MORDAZA Y TIZÓN - Prólogo -

PRÓLOGO

La puerta de la tasca cedió sonoramente, imitando el restallido de un látigo, anunciando la visita del gigantesco Jorn el bárbaro, cuya impasible figura, erguida como una muralla bajo el umbral de la entrada, escondía la mismísima noche.  El viento gélido del páramo arremetía contra su musculada espalda con el mismo ímpetu con el que trataba de abatir las níveas cumbres de las escarpadas montañas, aunque con igual resultado.

Avanzó torpemente, dando grandes zancadas, como se imagina uno a un gigante abriéndose paso entre una arboleda. Bajo sus botas de cuero curtido, que fácilmente podrían emplearse como pichel, la vieja madera del local se contrajo en una inarmónica sucesión de crujidos a la que se unió el temeroso susurro de algunos de los clientes habituales.

Jorn, tomó asiento frente a la barra de la tasca, en su asiento acostumbrado, para encontrarse frente a frente con los apagados ojos de Ernest, el tabernero. Un hombre menudo, rudo en sus formas, aunque siempre hospitalario, que conservaba algo de su antes larga melena rubia en forma de una cana corona de laurel. Ambos se miraron a los ojos durante unos ceremoniosos instantes, sin mediar palabra. Un lujo que a muchos de los allí reunidos les habría costado algún que otro cardenal. Afuera, la tormenta invernal continuaba. Podía escucharse en aquella atmósfera viciada, sin ningún sobreesfuerzo, el punteo de la lluvia.

 Ernest, escudado tras su mirada monárquica y sin permitirse un pestañeo de más, analizaba fríamente los ojos de Jorn, en busca de algo que pudiese amenazar la integridad de su local o la de su persona. Unos ojos lóbregos y caricaturescos pero que, en la topografía del basto rostro de Jorn, bien podrían pasar inadvertidos, si uno no supiese que la mirada de los hombres aflora bajo el bosquejo que son sus cejas. Los rasgos de los dos se recortaban ante la danzante y a punto extinta luz de vela que, igual que si de un espejo se tratase, reflejaba las vidas de ambos, sus miserias y desventuras. Parecían allí, inmóviles, dos figuras de porcelana o dos estatuas de granito que esperaban la señal para emprender el movimiento, y retornar al mundo de los mortales.

- Ponme una jarra de esa hidromiel - pronunció súbitamente Jorn, con una voz que invadió hasta el espacio más mísero del local, aún sumido en el nervioso silencio de cuantos observaban. Era una de esas voces oscuras, que escuchada dentro de una Iglesia, recordaban inmediatamente a la herejía.

Ernest volteó su cabeza sin mucho disimulo, pese a que sabía exactamente el punto que señalaba con su grotesco dedo pues Jorn era, como la mayoría, un hombre de costumbres. Desde la primera vez que cruzó la puerta de su taberna hace unos años, supo que acabaría reclamando cuanto quisiese pues su esencia era la de un conquistador destructivo e implacable. Pronto, sus clientes comprendieron lo que él sin necesidad de muchas golpizas, es por eso que Jorn tenía un lugar reservado para tomar asiento, cerca de Ernest, a quien a falta de simpatizar, no despreciaba, y lejos del resto de clientes quienes se refugiaban en el fondo del mesón.

- Por supuesto, siempre que puedas pagar la cuenta - respondió Ernest sin vacilar. Tantos años regentando el negocio lo habían preparado para manejar a hombres como Jorn y renunciar, aunque sea por un momento, a sus miedos.

Jorn rebuscó en su bolsillo y se limitó a sacar unas cuantas monedas y dejarlas sin remilgos lo más cerca posible de las narices de Ernest. No era gran cosa, pero los gastos que podría acarrearle una negativa saldrían más costosos, de eso no albergaba dudas el tabernero. Las imágenes del pasado invierno pareciera materializarse en su memoria, vívidas aún; mesas utilizadas como arietes, sillas convertidas en leños para alimentar el fuego y la sangre de algún pobre diablo goteando por la barra. 

