirse, desdibujadas, los
rostros de los tres hombres, que cuchicheaban entre sí. Como leyendo mi mente
Mordaza, imbuido de esa sabia paciencia característica, suya respondió:
- Seamos
pacientes. Esperemos a que sus intenciones sean reveladas, ya sean amigos o
enemigos.
Terminamos
las bebidas y el mismo mozo de antes trajo consigo la comida que Mordaza había
encargado. Se trataba de un plato muy aromático, compuesto por una mezcla de
arroz, cebolla, carne picada acompañada
de legumbres y jugo de limón. Todo ello, recogido en forma de fajín mediante una
hoja arbórea. Aunque con la atención
puesta en los desconocidos, conservamos la calma y conversamos con la alegría
habitual. Una vez hubimos acabado de
comer, nos levantamos dispuestos a buscar asilo para pasar la noche. Sin
embargo, fuimos abordados por el segundo de los tres hombres.
- Por favor,
esperen señores – exclamó con la angustia en los labios - Mi nombre es Raif y
estos hombres que me acompañan son mis hermanos Abed y Hazim. Estamos inmersos
en una grandiosa aventura, para la que necesitamos de vuestro auxilio.
- Creo que
no nos conocemos – contestó Tizón - ¿Por qué hemos de escuchar las palabras de
unos desconocidos que nos han rastreado como alimañas hasta aquí?
- Disculpen
a mi impertinente hermano. Permitid que me presente, soy Abed, conocido en oriente
como el sabio de arenas. Comprendo su suspicacia, yo en su lugar la
compartiría, más aún habiéndose percatado de nuestra presencia aún cuando
tratamos de ocultarnos muy sabiamente de su camino. No obstante, una
providencia divina ha querido que se produzca este encuentro, y si son quienes
aguardábamos estoy seguro de que escucharán mis palabras. Garantizo que hablaré
con total sinceridad hasta que sus dudas respecto a nuestra naturaleza se
esclarezcan y queden satisfechos.
- Muy bien, le escuchamos – accedió
Tizón, en nombre de toda la compañía, puesto que muy posiblemente supo que un
título de tanta calada habría despertado el interés de Mordaza.
- Antes, preferiría tratar este tema
con la mayor discreción posible. Les pido por ello que busquemos un lugar en el
que estemos a salvo de interrupciones u oídos indiscretos. Acompáñenme.
Nos retiramos tras una gruesa lona,
que separaba en dos el local y ocultaba una sala no mucho mayor a la anterior,
con pequeños ventanales a la altura de nuestras cabezas, por los que se
filtraba una cortina de luz anaranjada que anunciaba el ocaso. Tomamos asiento,
aún algo dubitativos, en unos asientos alargados con una mesilla mediando entre
ambos bandos. El hombre llamado Abed comenzó a hablar:
- Bien, tal
y como ha dicho mi hermano nos encontramos en una situación delicada, a punto
de embarcarnos en un peligroso viaje que puede cambiar nuestro destino y el de
otras muchas personas.
“Antaño,
cuando los primeros albores del hombre eran un recuerdo fresco, mi estirpe dedicó
sus esfuerzos a construir una ciudad magnífica por mandato de Dios y beneficio
del hombre. Dicha maravilla, era inmune al temporal, a los desastres naturales,
a las plagas, a las enfermedades o a los sedientos colmillos de la guerra, y
prosperó más que ninguna otra construcción del hombre bajo el cuidado de
poderes mayores a los que la comprensión humana puede aspirar. No en balde, de
conservan en la legua popular historias destinadas a homenajearla. Se decía que
las puertas de la ciudad eran nexos directos con el reino de los cielos, y que
por ello, sólo los protegidos por la divinidad podían encontrarla. Para el
resto de mortales, indignos de semejante paraíso terrenal, permanecería
escondida entre las arenas”.
“Como
descendiente de los primeros reyes y sabio deseoso de conocer la verdad, he deseado fervientemente acudir a
esa mítica ciudad en busca de respuestas sobre el pasado y el futuro de la
humanidad. Imaginen mi dicha cuando
recibí personalmente el llamado de Dios, invitándome a reunirme con él en la
perdida ciudad junto con mis dos queridos hermanos. Dejé mis quehaceres en las
universidades persas, grandes centros de conocimiento y cultivo del espíritu, y
me reuní en esta ciudad con mis familiares, tras varios meses de marcha. A
ambos, igual que a mí, se les había presentado en sueños una presencia luminosa que prometió nada
menos, que heredar la antigua tierra perdida y regentarla como sus monarcas.
