Una noche en la mansión de la colina


Aún en estos días acude a mí la visión fantasmagórica de la mansión en la colina, con sus formas catedralicias apuñalando el cielo raso y gigantescos ventanales abiertos, cual fauces lobunas u ojos sin párpado. Una isla muerta, cáscara vacía de un buque hundido.

Así me poseía su fotografía, enmarcada en los confines de mi cuarto. Y me llamaba, me llamaba a huir de sus redes, una vez hubiese caído en ellas. Redes tejidas mediante los largos brazos de árboles dormidos o la espesura anubarrada que sobrevolaba su tejado, describiendo con sombras una desbandada de pájaros invisibles.

Una noche negra, abatida el alba. Sin nadie a quién rendir cuentas ni a quién contar cuentos, me decidí a atravesar su vallado de descoloridas picas y aceptar su abrazo. Descorrí la puerta descascarillada, arrollado por los gemidos de sus bisagras. La oscuridad desolada besó mis labios. Un paso que pesaba como mil y la sombra encadenada a las muñecas, frente a mí, conduciéndome. Parecía tirar con fuerza de la solapa de mi capote. Otra pisada, el restallido invasor de la madera quejillosa. Paredes coloreadas de tiniebla y rostros anónimos suspendidos sobre ella.

No tardé en extraviarme y en recorrer a tientas rincones inexplorados o, tal vez, sólo vagamente olvidados. Ahora sé que el abandono es frío, que más bien te hiela. Pero nunca queda del todo vacío.
Una sombra macabra, una figura gatuna, se arrojó sobre mí y luego huyó hacia una extraña negrura, casi líquida, que borbotaba desde algún lugar impreciso de la habitación. Apenas pude posar mi vista sobre aquel ser, pues tan pronto me arrojó desapareció en lo que lleva un parpadeo. Empero, en mi huida precipitada creí  reconocer un cuerpo simiesco y alienígena, anidando a escasos metros del suelo.

Descendí a grandes zancadas los escalones que me separaban de la salida. Escuchaba a mi espalda el eco silenciado de un enloquecedor tintineo que me apremiaba a correr, más y más rápido. Me eché la vista al hombro para identificar a mi predador. Dos ojos irreconocibles, de exigua humanidad. De pronto, donde debía hallarse la puerta me encontré con una pared sólida e insorteable. Quise retroceder para escabullirme de la retorcida presencia. Creía haber oteado fugazmente una ventana que podría servirme a modo escapatoria. Pero a izquierda y derecha brotaron dos muros, que convirtieron mi situación desesperada en una ratonera. Al otro lado, con el pecho hundido y el rostro meteorizado, devorado a dentelladas, el monstruo informe. De sus extremidades pendían interminables cadenas que se fundían con su piel de espejo. Tras de sí un inmenso desfiladero y un laberinto.


Si sorteo sus zarpas, volveré a ser libre. Si no me dejo atrapar por su tela de araña podré encontrar la salida. Si sobrevivo.

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

UNA VISITA FAMILAR

Astas

El escarabajo sin sayo