Además, a la vista estaba que enfurecer a Jorn esa noche, podía resultar especialmente fatal. Puesto que, del cinto de cuero que envolvía su gruesa cintura, colgaba el hacha de leñador con la que talaba los pinos cercanos al aserradero, donde trabajaba hasta entrada la tarde. Ernest, contempló su filo, brillaba tentativamente, implorando la promesa de la sangre y la violencia. Instintivamente sintió el peso embrutecido del acero caer sobre su nuca y sus rodillas sufrieron una sacudida inesperada.

- Mejor deja aquí la barrica entera, que hoy traigo seco el gaznate - añadió Jorn, rompiendo en una sonora carcajada y, acto seguido, apuró hasta la última gota de hidromiel, tras lo cual emitió un bufido de satisfacción, señal inequívoca de que el peligro había pasado. Todos los clientes volvieron a sus respectivas conversaciones aunque sin despreocuparse del todo, porque no deseba que lo que dijesen llegase a oídos de Jorn, que seguía embobado mirando el exquisito color ambarino de su bebida, ajeno al mundo. 

Ernest, por su parte, volvió en sí y sirvió la bebida maquinalmente. Tenía la certeza de que terminaría agotado por el desvelo que suponía tener a Jorn rondando su local. No obstante, fingir indiferencia ante su presencia era su única garantía que le quedaba para llevar su negocio con tranquilidad. Jorn no era la clase de bastardo del que uno podía deshacerse por los medios convencionales. Guardaba secretamente una pizca de astucia, que seguro lo habría sacado de muchos embrollos en el pasado. Ernest no lo ponía en duda, aunque otros menos observadores sólo lo creyeran una mole descerebrada.

A esta creencia personal contribuyeron los enigmáticos detalles de su llegada, hará un año y dos estaciones. Shkira, su mujer, lo despertó en plena noche, cuando Ernest descansaba profundamente en su lecho matrimonial. Visiblemente molesto, aunque preocupado por si algo malo le ocurriese a Shkira, la interrogó por el motivo de su alarma. Ella siempre demostró una sensibilidad superior a la del tabernero, de hecho, muchos de los habitantes del páramo la consideraban una especie de clarividente, a la que acudían, a menudo, para consultar con ella la naturaleza de sus sueños o de sus manifestaciones físicas. Ninguno de sus vecinos ponía en duda su sinceridad y buen hacer. Shkira era una persona querida y humilde, que se rehusaba a aceptar pagos por sus adivinaciones, algo que en Ernest despertaba una admiración que, avergonzado, reconocía como insuficiente. Él había sido educado en el ladino arte del pragmatismo y, si hubiese sido bendecido con dones similares a los de su mujer, posiblemente... no, seguro, habría tratado por todos los medios sacar ganancia a su costa. Los habría "pervertido", como aseguraba Shkira entre risas cuando Ernest compartía cabizbajo esta clase de pensamientos. Shkira podía intuir el bien en los demás, la belleza interior, esa que se guarda tras la piel; tal vez porque la suya propia era tan exuberante. Sólo eso podía explicar su enamoramiento sincero con Ernest aunque éste último también lo ponía en duda.

Aquella noche, Shkira habló presurosamente, con un tono intranquilo. Según le dijo, la relajada noche, envuelta en calima, había traído a un visitante acompañado de dos corceles negros, uno de los cuales había quebrado el silencio prorrumpiendo un relinche sobrenatural, ensordecedor y endiablado. Ernest agudizó su oído. Se había quedado rígido, porque era evidente que Shkira albergaba un temor muy palpable ante aquel acontecimiento y, de alguna manera, se lo había contagiado con sus palabras. Era cierto, desde su alcohoba podía escuchar el sordo sonido que los cascos de los caballos producían al pisar el empedrado sendero.