Esa misma entidad, ya fuese el altísimo o alguno de sus emisarios nos advirtió
que el viaje sería infructuoso si no contábamos con la ayuda de otros tres
hombres que alcanzarían las costas del continente al cabo de un mes. Desde que
se produjo esa revelación onírica, llevamos esperando a la llegada de esos
hombres, sin saber cómo reconocerlos o evaluar sus capacidades, aunque no nos
corresponda dudar de la palabra del Señor. Hoy mientras paseábamos por el
mercado, mi hermano Raif ha creído
adivinar en vosotros a los héroes que esperábamos. Yo confío plenamente en su
criterio, pero mi hermano Hazim ha creído oportuno seguiros, sin saber a
ciencia cierta qué esperar descubrir.”
“Ahora que conocéis el motivo de
nuestro comportamiento y el destino que os aguarda, sólo pido como pago que
desveléis vuestros nombres y oficio, y por último, si aceptáis el trato que os
ofrezco; cuanto botín podáis cargar a la salida de la ciudad oculta del
desierto”.
Mordaza y Tizón se miraron con
complicidad, y presentaron tal y como lo había hecho el hombre sentado frente a
ellos. Narraron muchas de sus desventuras y encuentros con la muerte u otros
seres siderales y el encontronazo previo con las arpías.
- Entonces es cierto –dijo con la
emoción dibujada entre los surcos de su viejo rostro el viejo Abed- vosotros
sois a quienes esperábamos con tanta vehemencia. Por fin podremos emprender el
viaje hacia nuestro tan ansiado destino. Siempre que aceptéis –algo de miedo en
la mirada-.
- Aceptamos de buen grado, aunque
nos conformamos con un pago menor, al fin de cuentas nosotros podríamos vivir
con las comodidades que nos placiera, pues ya contamos con una gran fortuna.
Era cierto, en especial Mordaza
podía contar fácilmente con el patrimonio de un nombre, aunque bien sabía que
no se refería a esa clase de fortuna, sino a una mucho más difícil de obtener.
Los tres compartíamos la idea de que cuanto mayor control tiene un hombre de
sus bienes, mayor es su dependencia hacia ellos. Es por esto, que no nos
dejábamos envenenar por la codicia y sus engatusadoras artes.
- No hay más que hablar entonces,
mañana mismo partiremos como miembros de una caravana – sentenció Raif.
Abed y Raif parecían encantados con
la noticia, pero el silencio de Hazim y su frío gesto señalaba justo lo
opuesto. Descansamos hasta el amanecer, cuando nos reencontramos con los tres
hermanos para preparar nuestra partida. La ventaja de ser un viajero errante es
que siempre llevas contigo lo que necesitas, por lo que no nos demoramos en los
preparativos.
Viajamos por las ondulantes dunas
del desierto, acompañados por una extensa caravana de hombres y mujeres durante
meses. A cada alto en el camino, despedíamos los rostros de los camaradas que
conocimos y recibíamos a otros nuevos. En una pequeña aldea, se guiaba por Raif por su parte, era el benjamín de los
tres. Conservaba una mirada infantil del mundo y su conversación agradable,
amenizó en sobremanera el viaje.
Por fin,
días después de abandonar la compañía y deambular bajo el fulminante sol y las
frías estrellas, la comitiva de detuvo frente a un elegante pórtico que parecía
labrado en marfil y ámbar. Hasta donde alcanzaba la vista la recorrían por toda
clase de motivos ornamentales entre los que Mordaza creyó adivinar símbolos
alquímicos y grafías arábigas de remotísimo origen. Postrados a ambos lados de
la entrada se erguían dos leones de mármol negro, que doblaban en tamaño al más
grande de nuestros animales y contemplaban de soslayo el lento descenso del
astro rey con sus fauces abiertas triunfalmente.
En los
momentos previos al crepúsculo, las puertas almibaradas de la ciudadela,
grandes e imponentes, resplandecieron como lo hace un plácido estanque bajo el
hechizo del ocaso. Mientras las últimas luces se ocultaban lejos, en el horizonte,
entre las ondulaciones de las dunas del desierto que con su voluptuosidad y
exuberancia recordaban a los pechos desnudos de una mujer. Tras la desaparición
del sol, la temperatura bajó rápidamente por lo que optamos por arremolinarnos como
lo hacían los bereberes cuando preveían pasar la noche al raso, con el único
abrigo de las estrellas y una onírica luna plateada.