En ese momento, debían de estar muy cerca de la puerta de su hogar. Ernest se incorporó y avanzó a tientas, hasta el alfeizar de su ventana. Desde allí, distinguió a las dos bestias y al hombre que las guiaba. A causa de la oscuridad sólo logró esbozar una panorámica muy general de la procesión, pero le bastó un rápido vistazo para formular desde lo más recóndito de su ser un profecía a cerca de aquel hombre. Ernest se quedó largo rato velando desde su ventana, aún cuando el hueco pisar de los cascos enmudeció en la lejanía. Su intranquilidad era manifiesta y, pese a que trató de tranquilizar a Shkira, sabía que los ojos de ésta no entendían de paredes ni de carne ni de mentiras, y que reconocía, a falta de palabras, la expresión de espanto en su rostro.

Al día siguiente, sin más tardar, el señor Lavander, cronista ocasional, informó a Ernest y a quienes escuchaban de que un extranjero había adquirido la vieja granja de la familia Garret, largo tiempo atrás desaparecida. "Un hombre que parece salido de un cuento sin final feliz" le dijo, "con la mirada hambrienta y sin resentimientos". Ese mismo día, Jorn apareció por la puerta de su local. Desde entonces, habían ocurrido algunas desgracias entorno a Jorn, atribuibles a su carácter belicoso. En ese sentido, Jorn no era muy distinto a otros hombres con los que Ernest ya había tratado en el pasado. Lo que realmente inquietaba a Ernest era que no había logrado deshacerse del mal presentimiento que lo invadió desde la noche de su llegada. Por más que reconociese en él a un bebedor habitual, la costumbre no calaba en su presencia. Era por ese motivo que aconsejaba a Shkira que no sirviese con él en la taberna como acostumbraba a hacer algunos años atrás. Bueno, si es que por aconsejar entendemos coaccionar. La sombra del peligro era tan asfixiante como espesa y larga cuando Jorn rondaba la taberna. Y para la falta de Shkira no existía sustituto e incluso aunque lo hubiese, Ernest no la querría igual, puesto que la amaba. Mucho más que a su primera mujer, infinitamente más. 


Ernest siguió con sus cavilaciones peregrinas, mientras lustraba con un paño uno de los picheles que guardaba bajo el mostrador. Entretanto, al fondo, un hombre destartalado y harapiento se levantó y se puso en marcha hacia el mostrador cautelosamente. Parecía un espectro que marcha en una condena eterna. Su tupida y poco cuidada barba, era lo único que le servía de abrigo además de unas ropas hechas jirones, pues tampoco contaba con grasa corporal que le proporcionase calor. El pordiosero se llamaba Theb, y en otros tiempos fue un respetado militar que cayó en desgracia tras ser herido en el costado por un corsario inglés y perder la mano derecha en el campo de batalla. La suerte tendía a abandonarle traicioneramente cuanto más se la requería. La primera ocasión durante un duelo de honor; mientras las espadas relampagueaban en una tormenta de impactos y retiradas tropezó con una botella vacía y perdió el equilibrio. Podría decirse que sus problemas con el alcohol comenzaron en ese momento. Lo apresaron y tiempo después, ya devuelto a la cruzada por sus superiores, le arrebataron cinco veces lo que vale un dedo. O incluso más. Desde entonces se consagró a la bebida y al despilfarro de la riqueza ganada en sus años dorados. Tardó menos de lo esperado. La guerra es mala inversión para un soldado.

Ya, sin peso en la cartera que lo frenase, vagabundeó de aquí para allá, hasta que una noche se presentó ante su hermana menor Beatriz, quién tras contraer matrimonio pocos años antes, se había hecho con una posada a las afueras del  pueblucho  donde vivía con su marido. Posteriormente una gripe se llevó a Beatriz, dejando enviudado a Ernest, quien por aprecio a su difunta esposa siguió alojando a Theb en su hogar, algo que afortunadamente no disgustaba a Shkira, su nueva esposa, quien lo veía como un gesto benevolente. Theb admiraba a Shkira. A veces también la deseaba. Todo era confuso, muy confuso. La gratitud que sentía hacia ella se diluía con otros sentimientos. En cualquier caso, era mejor no tratar de descifrar la maraña de ideas que tenia por cabeza, menos doloroso. Mientras Ernest y Shkira no lo descuburesen estaba bien. Ernest decía que ella podía leer la mente pero Theb no creía en esas cosas. De todas maneras, si Ernest guardaba verdad en esa afirmación Theb confiaba que, al leer su mente, Shkira se contagiase de su borrachera. Y así, si te he leído no me acuerdo.

- Buenas noches yerno – dijo Theb mientras se obstinaba en acercar una de las sillas del local con una jarra de hidromiel en la única mano que le quedaba.

- No molestes Theb – dijo secamente Ernest – sin levantar la vista de la jarra que tan esmeradamente lavaba.

- Vaya, pensé que nuestra relación era más cordial Ernest. Tranquilo no he venido a molestar al grandullón – señaló a Jorn con el dedo pulgar.

Ernest empalideció al momento. Los ojos de Jorn centellearon y se volvió para mirar a Theb, quien acababa de vaciar su primera jarra. Ernest había deslizado sutilmente su mano bajo el mostrador, donde ocultaba un enorme cuchillo que utilizaba para cortar la carne de los estofados que servía a los peregrinos. Su mano temblaba, una cosa era defender su negocio y otra arremeter contra ese monstruo para salvar a un hombrecillo al que veía más como una mascota que como un amigo.

- Hueles como una rata mojado, mendigo - se limitó a decir Jorn.

- Tampoco es que tú huelas mejor – respondió Theb al instante de alejar la jarra de sus labio, y acto seguido soltó una carcajada.

Jorn enrojeció de ira y empujó a Theb, el cual salió rodando por el suelo y empapado en hidromiel. De nuevo silencio en el local, todos miraban expectantes, algunos dispuestos a intervenir si Ernest lo hacía y otros preparados para disfrutar del sufrimiento ajeno.

- ¡Jorn! – gritó Ernest desde la barra - Está ebrio y además es mi cuñado, ¡ya basta¡

- ¿y cuándo no lo ha estado? Esta basura se pasa los días y las noches borracho, no puede ni acercarse a una hoguera por riesgo a prenderse fuego.
Entretanto Theb trataba de levantarse a bandazos.

- Era una broma, aquí todos adoramos al mismo ídolo – alzó en alto su pichel enfatizando esto último, y apuró lo poco que no había terminado por los suelos. Su patetismo lo había librado antes de muchas situaciones de riesgo, desde que se convirtió en un payaso andante, sombra de lo que fue. Así sucedió, alguno de los presentes encontró divertida su actuación y rió. Al cabo de poco tiempo, otros lo imitaron y la atmósfera se enfrió. Parecer un necio resulta a veces de lo más conveniente.

- Ernest, – Theb se reclinó hasta ensombrecer el rostro del tabernero con su lánguido cuerpo - quería preguntarte sobre ese viajero que está descansando frente a tu hoguera.

- Es la primera vez que lo he visto, pero no parece de esos que causan problemas - sentenció Ernest más relajado, alejando con disimulo el mango del cuchillo y volviendo a su adorado pichel.

- Extravagante forma de vestir la suya, no muy buena si se quiere pasar desapercibido. Los muchachos y yo hemos hecho una apuesta. Rod piensa que es un noble o un rico mercader, pero yo no lo creo.

- Yo tampoco, llegó a pie y sin equipaje – Ernest interrumpió su discurso y enmarcó las cejas, no creía que a Theb le quedase algo de valor para apostar.

- Tal vez se trate de un renegado, mira su piel tostada. Es raro ver “morenos” por esta tierra tan fría.

Jorn que al entrar en el local había caminado como un autómata, sin perder de vista las provisiones de alcohol de Ernest, no se había percatado de la presencia del extraño, algo que realmente lo impresionó después de echarle un rápido vistazo, pues desde chico demostró un don para detectar la riqueza.