El viejo
Abed, líder de la expedición, que palmeaba distraídamente fragmentos de lo que
Mordaza no tardó en catalogar como calcita bruñida, exhaló un profundo gimoteo
y con la boca entreabierta y señaló en dirección al desierto que descansaba a
nuestras espaldas.
Las pálidas
arenas viajaban a lomos del sordo viento del páramo, trazando formas imposibles antes de
esparcirse de nuevo como polvo de diamante sobre el plácido oleaje del desierto.
Tizón, asombrado, con el extraño danzar del viento lo acompañó como embelesado.
Nuestros acompañantes quedaron estupefactos, creyendo alarmados, que Tizón se
había contagiado de las fiebres del desierto o que había caído presa de una
ignominiosa maldición. A su alrededor aparecieron bellos rostros grabados en la
arena, que al desgranarse, desveló el contorno de cuerpos sensuales e
invisibles. Entonces, acompañada de cándidas risillas femeninas, se inició una hermosísima
serenata que no sabría comparar con nada de lo compuesto por los mortales.
Deleitados por la fugaz danza de las etéreas ninfas sentimos desvanecerse la
pesadumbre de nuestros corazones. De pronto, sentí una fuerza que tiraba de mi
hacia el lugar en el que se encontraba Tizón. Desconcertado miré sobre mi
hombro para toparme con los aguileños ojos de Mordaza.
- Un dijinn
quiere sacarte a bailar – no temas, son bondadosos. Aunque si puedes, trata de
no importunarlo. Sólo déjate llevar.
Así lo hice
y alcé mi mano a modo de invitación, como lo había hecho en otros muchos
lugares con las damiselas. Casi al instante sentí entrelazarse con los míos
unos dedos otros suaves de tacto singular, similar a cuando acaricias la
superficie de un líquido o cuando se posa sobre la piel desnuda piel un rayo de
sol. Mientras danzaba al son de mi sobrenatural pareja fui transportado al éxtasis,
se nubló mi pensamiento y agudizaron mis sentidos. Creíame yo flotando sobre
una nube de perfume, lejos del mundo cuando, las puertas se abrieron
mágicamente, vertiendo un fortísimo haz de luz sobre nosotros. Yo,
sobresaltado, volví en mí, viéndome rodeado de mis compañeros que igual que yo
habían sido arrastrados al frenético baile. Oímos una sucesión de lamentos y un
rugido ensordecedor, tras lo cual, se originó un torrente de aire frío que
acuchilló la arena, dejando tras de sí un surco que se desvanecía en la
dirección en la que se había puesto el sol. Nada más supimos de aquellas
encantadoras criaturas.
Entonces el
anciano Abel, exclamó exaltado cuando, las enormes puertas movieron sus pesados
postigos como arrancadas por una fuerza invisible, en múltiples alabanzas:
- Os damos
las gracias, señores de la ciudad perdida por abrirnos las puertas de vuestra
morada y librarnos de caer en las astutas garras de los demonios de las arenas.
Amparadnos bajo vuestro techo para que podamos cumplir el destino que nos
tenéis reservado. -
Sus palabras
no provocaron ningún efecto ni obtuvieron respuesta. Mas allí continuó de
cuclillas y en solemne silencio Abed, cómo obrar o qué esperar. De la puerta
seguía emanando una intensa luz cegadora.
- Hermano –
aventuró Raif rompiendo el silencio -¿hemos de aguardar aquí hasta que nos den
la bienvenida?
- ¿Con esta
indiferencia aguardan a sus futuros monarcas, los pobladores de la ciudadela?
¿Acaso no somos los herederos legítimos de una estirpe de ascendencia
inmemorial? – estalló furiosamente Hazim.
- No blasfemes
ante semejante milagro – lo enfrentó Abed.
- ¡Entonces
contesta!
- Soy
incapaz de prever los designios de Dios – y dicho esto, Abed se afanó en
reverenciar el increíble monumento, postrándose con la cabeza inclinada hasta
tocar con su frente el suelo. Raif lo imitó y por último, tras escuchar el
consejo de Mordaza, Hazim hizo lo propio, aunque no si reserva.