Theb disfrazó una sonrisilla torcida al comprobar que Jorn actuó tal y como él lo predijo al mentar al viajero, un borrachuzo del que no se espera nada tiene tiempo de observar a los que se creen superiores a él y así llegan a conocerlos. Theb sabía que aquel extraño escondía algo, no se trataba de una persona común y corriente, lo rodeaba una aura de magia y misterio. Un hombre cómo aquel no pintaba nada en un localucho como aquel, además no había pronunciado ni una sola palabra de más ni realizado ningún movimiento desde que se acomodó frente al fuego. Su comportamiento había despertado algo en Theb, algo que llevaba dormitando en su embriagada mente desde que buscó refugio en la botella. Era cuestión de tiempo que Jorn se le acercase, medio borracho y enardecido tras la escena que acababa de preparar.

Así sucedió, Jorn apuró el trago y se llevó otro pichel apunto de desbordar consigo, dejó la jarra en la mesa del extraño, arrastró una silla y tomó asiento, como lo hizo momentos antes, frente al desconocido. Éste parecía ajeno a la llegada de Jorn, lo que molestó a éste último.

El extraño reposaba plácidamente mirando a las  chisporroteantes brasas. Vestía una larga capa rojo carmesí que envolvía su cuerpo, haciéndolo parecer un capullo de una amapola. Refugiaba su rostro tras un picudo sombrero de anchas alas, de un apagado color granate. Todo en él parecía salido de un cuento.

- Ey, forastero – inquirió Jorn abrigando con sus manos la superficie de la mesa - ¿cuál es tú nombre y de dónde vienes? - El visitante, no movió un músculo ni pronunció una palabra, el fuego a su espalda bailaba con la misma placidez.

Jorn que no soportaba que lo ignorasen volvió a hablar, esta vez, desplegando toda su corpulencia para resultarle al extranjero todo lo intimidante posible.

- Cuando alguien se acerca a tu mesa debes invitarlo a sentarse, como un buen anfitrión – Jorn posó su jarra de hidromiel y se mantuvo en silencio.

El desconocido ladeó levemente su cabeza y un mechón de pelo cobrizo cayó en cascada. Los ojos cristalinos e inteligentes que habitaban detrás, le devolvieron una mirada desgastada como las suelas de un trotamundos que ha visto extinguirse incontables vidas y derruirse polvorientos reinos. Jorn no pudo disimular su asombro, pues relampagueaban con el color de la lavanda sobre una tez parduzca y exótica que le conferían el aspecto de un soberbio lince.

- Mi nombre no tengo por qué revelárselo a cuantos lo preguntan, al fin de acabo, y como bien señalado, me pertenece. Y respecto al lugar del que provengo, ya lo he olvidado, pues he pasado por muchos en mi camino. En el acontecimiento que es la vida no importa el lugar, sino el ser.

Su voz era embriagadora, dulce y grave a la vez que firme y cortante como una lija. A Jorn le incomodaba la imperturbabilidad con la que el desconocido lo observaba más que su impertinente forma de expresarse. Sentía sus ojos clavados en los suyos como dos metales abrasadores, que escrutaban el fondo de su alma con total nobleza. Por un momento, y dudó en reconocerlo, sintió algo similar a respeto por la misteriosa figura. Allí estaban los dos, el oso enfrentado al lince, con el tribal fuego como testigo

- Por el contrario – prosiguió el extravagante personaje - disfruto al compartir mi oficio, soy un artista, y el arte pertenece a la humanidad. Su voz era hipnotizante y las palabras brotaban de sus labios con increíble sutileza, tanto que Jorn fue incapaz de responder de inmediato. Había algo en aquel personaje que no encajaba.

- ¿Qué clase de artista? ¿Un bufón? – preguntó una vez repuesto mientras coronaba su victoria mediante una seca sonrisa. Debía sentirse orgulloso del que él creía un agudo comentario, pues levantó algo el mentón en señal de satisfacción.

- No, caballero, se equivoca, aunque sí que disfruto del privilegio de llevar la risa hasta mis oyentes. No, no soy un bufón, dedico mi vida a recopilar y trasmitir los hechos que he presenciado. Puede considerarme, por tanto, un historiador.

- ¿Historiador? No recordaba que la Historia pudiese ser divertida. Se encuentra en los libros, y quienes la escriben no parecen precisamente felices.

- Bueno, en eso puede estar en lo cierto. Pero un historiador, no escribe la Historia, la recoge y recopila para que los hombres y mujeres del futuro la recuerden – se limitó a constatar el forastero - Mi profesión se basa en el mismo principio, solo que a los míos, a causa de nuestros métodos, suelen denominarnos bardos.

De sus ojos, ocultos bajo la gran sombra que proyectaban las alas de su sombrero, sólo era visible un mísero centelleo, insignificante, como un pálido copo de nieve sobre un fondo inescrutable.

- ¡Ja! No andaba tan equivocado después de todo, debí suponerlo con ver tus pintas. No sois más que prestidigitadores, mentirosos con labia ataviados con bonitos colores que buscan los dineros de los crédulos y asustar a los niños con historias de fantasmas.

- No negaré, que muchos de mis colegas se entregan al sutil negocio de la estafa valiéndose de su atrayente aura y juegos de ilusión, y que otros, con la exclusiva pretensión de entretener y atraer para sí modestas ganancias narran fantasías de propia o ajena invención. Mas, en lo que a mí concierne, no acepto pago alguno más allá del agradable acogimiento de mis oyentes.

- Si eso es cierto, no tendrás inconveniente en relatarme alguna de esas historias, de las que hablas henchido de orgullo.

- Nunca rechazo la oportunidad de contar un relato, pero he andado muchas millas y necesito recuperar fuerzas – en cuanto terminó de silbar la última sílaba entre sus finos labios, levantó el ala delantera de su sombrero sirviéndose de su dedo índice y posó su vista en la barra - Tabernero, ¿tendría usted la bondad de servirme un trago? – Ernest se quedó de piedra y se le resbaló de las manos el pichel que llevaba manoseando cuidadosamente desde la aparición de Jorn. Su coartada de mesonero entregado a la limpieza ya no resultaba creíble y estaba seguro de que el extraño lo había sorprendido espiando su conversación. ¿Estaría molesto con él? No, ni sus formas ni su expresión delataban enfado, pero, entonces, ¿a qué venía aquella sensación de estar atrapado entre la espada y la pared? Ernest seguía allí, parado, con expresión de pasmo y con un trapo húmedo acariciando el aire.

- De mi propio bolsillo, por supuesto – Siguió el forastero, con una expresión amable que remarcó los hoyuelos de su rostro.

- Claro, claro – Alcanzó a responder Ernest, tomando rápidamente el pichel que estaba a su alcance y recogiendo el que descansaba a sus pies. Cuando miró este último, pensó para sí, muy hastiado: vuelta a empezar.

El forastero, introdujo su mano enguantada en el reverso de su capote y extrajo una bolsa forrada de un pelaje magenta, llena hasta los topes. Cuando la dejó sobre la mesa, de su interior brotó el inconfundible sonido de los metales nobles entrechocando. Valiéndose de sus largo dedos como ganzúas, se las arregló para extraer por una pequeña abertura una única moneda.

Jorn, desde una privilegiada posición, se las arregló para posar sus ojos de urraca sobre la moneda con la que jugueteaba el extraño, cuando la vió refulgir un instante, con el dorado brillo de las brasas. Bastó un rápido vistazo para que la imagen despertase la embriagada conciencia de Jorn y describiese una inconfundible mueca de satisfacción que surcó su aguerrido rostro de bárbaro.

No se trataba de vulgar bronce lo que bailaba entre los caprichosos dedos del extravagante desconocido. Era nada menos que un Nikel de oro macizo. Por caprichos de la vida Jorn sólo había visto otro, hace ya muchos años, cuando aún conservaba el sentido de la moral y todos los dientes encajados en su tallada y leonina mandíbula.

Si la codicia tuviese rostro sería el estampado en el reverso de esa moneda, y no cabía duda de que uno de los ojos de aquel seductor rostro, le dedicaba un irresistible guiño que no podía despreciar. A él y sólo a él. ¿Y ese ingenuo se atrevía a decir que no aceptaba pagos por sus servicios? ¿Quién lo creería después de aquello? ¿tal vez se tratase del hijo pródigo de alguna acaudalada familia?. En ese instante tomó posesión de su mente la avidez más extrema, y decidió esperar a que el hombrecillo terminase su soliloquio para deshacerse de él y cobrar lo que le parecía ya suyo por derecho. Lo agotaría pidiéndole una narración tras otra, mientras ordenaba más y más alcohol para adormecerlo, una buena inversión vista la posible recompensa. La misma pregunta, una y otra vez, lo amartillaba en su cabeza: ¿Cuántas más?.