Momentos
después, la luz que escupía el umbral perdió intensidad y pudimos escrutar las
entrañas de un edificio de proporciones. Sus bóvedas ojivales centelleaban con
el color del néctar y la calidez del atardecer. Entramos en una sala amplísima,
coronada por una impresionante cúpula de lapislázuli con centelleantes
diamantes engastados en ella, recomponiendo el cielo estrellado y sus
constelaciones. Cuatro
atlantes gigantescos de perfectas proporciones, reflectaban el brillo de las
gemas como lo hace el oleaje con la luna llena. Las cuatro esculturas dirigían
su cansada mirada de alabastro al centro de la estancia, dónde se erguía un
coliseo en miniatura sobre un suelo oscuro como la obsidiana. De su interior,
llegó un murmullo de voces apagadas y toscas que reverberaron hasta hacerse
perfectamente audibles desde cualquier punto
de la habitación. Parecían conversaciones entre un tumulto de personas, Hazim,
osado, dejó a tras a sus dos hermanos y se dirigió hacia la curiosa estructura.
Abeb observaba en todas direcciones.
De pronto,
desde el otro lado de la estancia, asido al canto del extraño diorama llegó un
alarido de auxilio prorrumpido por la quebrada voz de Hazim.
Hermanos –
aulló entre gemido lacrimosos – esta es nuestra recompensa - esta es la ciudad prometida.
-
¿Qué dices
insensato? – Berreó Abeb – ¿Es que acaso esta maravilla no es suficiente para
aplacar tu sed?
Raif, que
había corrido a socorrer a su hermano y se encontraba frente a frente con Hazam
no pudo reprimir su grito de espanto.
-
Oh, Abeb,
hermano – logró articular Raif mientras laguidecía - niega cuanto ves y
observa. Hazim tiene razón.
-
¿Tú también
Raif? – Exclamó Abeb, visiblemente conmocionado - ¿Tú también insultarás el
glorioso pasado?
Los
cuatro nos acercamos al pedestal, con
Mordaza a la cabeza. Lo que encontramos me heló la sangre. Una ciudad en
miniatura, se erguía protegida bajo una espesa cúpula de cristal diamantino,
que servía las veces de lente. Entre sus
callejuelas, de menor longitud y mayor angostura que el más raquítico de los
cabellos, campaban a sus anchas pequeños seres antropomórficos, indistinguibles
de los seres humanos si no fuese porque cada uno era parejo en tamaño a un
grano de arena.
-
Homúnculos
- susurró Mordaza fascinado.
Abeb, fuera
de sus cabales andaba de aquí para allá, retornando súbitamente sobre sus
pasos, con el rostro encendido de pura cólera.
-
¡Herejía! –
repetía si cesar - ¡Monstruosidades!
De pronto,
uno de los colosales atlantes de piedra despertaron de su letargo y
descendieron en nuestra dirección.
- ¡Maldito efrit! – gritó Hazam, cargado
contra uno de los gigantes – ¡diablo del desierto, embusteros todos! Nos habéis
llamado aquí a morir.
- No
– contestó el coloso sin ni siquiera tornar los labios – El que los djin de la
puerta no os hayan muerto, implica que por vuestras venas corre, en efecto, la
sangre de aquellas recreaciones a las que dotamos de poder regio en nuestra
ciudad de juguete. Mas, ellas ingratas, lograron escapar y adaptarse al mundo
exterior durante un peregrinaje que medido en sus cortas vidas, debió de llevar
cuentos de generaciones. Pero ahora que estáis aquí, los últimos de esa estirpe
pródiga, volveréis a ocupar el lugar que os corresponde sobre nuetro tablero.
Una
corriente de lo que pareció una sucesión de destellos y centellas hirió a
Hazam, quién entre muecas de intensa agonía comenzó a empequeñecerse. Tratamos
de ayudar a sus hermanos, pero nuestras espadas no podían perforar la
resistente piel de las bestias. Abeb, trató de desembrazarse de sus captores,
mientras que Raif pataleaba en un último intento por zafarse de las garras de
uno de ellos. Tizón veloz como un relámpago, se interpuso entre las puertas a
punto cerradas. Sin la hercúlea fuerza de los atlantes para sujetarla, los
cimientos del palacio se hundían poco a poco en la arena.
En poco tiempo ésta
volvería a estar desaparecida por cientos de años, sepultada por toneladas de
arena. Entonces fue cuando comprendí el porqué de tantos abalorios y piedras
preciosas. Aquellos gigantes debía residir en los abismos de la Tierra, donde
los minerales más extraordinarios brotaban dondequiera que mirasen. Entretanto,
escuché cómo los cuatro gigantes parloteaban en una lengua indescifrable,
enterados por vez primera de nuestra presencia. Así, a estampida, abandonamos
no sin pena aquel lugar, con el propósito de contar esta historia y advertir a
los futuros viajeros de los peligros que entraña visitar esta tierra lejana.
--------- FIN --------
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