El resto de clientes parecían no haberse dado entera cuenta de la fortuna que cargaba en sus bolsillos el misterioso cuentacuentos, salvo Ernest, claro, que acababa de acercarse con la hidromiel en mano y nada más dejarla había girado sobre sus talones blanco como un fantasma. Sin embargo, los curiosos ojos de algunos ya observaban con interrogantes la bobalicona expresión de Jorn, que con la mirada puesta en la solapa del insólito viajero, estaba absorto en sus pensamientos. Debía ser cuidadoso. Entretanto, el viajero había devuelto al lugar que pertenecía la pequeña bolsa.

Ernest, por su parte volvió vacilante a su puesto. Al igual que Jorn, había creído atisbar fugazmente el brillo de la pequeña fortuna. ¿Pero era aquello posible? ¿No le estaría jugando su imaginación una jugarreta? ¿Qué hacer ahora que no podía quitarse de la cabeza el seductor brillo de la moneda?; nada ¿en qué pensaba?

Él no era un ladrón. Daría a su invitado una acogida fraternal, convertiría su velada en la más agradable que se recuerde en su local y lo surtiría de copas repletas de bebida y bandejas llenas a rebosar con carne y verdura, de esa forma se enriquecería sin herir su sentido de la justicia.

- Hey, Ernest – ¿se puede saber qué te ocurre? – le interrogó Theb - Te ves pálido.
- Tenemos que asegurarnos de darle cuanto ordene a ese hombre - respondió Ernest, a media con exaltación a medias con pavor.
- ¿Qué has visto, Ernest? – siguió presionando Theb.
- Nada que te importe, tú simplemente haz lo que te pido y mantente lejos. Yo me ocupo de atenderlo.
Era inútil insistir, Ernest no hablaría más con él, sea lo que fuese que ocultase aquel hombre, habría de descubrirlo por su cuenta. Hay quien pensaba que a Theb no le quedaba nada del hombre honorable que fue antaño, ni un solo recuerdo que el alcohol no hubiese podido borrar o maquillar. Pero se equivocaban, a la curiosidad, a menudo confundida con el entrometimiento, se debían sus mayores logros en la carrera militar, ella, junto con sus aptitudes para la interpretación seguían en activo, dispuestas a entregarse a él como en incontables ocasiones lo había hecho.
Volvió sus ojos en busca de la mirada del forastero, sin éxito, Jorn bloqueaba su campo de visión. Se llevó la mano a la garganta. En ese momento sintió una sed desmesurada, que sabía, no podía saciar con la bebida. Esa terrible e irresistible picazón sólo terminaría con el desenmascaramiento del extraño. No se trataba de los morbosos chascarrillos infantiles con los que llenaba sus horas muertas, por primera vez desde hacía tiempo, se le presentaba un verdadero reto.
- Muy bien caballero – prosiguió el forastero tras apurar un generoso trago de hidromiel - la desventura que os estoy a punto de relatar, es la primera de las incontables que la siguieron en compañía de los ilustres Mordaza y Tizón de quienes se cuentan mil y una leyendas a lo ancho y largo del mundo. Conocí a estos dos aventureros en un pasado que hoy, se me antoja lejano y al que vuelvo los ojos con melancolía. No era yo, por aquel entonces, poco más que un chavalillo sin aspiraciones y con el estómago vacío que disputaba la atención de una madre con demasiados retoños. Mi padre, un hombre grande, aunque lamentablemente, no un gran hombre, pasaba las tardes quemando su paladar con licores no muy distintos a los que usted y yo tenemos en las manos ahora mismo. Como su primogénito, alardeaba de mí frente a damiselas de cascos ligeros y que se vendían baratos, y me obligaba a trabajar como mula de carga. Una noche estrellada de verano, llegó como arrastrado por la brisa nocturna, el sutil aroma del cambio; la promesa de un futuro libre lleno de aventuras increíbles, dignas de ser preservadas y compartirlas. Esa noche fue, sin duda, la más feliz de mi vida. Escuche embelesado a los heroicos Mordaza y Tizón.
El primero, vestido con su habitual chaquetón oscuro como la brea que enguantaba un peto de piel curtida, adornado con los galardones obtenidos en sus escaramuzas; los incisivos y garras de amenazadoras bestias contra las que se enfrentó en innumerables cacerías, las puntas de saeta buscando herirlo de muerte se clavaron profundamente en su henchido pecho y otras tantas bagatelas que le otorgaban la apariencia de una chatarrería andante, o lo que a mis ojos parecía, un santuario viviente a la temeridad. Mantenía alzada una jarra sobre su cabeza la cual movía enérgicamente de un lado para otro sin derramar una sola gota, para deleite de cuantos lo escuchaban. Sus ojos profundos, centellaban como dos piezas de ónice. Era todo él, un personaje al que soñaba admirar cualquier niño.
Tizón, por su parte, mucho más recatado en figura y carácter, dejaba a su colega alardear de sus conquistas escondido tras un grueso capote de color ceniza. Jugueteaba con un abanico interminable de dagas con las que hacía malabarismos o, simplemente, dejaba boquiabiertos a sus interlocutores con espectáculos de magia y juegos de sombras e ilusión. La imagen que la pareja se antojaba de lo más extravagante, sólo comparable a la salida de una fábula; un mapache bonachón y una comadreja taciturna. En cualquier caso, me vi hechizado por su forma de vivir, y al despuntar el alba del próximo día me las arreglé para zafarme del trabajo y seguirlos a hurtadillas hasta que se perdieron en la lejanía.
Años después, y hallándome yo en una situación más acomodada, se presentaron de nuevo en la ciudad, en la misma taberna en la que los conocí. No habían cambiado un ápice, eran tal y cómo mi imaginativa mente infantil los había reproducido por tanto tiempo. Esta vez con el arrojo del que me dotaron los años, no me contenté con quedarme al margen y decidí presentarme. Cuál fue mi sorpresa, cuando ellos me reconocieron sin vacilar.
Sin perder de vista a Tizón dijo Mordaza "éste es el mozo que nos siguió hace siete años hasta las afueras de la ciudad, cuyo padre, bien lo recuerdo, nos invitó a una ronda de vino".
- Sí - reconoció Tizón con su aterciopelada voz - has ganado. Y dicho esto puso en manos de Mordaza una moneda de plata.
- Gracias chico, sabía que nos esperarías - respondió celebremente Mordaza, con una sonrisa de media luna amaneciendo en sus labios - mañana mismo partimos dirección al sur. Nada me gustaría más que contar con un nuevo compañero de viaje. Tizón, a su diestra, se limitó a asentir. El torrente de emociones que se apoderó de mí, me hizo titubear ¿abandonar todo cuanto conocía para marchar con dos desconocidos en busca de quién sabe qué a quién sabe dónde? ¿Por qué ese ofrecimiento tan repentino? Pasé la noche en vela tratando de figurarme cómo sería mi futuro en compañía de aquellos dos viajeros errantes. Comencé a poner en duda lo que creía conocer sobre su pasado y, por meros instantes me convertí en el hombre más escéptico que ha poblado la este mundo. Es difícil para el ser humano romper los lazos de la monotonía, pero yo lo hice, y con las primeras luces del día llegaron mis nuevos compañeros a mi encuentro. De esta forma, comenzaron las andanzas del increíble dúo y su, menos brillante, nuevo acompañante.

Oyente, emprendamos un viaje que nos lleve lejos de esta taberna, sobre el cielo y bajo la tierra. Junto a Mordaza y Tizón.

Comentarios

Entradas populares de este blog

UNA VISITA FAMILAR

Astas

El escarabajo sin sayo